Un rico regalando dólares. Así se podría interpretar el gesto que ha tenido hace unas semanas el consejero delegado de Facebook, Mark Zuckerberg, al donar el 99% de sus acciones tras el nacimiento de su hija. Un gesto filantrópico, sí, aunque sea “en diferido”. Pero esta acción del ‘jefe’ de la mayor red social del mundo ni es nuevo, ni tan amable como parece. El filantrocapitalismo es una forma de hacer dinero que muchos empresarios saben cómo usar.

Embargado, quizá, por un éxtasis prenavideño de fraternidad y amor, Mark Zuckerberg decidió hace unas semanas donar sus acciones tras el nacimiento de su hija. Concretamente se desprenderá del 99% a lo largo de toda su vida. Este porcentaje representa un valor de más de 45.000 millones de dólares. No obstante, en este gesto de colosal caridad hay varios “gatos encerrados”. El primero de ellos es que hasta 2018 no venderá títulos por más de 1.000 millones de dólares al año (3.000 millones en esos tres ejercicios). Al precio actual, supondría deshacerse de 28 millones de acciones.

En segundo lugar, en Facebook existe un sistema dual con respecto al control de acciones que le permitirá seguir teniendo un amplio poder dentro de la compañía. Se traduce en que la inmensa mayoría de los accionistas cuentan con acciones de ‘clase A’. Esto permite emitir un voto. Sin embargo, las de ‘clase B’ son decisivas. Cada una de ellas vale por diez votos. De este modo, Zuckerberg que cuenta en su poder con un paquete de 423 millones de acciones, siendo la mayoría (419 millones) de ‘clase B’, le permite controlar el 75% del total de este grupo. Esto se traduce en que tiene el 54% de todos los votos.

Fin a la mágica foto de familia donde se enmarca esta acción filantrópica. Dar sin recibir, aunque tengas mucho, parece que no tiene sentido. Incluso aunque tu red social forme uno de los países más poblados del mundo. De hecho, los trucos de Zuckerberg sobre el control de la compañía y cuándo empezará a desprenderse de las acciones no ha sido el único “pero” a esta acción. El hecho de que la donación se canalice a través de una sociedad limitada en vez de una organización sin ánimo de lucro ha suscitado algunas críticas. Según el propio Zuckerbeg (como defensa) afirma que, “la iniciativa Chan Zuckerberg está estructurada como una sociedad limitada en lugar de una fundación tradicional para permitir cumplir nuestra misión de financiar a organizaciones sin ánimo de lucro, hacer inversiones privadas y participar en los debates”.

¿Qué tienen de especial las filantropías privadas?

Dar dinero está bien. Esperar algo a cambio quizá sea menos correcto. La principal diferencia entre las donaciones públicas y las privadas tiene que ver con el retorno. Es más, existe el término filantrocapitalismo para definir esta serie de actividades, supuestamente altruistas, que realizan tanto empresarios como compañías.

Esta nueva manera de aunar solidaridad y capital privado surge del libro La revolución de los ricos: cómo el filantrocapitalismo está cambiando el mundo, escrito por Matthew Bishop y Michael Green. Alguna de las principales ideas que emergen de este manual -libro sagrado para hablar sobre el asunto- hacen especial hincapié en que estas acciones, supuestamente solidarias, lo que hacen es reforzar el desarrollo del mercado. No solo es ayudar por ayudar, y ni mucho menos por mera reputación, como apunta el libro, lo importante es hacer constar en la sociedad que una compañía puede tomar el lugar de un gobierno y ayudar a los necesitados.

Ahí reside otra característica: marcar la agenda pública. El propio George Soros, uno de los grandes filatrocapitalistas, ha dejado claro en más de una ocasión que él invierte de esta forma para influir en los gobiernos de los diferentes países. Esto se traduce, o al menos así lo espera, en ayudas y favores futuros.

Forzando el refranero español, se puede decir que “nadie da duros a pesetas”. Por eso las acciones como las de Zuckerberg, o las que históricamente realiza gente como Bill Gates, George Soros y tantos otros magnates, siempre son puestas en tela de juicio.

Bill Gates, un clásico en estos temas

Una de esas críticas a los filantrocapitalistas viene dada porque el objetivo que buscan con sus acciones pretenden marcar agendas políticas y prioridades gubernamentales de en busca de sus propios beneficios. Una de las características es el seguimiento cercano que dan a sus inversiones sociales. Bill Gates, por ejemplo, cuantifica en su blog los logros de su fundación y los planes a seguir. Habla sobre cuánto aumentó el presupuesto para un objetivo específico y cuánto ha logrado con sus movimientos estratégicos. Con la nueva prueba RDT lo ha logrado, y en 2013 ha hecho 200 millones de ellas, sólo en África.

