Sánchez ataca a Rajoy por todos los flancos hasta llegar a lo personal y acusarle de “indecente”. El jefe del Ejecutivo reivindica su honradez y califica el discurso de su rival de “ruin, mezquino y deleznable”. Rivera e Iglesias capitalizan el cruce inane de acusaciones y despiden al bipartidismo: “Ha sido el final de una época”.

No era difícil imaginar a Albert Rivera y Pablo Iglesias viendo el debate con una sonrisa. La despedida oficial de lo que ellos llaman vieja política, el último gran combate entre PP y PSOE, pareció seguir un guion diseñado por los partidos emergentes. Las continuas acusaciones intercambiadas entre Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, que por momentos emitían sus discursos a la vez sin que fuera posible comprender qué argumentaba cada uno, marcaron el sexto cara a cara de la democracia española, sin duda el más bronco, agrio y tosco de todos.

La disputa llegó a su cénit en el ecuador del debate organizado por la Academia de la Televisión. Al llegar al bloque de la corrupción, el candidato socialista sacó la artillería que llevaba perfectamente preparada y coronó una exhaustiva exposición de los casos que afectan al PP con una acusación personal: “El presidente tiene que ser una persona decente y usted, señor Rajoy, no lo es”.

“Hasta aquí hemos llegado”, contestó el jefe del Gobierno, que se negó a aceptar el comentario y lo tachó de “ruin, mezquino y miserable”. La triada de calificativos la repetiría varias veces más, añadiendo otras como “deleznable” para tratar de remarcar que su oponente había ido demasiado lejos, que se había pasado de frenada en su intento por contraponerse a él.

“Esta acusación le perseguirá toda la vida”, llegó a decir Rajoy. Media hora más estarían los dos candidatos enredados en torno a esa cuestión, subiendo el tono, sin escucharse, echándose en cara los escándalos de cada uno y sin que el moderador, Manuel Campo Vidal, mediara para poner orden. Sánchez indicó a su interlocutor que debió dimitir cuando se difundió su mensaje a Bárcenas y este respondió que esas cosas se piden en el Parlamento, con una moción de censura o en las sesiones de control, pero no tuvo “cuajo” para ello. Y así pasaban los minutos.

Rivera e Iglesias comentaron el debate en La Sexta.

Iglesias, que ganó el sorteo a Rivera para intervenir primero en La Sexta, tenía el diagnóstico hecho: “Ha sido el epílogo, el final de una época (…) Quiero ser presidente de este país, entre otras cosas, para no parecerme a estos dos señores”. El líder de Ciudadanos hizo un juicio similar: “Es el último debate del bipartidismo (…) España se merece más”.

Bárcenas, Bankia y el plasma

Suele decirse que los debates no influyen en el resultado electoral de forma significativa. Si en esta ocasión es distinto, a buen seguro será para engordar la bolsa de voto de los emergentes, que en las encuestas de ayer -último día en que podían publicarse- aparecían empatados con el PSOE. Sánchez fue a la cita con el cuchillo entre los dientes, dispuesto a aprovechar la última oportunidad que tenía de no perder el tren a La Moncloa. En la primera intervención afeó a Rajoy su decisión de no ir al resto de debates, lo que le valió la amonestación del moderador porque aún no podía referirse a su rival; en el inicio del bloque económico, recordó el SMS del presidente a Bárcenas; antes del primer cuarto de hora, ya había citado al extesorero del PP, a Bankia y al “plasma” que simboliza, según él, la distancia que ha caracterizado al Ejecutivo popular.

Sánchez no hizo ni una concesión a Rajoy: no le reconoció la recuperación ni haber evitado el rescate

Aunque comenzó impreciso y atropellado, el líder socialista fue ganando en solvencia al criticar la gestión del PP. No le hizo ni una sola concesión, ni siquiera aquella de la que más presume el presidente: haber evitado el rescate de España. Sánchez blandió portadas de El País y del Financial Times para asegurar que eso no es cierto, que las ayudas a la banca de 2012 fueron un rescate en toda regla. Tampoco reconoció la recuperación: dijo que nuestro país no es el que más crece de Europa, sino “el octavo que más crece”, y lo achacó en todo caso a agentes externos como la depreciación del euro o la caída del precio del petróleo.

Rajoy eludía el cuerpo a cuerpo y trataba de ceñirse a su papel: prometer dos millones de empleos para la próxima legislatura y alertar de que la recuperación está en riesgo si se cambia el rumbo. El candidato del PP criticó la “España tenebrosa” dibujada por su rival, le afeó no creer “en su país” y puso todo el empeño en ponderar la creación de puestos de trabajo registrada en el último año y en erigirse como garante de que las pensiones mantengan el poder adquisitivo.

Sánchez apretaba con fuerza y tino al denunciar la desigualdad -fue un gran golpe de efecto la carta que leyó de una dependiente que había visto disminuida su prestación-, no daba tregua a Rajoy e intercalaba propuestas entre sus críticas, para evitar que el rival le espetara que solo miraba al pasado. Rajoy aparecía poco dispuesto al combate, como si pretendiera que aquello fuera un trámite a solventar cuanto antes. En algún momento pareció que no se había preparado para un verdadero cara a cara. Apenas llevó cifras o gráficos preparados, ni más golpes de efecto diseñados que los que surgieran de la mera improvisación.

El fango lo eclipsa todo

Pero cuando el debate parecía encaminado a resucitar las expectativas del PSOE llegó la trifulca del fango por la corrupción, que todo lo opacará. Difícilmente se reproducirán estos días cortes o totales del debate que no incluyan los insultos que se propinaron ambos contendientes. Cuesta recordar una disputa más bronca que la vivida anoche, pero si hay algo que se le parece fue el último debate de la Nación, con estos mismos protagonistas. Rajoy concluyó entonces llamando “patético” a un Sánchez combativo pero alejado de la agresividad mostrada ayer.

La refriega a cuenta de la corrupción eclipsó la solvente primera hora del líder del PSOE

El líder socialista dijo al término de la contienda que no se arrepentía de la acusación de “indecente” hecha a Rajoy y añadió que lo mismo piensan “millones de españoles”. Lo cierto es que esa media hora de guerra sin cuartel eclipsó por completo el resto del debate, por lo demás bien llevado por el diputado madrileño, y que los insultos y ataques personales no suelen ser efectivos comunicativamente. A menudo despiertan empatía hacia quien los recibe.

Sea como fuere, la refriega del bloque en teoría dedicado a las “reformas institucionales” marcó el resto de la noche. Sánchez volvería a sobrepasarse una vez más, al afirmar que Rajoy había recortado “los derechos de las mujeres a ser madres”, aseveración que luego evitó repetir pero que no rectificó. Los debatientes no lograrían ponerse de acuerdo ni en el conflicto catalán o la política internacional, enzarzándose también a cuenta de los refugiados.

El resultado de todo ello fue una victoria de los no presentes, que capitalizaron hábilmente lo sucedido. Parece complicado que Rajoy pueda perder más apoyos de los que ya ha cedido, pero no se atisba suelo para un Sánchez que quizá ayer contentó a sus filas pero que difícilmente atrajo a los millones de españoles que hasta ahora dudaban entre su partido y Ciudadanos o Podemos. La ausencia de referencias a estos partidos, por otra parte, resultó estruendosa. Los contendientes actuaron como si no existieran. Era la última vez, claro, que podían permitírselo.