Vicente del Bosque ofrece en un nuevo libro su visión del fútbol, libre de extremismos sea cual sea el resultado.

La primera reacción de Vicente del Bosque ante una derrota es física. Cuando pierde, “un calor interno, un sofoco de disgusto” le recorre “como un fuego por todo el cuerpo”. Incluso pierde el apetito. A nadie le gusta perder y el seleccionador español de fútbol, como se ve, también es un hombre corriente para eso. De lo que se trata es de saber convivir con ello. “La derrota debe servir para motivarse y crecer. Forma parte de la formación y del poder educativo del deporte”, escribe Del Bosque.

Ganar y perder. La fortaleza emocional es un breve libro entre varias aguas: la autobiografía, el anecdotario y el libro de autoayuda -en la línea de Los 15 escalones del liderazgo, de Javier Mascherano-, con reflexiones de Del Bosque transcritas por el periodista Vicente García. El texto está repleto de disculpas, porque a Del Bosque no se le ve cómodo mostrándose como ejemplo de nada ni predicando su “filosofía”; tan sólo su forma de pensar y actuar.

Salvo la Copa del Rey, Del Bosque tiene todos los grandes títulos posibles. Ningún otro entrenador en la historia reúne en su currículum la Champions League (dos veces), la Eurocopa y el Mundial. También ha ganado la Liga (dos veces), la Copa Intercontinental, la Supercopa de España y la de Europa. Sus éxitos golean a sus decepciones. Y sin embargo, su ideario parece más propio de un lírico sin suerte. Dos semanas atrás, en esta misma columna, hablábamos de Bob Ladouceur, el entrenador de los históricos De la Salle Spartans que estuvieron 12 años sin perder un solo partido. Y citábamos el ya archicitado poema ‘If’ de Rudyard Kipling, como también hace ahora Del Bosque: “Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, hay que tratarlos con la misma indiferencia”, escribe el seleccionador; “una gran frase muy de actualidad, pese a haber sido escrita en 1896”.

En las categorías inferiores del Real Madrid, a las que llegó desde Salamanca a finales de los sesenta, no le educaron para ganar sino “para competir”: “Y competir era ganar y perder”, aclara. Para él, jugar aquellos campeonatos contra otros jóvenes era “como tirar un penalti: normalmente siempre es gol, aunque algunas veces se pueda fallar”. En consecuencia, las victorias no se disfrutaban gran cosa y las derrotas, en cambio, eran muy dolorosas”. No obstante, recuerda que también les educaron para no presumir mucho en la victoria, algo que aún practica: “Prefiero parecer seco, no muy agradable, que muy emotivo. Por dar imagen de ponderación”.

Como sabe cualquier telespectador, la cara de Del Bosque es la misma cuando gana y cuando pierde. Pocos matices separan su gesto en Sudáfrica 2010 o en Brasil 2014, y él asegura que también hubo pocas diferencias en su trabajo, pese a lo dispar del resultado. Cree que en ambos casos hubo una buena preparación, y que el espíritu de la última Copa del Mundo era “igual o mejor” que en la anterior. Lo que pasó después resultaba “insospechable” y sirvió al menos para arrancar una idea peligrosa a las generaciones más jóvenes, las que se aficionaron al la Selección desde 2008 y desconocen la acepción más tenebrosa de la expresión “cuartos de final”: “Únicamente conocían el triunfo, y eso no se corresponde con la realidad”. Lo normal es perder, de hecho: “De las 209 selecciones que empiezan el Mundial, sólo gana una. Las demás pierden. Bueno, tampoco pierden, sino que no ganan. No hay 208 selecciones que fracasan”.

La autoridad mal entendida

Del Bosque cree que la disciplina se adopta mejor en la victoria, especialmente si se trata de convencer y no de imponer: “Como esperes que vayan mal las cosas para hacerlo, mal asunto”. Desconfía de los sargentos como remedios milagrosos, y de quienes aparentan saberlo todo: “No hay ningún entrenador absolutamente seguro de lo que hace. Ninguno. El que diga eso miente”. La inseguridad puede resultar una virtud si sirve para evitar la desconcentración, igual que la derrota permite sacar conclusiones para la siguiente victoria: “El mal ganador no tiene recorrido. Un ganador tonto, estúpido, siempre es peor que aquel al que le toca perder y lo sabe hacer”.