Uno de los mayores avances del siglo XXI ha sido las mejores en seguridad y trazabilidad de los alimentos. Hoy en cualquier supermercado te encuentras que prácticamente todos los artículos están debidamente etiquetados con la información de su composición, de los aditivos que contiene, su fecha de caducidad o consumo preferente, y su origen y fabricante.

Esto es básico para poder saber qué estamos ingiriendo y sobre todo, por si hay algún problema, poder remontarnos hacia atrás en la cadena y localizar el foco del problema. Ejemplo práctico: crisis de la carne de caballo en las hamburguesas. En tiempo récord se pudo trazar el origen de las contaminaciones y solucionar el problema. Esto hubiera sido impensable hace unos años, bueno, realmente hace unos años, en una carne procesada era bastante complicado saber qué estabas comiendo. En su libro La jungla de Upton Sinclair donde se denunciaban los abusos y directamente las guarradas que se hacían en el procesamiento de la carne, provocó que las autoridades se tomaran seriamente el tema.

Que ahora el etiquetado sea eficaz y completo, no evita que a veces se quiera utilizar el etiquetado como medida de presión en determinados temas sensibles, por ejemplo el de los alimentos transgénicos. La ley en países de Europa, o en Brasil, obliga al etiquetado obligatorio si cointienen al menos un 0,9% de componente transgénico. En Estados Unidos no existe esta obligación. Y esto produce paradojas. Ahora mismo gastamos millones de euros en hacer análisis para que se cumpla esta ley y no importar alimentos sin la correspondiente etiqueta para lo que entra en Europa, pero cuando los europeos salimos de Europa, comemos transgénicos sin etiquetar, y no parece que nos estemos convirtiendo en mazorcas de maíz con colmillos. En Estados Unidos se llegó a votar en algunos estados como California el etiquetado de OGMs, y la votación se perdió cuando se explicó a la gente dos aspectos fundamentales.

a) Que contenga o no transgénicos no suponen ninguna diferencia para la calidad o seguridad del alimento.

b) Cumplir esa ley es carísimo porque supone inspecciones y análisis.

Hay que tener en cuenta que los grupos que proponen el etiquetaje obligatorio no lo hacen por velar por nuestra seguridad alimentaria, sino por motivos políticos ideológicos. Cuando no se etiquetan dicen que ellos tienen derecho a saber si el producto es transgénico o no. Y cuando se etiqueta, que los transgénicos son peligrosos, porque si no, no se etiquetarían. Curiosamente olvidan el pequeño detalle de que el tipo de alimentación donde menos información y peor trazabilidad existe es en la ecológica, ya que el reglamento permite numerosas excepciones, por lo que cuando compras algo etiquetado como ecológico no sabes si la carne se ha alimentado con pienso ecológico, las semillas son de origen ecológico, o el abono era ecológico, o se han acogido a alguna de las numerosas excepciones.

No obstante es innegable que hay un grupo de consumidores, que por el motivo que sea no quieren consumir OGMs (aunque luego, si lo necesitan, se inyectan insulina transgénica bajo la piel o utilizan billetes de euro hechos con algodón OGM). En Europa con el etiquetaje no hay problema. En Estados Unidos tienen el recurso de consumir ecológico, que por normativa no contiene OGM. Curiosamente, el exceso de celo normativo en Europa con los transgénicos ha quitado un nicho de mercado de los productos ecológicos, puesto que aquí los alimentos convencionales no tienen OGM salvo que lo indiquen explícitamente.

También hay empresas en Estados Unidos que buscan este nicho de mercado y se anuncian como que no contienen OGM… pero claro, volvemos al título del artículo. Etiquetar es caro. Y los recursos son limitados. Como acaba de darse cuenta la cadena de comida Mexicana Chipotle. A principios del 2014 anunció que iba a servir solo productos no transgénicos. Tuvo varias denuncias por etiquetar como no transgénicos productos transgénicos, lo que le llevo a hacer más exhaustivos los controles para cumplir su compromiso. Recursos que salieron de la partida en la que nunca se tiene que ahorrar, la calidad alimentaria, y al final pasó lo que tenía que pasar. Chipotle ahora está sufriendo la mayor crisis en una cadena alimentaria por contaminación con E. coli con cientos de personas intoxicadas y de más de 50 restaurantes cerrados. Es lo que tienen anteponer ideología a ciencia. Eso, y que etiquetar es muy caro.