En los últimos años estamos asistiendo a un incremento alarmante en las cifras de suicidios, un crecimiento achacado en numerosos casos a la crisis económica por la que atraviesa el país; sin embargo, ciñéndonos al método científico, sí podemos afirmar que se observa una correlación entre crisis y aumento de suicidios pero resultaría precipitado hablar de causalidad entre la una y los otros.

Es de destacar que esta afirmación queda perfecta como argumento a la hora de realizar críticas a determinadas políticas. Argumentos demagógicos que tampoco solucionan el problema. Y hablamos de un problema que, según el Instituto Nacional de Estadística, mató a 3.870 personas en 2013, último año del que se conoce la cifra de víctimas de suicidio. Tengamos en cuenta que ese mismo año murieron 1.128 personas en accidentes de tráfico y hagamos un ejercicio de responsabilidad y concienciación sobre la magnitud de esta cuestión y comparémoslo con la poca atención que recibe en general.

Partiendo de la base de que la crisis ha sacudido y vaciado los bolsillos de numerosísimas familias y considerando que no todos los afectados han optado por suicidarse, podemos colegir que hay algo bastante más profundo en la base de todo suicidio. De hecho, si analizásemos los datos con mayor profundidad, es muy posible que encontrásemos que algunos de los que decidieron quitarse la vida, ni siquiera eran de los más golpeados por las carencias económicas. Así pues, necesitaríamos preguntarnos: ¿Qué está sucediendo?

Las enfermedades que más continuamente se encuentran relacionadas con esta causa de muerte son depresión y consumo de alcohol. Los motivos del incremento en suicidios pueden ser numerosas: estilo de vida moderno, poca tolerancia a la frustración o a la incertidumbre, sentimientos de soledad o de desesperación, duelo patológico, enfermedad crónica, expectativas y un largo etcétera, incluyendo por supuesto, la precariedad económica, pero solo como una causa más. Al mismo nivel que las otras. Y el predictor más claro de suicidio, es haber tenido un intento previo.

Si revisamos las cifras ofrecidas por la Organización Mundial de la Salud, veremos que cada año se suicidan 800.000 personas en todo el mundo; y por cada uno de los que lo consiguen hay muchas más tentativas de suicidio; por otra parte, el grupo más afectado el de las personas entre 15 y 29 años. Personas que están comenzando a vivir y ya se rinden. Algo tenemos que estar haciendo muy mal en las sociedades del siglo XXI.

El mito de la Navidad

Existe la creencia común de que los suicidios aumentan en las fechas navideñas, creencia que no es más que otro mito urbano. No es cierto. El pico se da en primavera y a principios de verano y es así en varios países. Tampoco es cierto que sea Finlandia el país con los índices más altos de suicidio, es la Guyana. ¿De dónde provendría el mito de la Navidad y los suicidios? Podría deberse a un simple sesgo en nuestra atención: si alguien de nuestro entorno se suicidase en Navidad, estaríamos relacionando ambos eventos; o bien esa información resultaría muy saliente. Sobre todo si tenemos en cuenta que en Navidad se espera de nosotros que seamos felices. Muy felices. Absurdamente felices.

Sí es cierto que en Navidad los sentimientos de soledad y desesperación que acompañan a trastornos mentales como la depresión, pueden hacerse más patentes para aquellos que la padecen, simplemente por comparación con otros. Nos comparamos con los que nos rodean, a veces con auténticos desconocidos y dependiendo de nuestra autoestima, autoconcepto o autoexigencia, vamos a salir perdiendo en dicha comparación. Cometemos el error de compararnos con personas que van a conseguir que nos sintamos más feos, más gordos, más pobres. Más solos.

En numerosas ocasiones el suicida va a intentar llamar la atención de su entorno. Pero no esperemos que grite a los cuatro vientos sus intenciones, puede ser más sutil. Frases como “qué solo estoy” o “a veces pienso que me gustaría desaparecer” son más plausibles. Este tipo de comentarios pueden ser un primer indicio de que algo no va bien. En vez de ventilarlo soltándole un mensaje positivo prototípico (“No te preocupes, esto es solo una mala racha” o bien “anímate, ya se te pasará”) demos opciones viables, salgamos con él o ella, llamémosle por teléfono con asiduidad, preocupémonos del bienestar de esa persona, empaticemos con él o ella, que por un tiempo sea más importante el otro que nosotros mismos. No desestiméis la importancia de sus sentimientos aunque os parezcan desproporcionados.

Aprovechando el buen espíritu navideño os pediría que si os encontráis un caso entre vuestros familiares o amigos en estas fechas, no intentéis contagiarle vuestro buen rollo; es mejor opción que paréis y escuchéis al otro. Recomendadle visitar a su médico, a un psiquiatra o a un psicólogo, proporcionadle algún teléfono donde pueda recibir apoyo profesional, no estigmaticéis su forma de sentirse, es normal. Pero sobre todo, hacedle sentir que no está solo, que estáis ahí y que pueden contar con vosotros el tiempo que haga falta. Invitadle a tomar algo, o al cine. Que salga. Obligadle. Que compruebe empíricamente que otros se preocupan por su bienestar, que otros le quieren. Que su vida es importante para vosotros. Ofreced distintos puntos de vista a la percepción de sus problemas pero sin juzgarle, ayudadle a generar distintas soluciones y a escoger entre ellas las mejores, haced que durante un rato, se vuelva a sentir como antes. Estad ahí. Puede que le estéis haciendo el mejor regalo de Navidad posible: el deseo de vivir.