Si le impresiona la racha de Golden State Warriors, no se pierda la de los Spartans de Bob Ladouceur, un equipo de instituto de fútbol americano cuya historia fue llevada al cine.

Golden State Warriors ha ganado todos los partidos en lo que va de temporada: 23. Si sumamos la racha con la que Stephen Curry y sus amigos cerraron el curso anterior (sin Playoffs, que en Estados Unidos cuentan aparte), los actuales campeones encadenan ya 27 victorias, la segunda mejor racha de la historia de la NBA, a seis del récord de Los Angeles Lakers.

En el fútbol americano las temporadas son más cortas. Por eso, la racha de 151 triunfos de De la Salle Spartans impresiona aún más expresada en años: doce. No perdieron un sólo partido entre 1992 y 2004. Hablamos de un instituto católico de la ciudad de Concord (California), a unos 40 kilómetros del Oracle Arena de Oakland, el hogar de los Warriors. Su gesta dio pie a una novela y ésta, a una película, ambas tituladas When the Game Stands Tall. A los cines españoles llegó como Un equipo legendario y fue producida por Peter Guber, que no sólo tiene en su currículum títulos como El color púrpura, Rain man o Batman (la de Tim Burton), sino que además es copropietario de… Golden State Warriors.

Guber quiso hacer “una película real en vez de una de Hollywood”, apostar por una historia cercana con la que el americano medio se pudiera identificar en lugar de verse deslumbrado. El enfoque gustó a Bob Ladouceur, el entrenador de los Spartans, un hombre sencillo al que la idea de la película no le había hecho de entrada mucha gracia. ‘Coach Lad’, que además de entrenador era profesor de religión en De la Salle, estaba acostumbrado a predicar humildad entre sus jugagores. Ante todo, el equipo. Asegura que no perdió un solo minuto de sueño pensando en la histórica racha y que sólo la mencionó en el vestuario un par de veces: una antes de batir el récord del estado y otra más en vísperas de superar el récord nacional. ¿Falsa modestia? ¿Una forma de rehuir la presión? Neil Hayes, autor del libro, tuvo acceso al vestuario cada dia durante una temporada completa y asegura que en todo ese tiempo jamás salió de boca del técnico la palabra ‘ganar’, ni ninguna de sus derivadas.

Este enfoque de Hayes fascinó a los productores. Otro de ellos, David Zelon, vio en el libro una historia que el cine no podía dejar escapar, protagonizada por un entrenador cuya prioridad no era ganar sino educar… y, aún así, ganaba. Ganaba mucho. Ladouceur le dijo lo mismo que a Hayes: “Si vas a contarlo, cuéntalo todo”. El resultado le satisfizo, y también a sus jugadores. Más allá de algunas imprecisiones estadísticas, de las habituales (y en este caso también bastante tópicas) licencias dramáticas y de la evidente dificultad de comprimir doce años en menos de dos horas, la película refleja fielmente el espíritu de aquel vestuario, según dicen los interesados. Sentido de equipo, esfuerzo, compromiso… Otra cosa es su valor cinematográfico, bastante más discutible.

Ladouceur es un personaje poco conocido para lo que sería de esperar es una sociedad como la estadounidense, tan impregnada de la cultura del éxito. El entrenador más ganador de la historia del fútbol americano se retiró hace un par de años con un balance increíble: 399 victorias, 25 derrotas y 3 empates. Le habría bastado un triunfo más para alcanzar una bonita cifra redonda que anotar en los libros de historia, pero ni se molestó en buscarla. Como en el archiconocido poema de Kipling, Ladouceur trató al triunfo y a la derrota de la misma manera: como a dos impostores. Su legado tiene más que ver con la educación que con el triunfo. “Las victorias y derrotas no son un buen indicador”, defiende; “no se trata de ganar, buscamos otras cosas: educación para la vida diaria, admiración por los demás, respeto… No creo que nadie en este país tenga un trabajo más importante que el mío”.