Aunque BBVA se haya caído de la clasificación, España todavía tiene al Banco Santander en la lista de las 30 entidades financieras más críticas de todo el mundo: los bancos sistémicos. Son los anteriormente conocidos como “demasiado grandes para caer” – too big to fail -, pero aunque se les haya cambiado el nombre todavía son un peligro al volante. Pertenecer a este selecto club tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

La banca tiene 1.977 millones de euros a prueba de crisis. Es la suma de lo que los agentes del sector financiero consignaron como capital de la máxima calidad –tier equity 1– en 2014, un salto del 50% con respecto a las cifras de 2011. Lo cual no significa ni de lejos que estemos un 50% más protegidos contra un armagedón financiero como el de 2008.

Pero hay algunos que están sufriendo los nuevos requerimientos sectoriales con más intensidad. Sin que sirva de precedente, son los que más tienen los que más van a pagar, en sentido figurado.

El Consejo de Estabilidad Financiera (FSB, por sus siglas en inglés) ha publicado las exigencias definitivas para que los 30 mayores bancos reserven algo de dinero para las vacas flacas. En total, esta treintena de bancos habrá de tener una ratio mínima del 16% de capital disponible para absorber las posibles pérdidastotal loss-absorbing capacity– frente a los activos ponderados por el riesgo.

A los 30 bancos sistémicos se les exige una ratio del 16% de capital disponible para absorber pérdidas frente a los activos ponderados por riesgo

¿Por qué tanta tribulación por un puñado de compañías? Porque aunque el capitalismo sea un juego de ganadores y perdedores, hay algunos agentes a los que nunca les puede tocar la china.

“Un banco sistémico es un banco demasiado grande para que si cae no afecte al sistema financiero en general. Es un banco que no se puede desubicar y caer porque se generaría una situación de pánico colectivo”, resume el director del área del Sector Financiero de IE Business School y profesor del IE, Manuel Romera.

Por todos es sabido que la totalidad de los clientes de una sucursal, aterrorizados por las noticias económicas negativas, no pueden ir y reclamar todo su dinero; no existe, es un “fugazi”, como dice Matthew McConaughey en El Lobo de Wall Street, que ha sido prestado a otras personas.

“Si cunde el pánico, papá banco central aportará la liquidez que haga falta para que todos volvamos a casa pensando que podríamos retirar lo que quisiéramos y así no retiremos nuestro dinero en efectivo”, escribe Fernando Trias de Bes en El libro prohibido de la economía (Espasa).

Los bancos viven de su imagen de estabilidad, como confirma Romera en una entrevista por teléfono; son “entidades basadas en la confianza, en la confianza de que no analices mucho”, bromea. Entonces, el 16% es una cobertura aceptable, ¿verdad?

¿Es suficiente un 16%?

Cuando Romera aborda esta cuestión, ríe y contesta: “Buena pregunta; no lo sé”.

Nadie lo sabe. En la reciente La gran crisis: cambios y consecuencias (Deusto), el veterano periodista Martin Wolf cuenta que hay economistas que se decantan por una proporción mínima del 20%, mientras otros abrazan el 45%.

Cuando Martin Wolf se pregunta cuánto es suficiente para un banco normal ve que una exigencia del 3% de cobertura se queda corta: “¿Cómo puede alguien seriamente imaginar que es sensato permitir a esos negocios, tan importantes y cuya caída causaría tanto daño, que funcionen con un colchón tan ridículo? Una simple caída del 3 por ciento en el valor de los activos quebraría el negocio”.

No obstante, si se piensa con detenimiento, es descabellado hasta un 20% de capital con respecto a los activos, incluso sin ponderar el riesgo. “¿Imaginas alguna empresa con un apalancamiento del 80% de deuda y solamente un 20% de recursos que pueda aguantar sin quebrar?”, se cuestiona Manuel Romera. “Los bancos no pueden tener solvencia real sino solvencia regulatoria”, concluye.

Lo que aporta confianza no es la solvencia sino la idea de solvencia

Lo que quiere decir es que -como en la caverna de Platón- lo que aporta confianza no es la solvencia, que nunca podrán tener los bancos, sino la idea de solvencia.

Los reguladores siempre quieren colchones más amplios, no para que una entidad financiera tenga solvencia, ya que técnicamente siempre está quebrada y sin liquidez, sino para dar la imagen de que puede hacer frente al colapso de la economía. Es como comprarle a una ballena azul una cama de matrimonio en vez de una individual: va a ser igual de inútil.

Las autoridades, prosigue Manuel Romera, actúan como una agencia de calificación que aprieta las tuercas a las compañías, y cuando lo hacen penalizan la rentabilidad de los bancos. En su opinión es “absurdo”, ya que está persiguiendo algo que no puede alcanzar y, a la vez, consigue que sean menos rentables y bajen en bolsa.

Por lo tanto, la ballena permanece en un colchón que, además de no servirle de nada porque es un cetáceo de 25 metros de longitud, le molesta. En este caso el Banco Santander, que es el único titán español que permanece en la lista, padece algunos dolores de espalda al despertarse.