Pese a la credibilidad que dan estas cuentas, no todo son odas y halagos para los filantrocapitalistas. Desde el tiempo en que se maneja el vocablo algunos han apuntado sus fallas. Uno de sus principales críticos es Michael Edwards, del Brooks World Poverty Institute de la Universidad de Manchester, autor de Just Another Emperor? The Myths and Realities of Philantrocapitalism (Demos, 2008). Edwards no compra los argumentos de los caballeros responsables del mercado. Sus principales objeciones son que las transformaciones son solo para unos y no transforman la sociedad por completo; que no son sostenibles pues dependen del flujo de voluntades que pueden cambiar repentinamente, y que ocultan responsabilidades de las instituciones y no se ocupan de manera adecuada en reflexionar sobre la justicia. El filantrocapitalismo, dicen los críticos, no va a la raíz de los problemas (la pobreza, la corrupción) sino que aplaca síntomas.

Más y más críticas

Sería de necios negar que el dinero que invierten estos millonarios y sus empresas hace mal a nadie. Todo lo contrario. Ayudan a comunidades necesitadas e invierten en proyectos que necesitan fondos. Más no se puede pedir. El problema es que todo se disuelve en los retornos que tienen para estos filántropos.

Una de las críticas más conocidas a la filantropía empresarial es la que lanzó Milton Friedman en un artículo publicado en la ‘New York Times Magazine’, titulado La responsabilidad social de un negocio es incrementar sus beneficios. Según Friedman, si el empresario ejerce su “responsabilidad social”, posiblemente tendrá que actuar de una manera que no estará de acuerdo con el interés de sus empleados, accionistas y consumidores. Por ejemplo, si sus contribuciones sociales tienen como efecto un incremento del precio de sus productos, esto equivaldría a gravar con un impuesto a los consumidores, para después gastar los ingresos en aquello que el empresario desee. “Por el contrario -dice Friedman-, si no es el empresario quien gasta el dinero, entonces accionistas, empleados y consumidores podrán hacerlo de acuerdo con sus gustos y prioridades”. No obstante, la crítica de Friedman ignora que la actividad filantrópica, cuando no es puramente altruista sino estratégica para la empresa, puede generar valor al mismo tiempo para los accionistas y para la sociedad, sin que exista incompatibilidad.

Otro aspecto puesto en entredicho son las elevadas deducciones fiscales que, fundamentalmente en Estados Unidos, se aplican a este tipo de donaciones. Estos incentivos son muy necesarios para fomentar la filantropía en países en los que existe un bajo nivel de este tipo de actividad. No obstante, no debemos olvidar que las deducciones fiscales se traducen, al fin y al cabo, en un menor ingreso para las arcas públicas. Esto no es un problema siempre y cuando la Administración, que es la que determina el nivel de beneficios fiscales, establezca, en la medida de lo posible, mecanismos que aseguren que la filantropía se canaliza correctamente.

Cuando dar dinero ayuda

Con la fiscalidad hemos topado. A nadie se le puede escapar que aparte de controlar la agenda sobre temas sociales y la implicación sobre los proyectos, otra de las patas que sustentan gran parte de las acciones filantrópicas tiene que ver con asuntos fiscales.

En el caso español, aunque no haya tanta tradición como en EEUU, recientemente se ha modificado la Ley 49/2002 de Incentivos Fiscales al Mecenazgo, con aplicación desde el 1 de enero de 2015, con el objetivo de recompensar los esfuerzos privados en actividades de interés general de un modo más eficaz, estableciendo nuevos incentivos para los donantes.

Las empresas se verán muy beneficiadas con los nuevos cambios. Hasta ahora el porcentaje de deducción del impuesto de sociedades era del 35%. En 2015 este porcentaje aumenta hasta el 37,5% si se ha donado una cantidad igual o mayor desde al menos el año 2013. A partir de 2016 el porcentaje será del 40% y las cantidades no deducidas se pueden aplicar en los periodos impositivos que concluyan en los 10 años inmediatos y sucesivos.

caso práctico

Si se aporta 10.000€ al año a una ONG a la que se lleve donando desde 2013, hasta ahora la desgravación en el Impuesto de Sociedades era del 35% (3.500€). Ahora en 2015 se podrá desgravar el 37,5% (3.750€) y en 2016 hasta el 40% (4.000€). Así si se decide aumentar el donativo en 2015 hasta los 10.400€, el coste fiscal será el mismo.

Algunos casos españoles

En España no hay ni Zuckerbergs ni Gates. Las empresas tecnológicas todavía no tienen tanto poder en el engranaje económico, ni sus responsables tienen tanto poder. Por eso son otras empresas las que se aproximan a este concepto de filantrocapitalismo.

Telefónica trabaja en el proyecto Proniño con alianzas con ONG locales de América Latina y está obteniendo resultados extraordinarios en la erradicación del trabajo infantil. Es el caso de Endesa, que, con ONG brasileñas, ha desarrollado el proyecto de reciclaje de basuras para reducir la factura de la electricidad. Ha sido un proyecto que ha premiado Naciones Unidas porque ha supuesto poner de acuerdo a mucha gente para obtener ahorros importantes”, explica el profesor Garralda.

Otras compañías como Accenture, Iberdrola o Repsol participan en proyectos de similar calado. También entidades financieras como La Caixa, BBVA o Banco Santander, que además se están involucrando en la realidad de la sociedad, como hizo en su día El Corte Inglés en el accidente ferroviario de Santiago de Compostela.