“Si dibujas un eje izquierda-derecha, la presencia de Podemos en el mismo hace que, obviamente, nosotros aparezcamos más a la derecha. Pero el eje que nos interesa es el que enfrenta lo nuevo con lo viejo”. Eran declaraciones de Begoña Villacís, en un encuentro en el que participó SABEMOS y en el que se trataron las cuestiones de siempre: ¿Es Ciudadanos de derechas? ¿Es un recambio o una muleta del PP o del bipartidismo?

Evidentemente, todo depende del cristal con el que se mire. Si lo miramos con un cristal de tonos purpúreos, y siguiendo las dinámicas españolas tradicionales, obviamente Ciudadanos es de derechas. Pero con ese mismo cristal, el mismo PSOE es claramente de derechas. Con ese cristal, hasta Pocoyó es de derechas.

El problema es que, como decía Villacís, el eje izquierda-derecha es especialmente rancio en España porque dibuja propuestas muy contradictorias. Ciudadanos atiende a un votante con inclinaciones liberales en lo económico pero también en lo social, mientras que el PP lleva años atendiendo a un electorado muy peculiar y que aglutina desde el pensamiento liberal tradicional (una corriente especialmente decepcionada tras la última legislatura) hasta una ultraderecha rancia, enemiga de muchos de los avances sociales de los últimos años y que no ha encontrado otra forma de expresión mejor, evitando el ascenso de una variante local del Frente Nacional en Francia. 

Así, responde mejor a las demandas de los profesionales jóvenes y preparados, pero alejados del púlpito y de la caspa. Aunque diga no reconocer el aborto como un derecho, promueve una ley de plazos. Propone, además, despenalizar la marihuana y la prostitución, y no pondrá límites artificiales a la eutanasia. 

Uno de los fenómenos de estas elecciones ha sido el despertar de los “orientadores de voto”, aplicaciones web que te permiten orientar el sentido de tu voto en función de una serie de tests. Es el caso, por ejemplo, de Aquienvoto.org. Son especialmente interesantes, porque permiten generar una percepción de las propuestas sobre las propuestas, propiamente dichas. 

En estos orientadores de voto, casi por sistema, el votante de Ciudadanos tiende a coincidir más con el de UPyD, o incluso el PSOE, que con las ideas populares. ¿A qué se debe? A que las propuestas sobre economía o sobre la unidad de España son sólo unas pocas, y que otras como las relacionadas con los derechos civiles, las libertades o la regeneración política ponen al PP como un claro antagonista.

Aunque sea una simplificación excesiva, no es mentira afirmar que Ciudadanos es un partido más del PP en lo económico y más del PSOE en lo social. Lo que, por otro lado, le habilitaría para negociar con ambas partes tras los comicios.

Tampoco es un partido liberal

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que Ciudadanos sea un partido ultraliberal, porque de hecho no lo es, del mismo modo que no lo es el PP. 

Un liberal orgulloso quizá se alegraría de ver reflejada la propuesta de la llamada mochila austriaca, en lugar de la dependencia excesiva de la indemnización por despido y las trabas que existen para llevar a cabo despidos. También aplaudiría el contrato único. Como males menores, aceptaría la negativa a ampliar el número de funcionarios como forma de creación artificial de empleo, sacar la formación de las patronales y los sindicatos, o la armonización y el mínimo exento de un millón de euros en el impuesto de sucesiones.

Aceptaría a regañadientes la negativa a subir el salario mínimo (“¿por qué no eliminarlo?”, pensaría nuestro liberal), o las bonificaciones a las empresas que despidan menos. 

Pero, sin duda, se tiraría de los pelos al ver propuestas como el complemento salarial, una propuesta que no firmaría ningún liberal ortodoxo, o la aceptación de la dación en pago o la voluntad de dedicar a alquileres sociales las viviendas procedentes de los desahucios.

Se utiliza a menudo el término “ultraliberal” o “neoliberal” para referirse al PP y, últimamente, a Ciudadanos. Pero no es cierto. Partidos realmente ultraliberales habrían propuesto y desarrollado la desmantelación del estado del bienestar pedazo a pedazo. Y que nuestros lectores no confundan los recortes que ha habido con los que un ultraliberal de corazón habría puesto en marcha. 

La principal diferencia

En todo caso, la principal diferencia de Ciudadanos con el PP es muy sencilla: no son el PP. Nadie puede confundir a Albert Rivera con Mariano Rajoy. Su juventud, ese ansia en los debates y la energía que desprende (que Monedero ha convertido en un meme muy perjudicial), chocan con la parsimonia de Rajoy, un gallego que ha hecho de serlo su principal argumento. 

Le pese a quien le pese, la corrupción sistemática en los dos grandes partidos, demostrada con años de portadas en los grandes medios, ha hecho de ambos víctimas propiciatorias de los nuevos incumbentes. En España incluso PP y PSOE tienen cierto futuro, dado que somos un país con una cierta adicción a las marcas pese a lo que dicten la realidad o las modas. Fuimos de Nokia mucho tiempo más de lo que tocaba, y nada apunta a que vayamos a dejar de ser un país de PlayStation o de Android. Mucho votante seguirá con su opción clásica porque, en realidad, este tipo de debates no se escuchan en la residencia. O porque las redes clientelares de unos no tienen nada que ver con las de los otros –tiempo tendrán para crear las suyas propias, de eso no me cabe duda–.

Ciudadanos no es el PP porque Albert Rivera nunca escribió “sé fuerte, Luis”. Porque él y los suyos representan otras ideas y otros valores. Cuando elegimos SABEMOS como cabecera, sabía que me iba a suponer problemas de identificación con el partido de Pablo Iglesias. Pero lo que nunca pensé es que la gente iba a confundir nuestro característico color vino con el morado de la formación de izquierdas. Puedo entender que a muchos daltónicos les confunda, pero para mí es como confundir el naranja y el azul. Da igual si te gustan o no los colores, lo que está claro es que no son los mismos.