Inmiscuido en el calentamiento del debate, despachaba con algún emoticono a los cansinos de los grupos de WhatsApp mientras ponía el teléfono a cargar y cogía la tablet pata tuitear, cuando la voz de Manuel Campo Vidal me retrotrajo a los años de las televisiones de tubo. “Buenas noches España, buenas noches Europa”. Alcé la vista al plasma, y efectivamente allí seguía Rajoy.

Por Jesús Patiño | @jesuspati

Rajoy y Sánchez, Sánchez y Rajoy. Corbata roja, corbata azul. El objetivo del Popular era no cometer errores. Como siempre, quizás no ganar el debate, pero tampoco perderlo. Sánchez tenía que ganar y llevarse por delante a su adversario. Y logró acorralar en algún momento a Mariano, sí, pero las formas no fueron propias de alguien que aspira a la presidencia del gobierno de un país.

Sánchez se enfoca en la corrupción desde su intervención en el primer bloque, el de economía y empleo, mencionando a Bárcenas y a Rato. Rajoy mantiene el tipo, se muestra cómodo y afanoso; no suelta el bolígrafo al hablar ni para de tomar notas cuando no lo hace, lo que compagina con sonrisas condescendientes. La credibilidad del socialista queda en entredicho, sobre todo cuando lee para enumerar sus propuestas o cuando, frente a la retahíla de datos sobre el gasto social del presidente, esgrime una carta de una vecina de Valladolid.

El nivel de Sánchez se eleva para hablar de educación o pensiones, momentos en los que estuvo muy bien, pero va recrudeciendo cada vez más su discurso, comenzando a atacar con el aborto, y sacando toda la artillería en el bloque de reforma de la Constitución, que es cuando vuelve a Bárcenas y califica a Rajoy de mentiroso e indecente. A partir de ahí se inicia un “toma y daca” interminable y una mutación de Rajoy, al que le cambia hasta la cara, llegando incluso a llamar a Sánchez “ruin, mezquino y miserable”.

Ambos se enfangaron en una lucha dialéctica, declarada ingobernable de antemano por el moderador, que no les llevó a ningún sitio y por la que desaprovecharon los bloques de reforma Constitucional y Cataluña. La postura incisiva de Sánchez pudo con Rajoy, que habría ganado el debate si hubiera mantenido la serenidad, pero nos privó del debate propiamente dicho, no dejaba lugar a que hubiera un contraste de ideas e imposibilitaba que se desarrollaran argumentos. Sánchez arriesgó, pero en mi opinión fue en vano, ya pasó la época en la que el desgaste del PP proporcionaba un aumento de votos proporcional en el PSOE.

Desde la escenografía con fondo gris, la mesa de siempre, llena de papeles, las sillas de sala de espera de oficina, el encorsetamiento en bloques temáticos, la entrada de preguntas por parte del moderador de directores de periódico solo con ediciones en papel… En fin, todo parecía estar orientado a profundizar en la imagen viejuna del bipartidismo, más que aprovechar la oportunidad para lo contrario.

El gran fallo no es que se tratara de un debate PP-PSOE, sino que ambas fuerzas políticas, y los organizadores, no se dieran cuenta de que estaban creando un evento fuera de lugar, es decir, desconectado del momento y la situación política. De ahí que la mayoría de comentarios irónicos en redes sociales fueran sobre las calificaciones de “vibrante” o “apasionante” que el moderador hacía del debate. En esas condiciones, hubiera sido más apropiado decir: “nos lo estamos pasando chachi”.