BBVA gana y Santander tampoco pierde tanto

Cuidado porque no todo son inconvenientes. Ser grande tiene sus partes buenas y sus partes malas.

Lo malo es que las autoridades “te miran con lupa y te piden un poquito más”, sintetiza Romera, pero lo bueno es que “te escuchan más, tienes más capacidad de lobby y si algo te va mal no influye tanto porque estás más diversificado”.

En el fondo, aunque se les denomine sistémicos siguen siendo demasiado grandes para caer, y los que mandan les tienen miedo. Hasta el punto de que el presidente de la Autoridad Bancaria Europea (EBA), Andrea Enria, ha pedido perdón al Banco Santander por equivocarse en unos cálculos de capital de calidad, un error que provocó notables pérdidas en bolsa.

Por su parte, BBVA ha salido de la lista de los bancos más grandes del mundo en la última actualización publicada por el FSB, pero la entidad presidida por Francisco González no ha dejado atrás todas las exigencias de capital.

Fuentes del “gran azul” reiteran a SABEMOS el mensaje oficial: BBVA estaba en la lista pero no cumplía con las dimensiones necesarias para ser considerado un banco sistémico, así que el regulador ha decidido sustituirlo por el China Construction Bank. Sin embargo, añaden, la entidad todavía está pendiente de que cristalice la nueva normativa de la EBA, que incluye una trasposición de la figura de la absorción de pérdidas a la regulación de la UE.

Foto: EFE

El Consejo de Estabilidad Financiera no tiene potestad para sancionar a los bancos, así que son las autoridades de cada mercado, como la EBA, las que tienen que adaptar sus recomendaciones. Y la redacción de la legislación europea no es tan severa.

De acuerdo con BBVA Research, quedarse corto en las exigencias de capital TLAC desata automáticamente unas consecuencias, entre las que está el proceso de resolución por el que las autoridades pueden convertir parte de la deuda del banco en capital, sin pedir permiso a los acreedores, que pasan a ser accionistas. Sin embargo, la normativa MREL, que fija el colchón de capital europeo para absorber pérdidas, no prevé ningún mecanismo automático para los incumplidores.

La conclusión es que BBVA sale ganando, por el momento, ya que tiene más manga ancha. Eso sí, sigue obligado a que cumplir los test de estrés que tienen que pasar periódicamente los participantes en este sector, que son bastante exigentes.

Pero sería lamentable que los bancos basasen sus negocios en las ventajas comparativas que les ofrece la regulación. Romera cree que Santander se tendría que poner las pilas y ofrecer más rentabilidad. “La regulación tiene que servir para cumplir con ella, no para hacer un modelo de negocio. Tienes que tener un diferencial con respecto a la regulación porque, si no, todos los bancos serían iguales”, dice.

Desde luego, si las entidades se toman así la normativa sectorial están muy alejadas de su intención inicial

El capitalismo soñado

A finales de 2008 comenzó a fraguarse una corriente de opinión que llegó hasta los líderes de los países y que veía al capitalismo como un Saturno que devoraba a sus hijos, los trabajadores, sin piedad. El entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy, hizo un estéril llamamiento para “refundarlo” y hacerlo más ético, como si una ideología tuviera alguna constitución en la que se pudieran tachar y añadir pasajes.

De aquellos polvos quedaron algunos lodos. El más notable fue lo que se conoce como Basilea III, la tercera edición de los Acuerdos de Basilea para la regulación bancaria. De allí salió la necesidad de acabar con los too big to fail, evitar que se volvieran a rescatar bancos con dinero público simplemente porque eran demasiado grandes. Palabras mayores.

“Eso es un mensaje de político regulador que tiene muy buena voluntad pero que no tiene por qué ser real en el futuro”, critica Manuel Romera. “Lo que puedo asegurar es que volveremos a tener una crisis fuerte, y en esa crisis volverá a haber bancos que desaparezcan, pero aparecerán otros. Hay que aceptar que unas veces ganas y otras veces pierdes. Si no, el mundo no sería el mundo”, vaticina.

Manuel Romera: “Volveremos a tener una crisis fuerte, y en esa crisis volverá a haber bancos que desaparezcan”

Esta es una visión pesimista que comparte casi cualquier economista. También Martin Wolf: “Actualmente, el sistema financiero está diseñado para fracasar, pero fortalecerlo es sólo parte de la respuesta; la otra parte es arreglar el lío macroeconómico en el que el mundo se ha metido”, resume, en referencia a la enmarañada realidad económica de la globalización.

Wolf, al igual que otros autores, no descarta la posibilidad de que exista un “estancamiento secular”, de que la economía nunca vuelva a presentar un crecimiento sostenido sino que se mantenga más o menos estable. De que, en resumidas cuentas, cada vez queden menos burbujas en las que participar para obtener beneficios.

Incluso en ese caso habrá más gigantes que resbalen y se precipiten al vacío. “Después de Enron, Parmalat, Madoff o Abengoa ya se ve que nunca se es demasiado grande para caer”, dice Manuel Romera. Quizá no hay esperanza, con o sin regulación.