¿Por qué Pedro Sánchez y sus más directos colaboradores no le apretaron las tuercas a Pablo Iglesias durante la campaña electoral?

Porque “tuercas” había, y unas cuantas, y no sólo sus más que sospechosas relaciones económico-políticas con regímenes tan “admirables” como el chavismo venezolano o la teocracia iraní. También sus alianzas dentro de España con gente tan poco recomendable como los movimientos separatistas catalanes, vascos, gallegos y hasta valencianos. Todo lo cual conforma un conglomerado ideológicamente ininteligible. Un auténtico batiburrillo que sólo se explica por la única argamasa que les une: el odio a todo y a todos quienes no se avienen a comulgar con sus ideas anticonstitucionales. Sus infumables ideas contra la Constitución de 1978, la que nos otorgó las libertades y definió la nueva democracia española.

Conviene volver a escribir los dos primeros artículos de esa Constitución, los mismos que Iglesias y sus amigos quieren destruir:

Artículo 1

  1. España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.
  2. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.
  3. La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria.

Artículo 2

La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.

Como se ve, a Iglesias no le va ni que la soberanía nacional resida en el pueblo español (él está por la autodeterminación de las “naciones” que, según dice, componen España) ni que la Monarquía merezca otra cosa que regalarle “Juego de Tronos” al rey Felipe VI. Y qué decir de la “indisoluble unidad de la Nación Española” que estos universitarios destructores (ya se cargaron su propia Facultad hace tiempo) creen poder eliminar de un plumazo cargándose el “candado” (así lo llaman ellos), es decir, el artículo 168 de esa Constitución. Una Constitución que odian por ser producto “de un cobarde acuerdo entre los franquistas y una izquierda traidora a sus ideas” (sic).

Pues bien, en lugar de poner a este oportunista contra las cuerdas, Sánchez nunca ha entendido la diferencia entre adversario (que es quien te quiere ganar) y enemigo (el que te quiere matar) y los líderes de Podemos lo que desean es acabar con el PSOE y cuanto más se compadree con ellos, más cerca estarán de su objetivo liquidador. La prueba la tenemos en Madrid, donde Sánchez decidió apoyar la lista avalada por Podemos en las municipales y ahora ha cosechado unos resultados acordes con sus errores.

Sánchez, previamente (febrero de 2015), había destruido la organización del PSOE en Madrid y ahora ha presentado una lista electoral impresentable. Consecuencia de todo ello: los electores madrileños le han dado un puntapié en el trasero y le han señalado la puerta de salida… pero no se irá, porque según él lo que los electores quieren de verdad es un “cambio” con él dentro.

La noche del domingo vimos en las pantallas de los televisores en una desolada sede socialista en la calle Ferraz de Madrid a unos líderes sonrientes y encantados de haberse conocido celebrando el peor resultado electoral de la historia del socialismo español.

¿Por qué sonreían? Porque en su fuero interno estaban pensando en repetir la jugada de las municipales y meterse en la cama, cual ramera, con cualquiera, especialmente con ese que lleva coleta y que la misma noche del escrutinio se proclamó ganador de los comicios con solo el 20% de los sufragios. Y no sólo eso, anunció también que entre sus intenciones –ya lo he dicho- está cargarse la Constitución y dar el derecho de autodeterminación a todo dios. De su mano construiremos otra vez la I República, incluido el cantón de Cartagena.

Sin embargo, se han oído voces sensatas de algunos líderes regionales del PSOE que no parecen dispuestos a avalar una aventura de este calibre, que conduciría en derechura a la destrucción del Partido. Un Partido renacido tras la muerte de Franco de la mano de gente bastante más responsable y sensata que la elegida hace ahora algo más de un año para dirigirlo. No para destrozarlo.