La memoria suele jugar caprichosamente con nuestros recuerdos. Quizá por eso en estas fechas siempre recuerdo una felicitación navideña que recibí hace unos años con una leyenda impresa ,“ Que en cada niño se siembre eternamente la Navidad”, acompañada de otra que alguien se había molestado en escribir a mano: “Solo así tendremos buena cosecha”. Si existe una etapa en la vida donde se disfruta intensamente de la Navidad, esa es la infancia. Por eso, cuando suceden episodios como los que hemos vivido hace apenas unas horas, el mundo se tambalea.

Hace unas horas, mientras millones de niños cantaban villancicos, comían dulces sin la consabida reprimenda parental, observaban hipnotizados los adornos y las luces navideñasy abrían los regalos que Papa Noel les había traído, un menor transexual se suicidaba en Barcelona. En palabras de su madre, “Alan se quitó su corta vida de 17 años porque no pudo con la presión de la sociedad”. El joven se quitó la vida por la presión y la incomprensión que sufría en el ámbito escolar a causa de su identidad sexual. Había estado ingresado por una depresión a consecuencia del acoso que sufrió en el instituto. Sus padres incluso lograron cambiarle de centro para intentar acabar así con la pesadilla, pero tampoco salió bien. El bullying continuó.

Como escribió Antonio Machado: “Es propio de hombres de cabezas medianas embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza”. Alan se suicidó en Nochebuena. Paradójicamente, hacía unos días que un juez le había autorizado a cambiar su nombre en el DNI. Del paraíso al infierno en cuestión de segundos y sin haber llegado a la mayoría de edad. Siempre que sucede algo así, me viene a la memoria la pregunta de la escritora Lynette Mather: “¿Qué ocurriría si el niño maltratado en el colegio, creciese y se convirtiese en el único cirujano que pudiese salvar su vida?”. En el caso de Alan ya no lo sabremos. La respuesta llega tarde, como la de las administraciones y las autoridades escolares del instituto donde estudiaba el menor, que tenían previsto valorar su caso después de las fiestas navideñas. Quizá la violencia escolar no les pareció merecedora de una solución de urgencia. Estoy segura que esa falta de previsión que bien podría denominarse dejadez, les acompañará durante toda su vida, la que ya no tendrá el joven Alan. Lástima que en sus planes de estudios no incluyeran las enseñanzas de la psiquiatra francesa Marie France Hirigoyen quien advierte de que es posible destruir a una persona con palabras y miradas y que eso es la violencia perversa, el acoso moral.

Es alarmante que este tipo de violencia se dé precisamente en los lugares habilitados para educar, formar y enseñar valores como el respeto y la igualdad. Una vez escuché al actor Edward James Olmos decir que “la educación es la vacuna contra la violencia”. Por eso resulta inaudito que algunos la conviertan en un veneno inyectado en vena. Los estudios reflejan que uno de cada cuatro niños en edad escolar sufre acoso. Y eso tan solo en Bachillerato porque en alumnos más jóvenes el porcentaje de menores acosados se dispara hasta el 40%. Unos números demasiado grandes para seres tan pequeños.

Como sucede con los grandes males de la humanidad, no es algo autóctono. El odio no suele serlo, y tampoco conoce de edades, nacionalidades ni hemisferios. El acoso y la violencia no entienden de fronteras. Esta misma semana, en Irlanda, una niña de 11 años recibió una tarjeta navideña de uno de sus compañeros de clase donde lo más bonito que le decía era que la odiaban y le recomendaba abandonar el colegio cuanto antes. “Todo el mundo te odia”, había escrito de puño y letra un niñato de la misma edad. Podía haber reaccionado de muchas maneras pero la madre de la niña decidió denunciar el acoso escolar que estaba sufriendo su hija colgando la felicitación en las redes sociales. La niña hizo lo que debía, decírselo a su madre. Su madre hizo lo que tenía que hacer, denunciarlo, incluso públicamente. Ahora es el colegio, los padres del niño acosador y la autoridades educativas las que deben reaccionar. Y deben hacerlo defendiendo, sobre todo, los derechos y la dignidad del menor acosado, aunque sin olvidar al menor acosador. Los dos son menores, pero solo uno de ellos es víctima, y la condición de víctima debe inclinar siempre la balanza hacia el lado correcto, el del sentido común

El acoso escolar no es un juego de niños. Ninguna violencia lo es, sea física o verbal, y menos en edades tan tempranas donde la personalidad empieza a tomar forma y se empieza a cimentar los pilares del edificio del comportamiento humano. Es todo muy grave y las consecuencias a corto y largo plazo, rebasan la edad infantil del menor. Las secuelas de un menor acosado, centro del odio irracional de sus semejantes , desplegado ante la impertérrita mirada de quienes le rodean y tienen la obligación de reaccionar adecuadamente ante la gravedad de los hechos, las sufrirá toda una sociedad en un futuro no demasiado lejano.“La violencia acostumbra a engendrar violencia” decía el poeta y dramaturgo griego Esquilo de Eleusis. Algunos casos de acoso escolar se reconducen y acaban bien, siguiendo la senda de Mahatma Gandhi: “Primero te ignoran. Luego se ríen de ti, luego luchan contigo , luego ganas tú”. Pero no siempre ocurre así, sobre todo si no se ponen los medios necesarios y no se reacciona a tiempo.

Hoy es el Día de los Inocentes. Y en apenas unos días será la noche de Reyes, la noche de los niños por excelencia. Es un buen momento para recordar las palabras del psiquiatra Karl Menninger: “Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad”.