Inicia hoy Germán Álvarez Blanco, nuevo consejero delegado de Westfield Digital, empresa editora de SABEMOS, una correspondencia unilateral de plena libertad temática con Mo , financiero e importante empresario hostelero de Madrid, al que considera un paradigma de lucidez en sus análisis políticos y económicos, y hombre de probada y discreta inteligencia.

Quiero aclararte desde el principio, querido Mo, que el fútbol dista de ser una preocupación importante para mí. Nunca me meto en una discusión de amigos sobre tal o cual jugador, entrenador o equipo si no es para embromar. Sin embargo, me tiro de cabeza a la piscina sin mirar si hay agua cuando escucho la palabra talismán: Florentino. Entonces, el pacífico pensante que soy se transforma en tormentoso justiciero. Es superior a mis fuerzas reprimir ese impulso sin freno ni marcha atrás.

Te lo repito, estimadísimo Mo, el balompié no es lo mío, aunque conozca sus intríngulis bastante a fondo. Me dirás entonces, y con razón: “¿Por qué, pues, esa fijación obsesiva que se apodera de ti en cuanto alguien menciona a Florentino, hasta el extremo de que, para asombro de tus amigos, dejas de lado asuntos cuales la política, el cine, los libros, las nuevas actrices, el pata negra bien cortado, e incluso el mus, que son los que al parecer te molan…?”

Te voy a razonar tal paradoja haciendo un gran esfuerzo de templanza para que no se me caliente la boca, y espero lograr que me entiendas. Aunque, en apariencia, me meta en una contradicción del tamaño del Everest. ¡Lee, por favor, antes de juzgarme…!

Aplazo para otro día el asunto de las trascendentales elecciones que vivimos y dedico mi primer monólogo a hablarte del célebre (hay muchas formas de serlo, y no todas necesariamente buenas) campeón mundial en ventas de camisetas con nombre impreso, del palco de los líos, los fichajes sospechosos de carísimos jugadores, viajes institucionales con el equipo de los que casi siempre vuelve con misteriosos acuerdos -no dudo que bien fundamentados- para su constructora ACS, de la expulsión de técnicos porque de pronto encontró que el traje no les sentaba bien y transmitían tristeza al hablar en público, o tal vez porque en un día tonto no le rindieron  la dosis de pleitesía que él requiere; oResulta imposible descifrar la mueca con la que justifica sus vaivenes de humor, porque es como un Buda metido a profesional del póker.

Más de una vez me ha recordado  cierta escena que tuve, siendo director del Sábado Gráfico, con el entonces Presidente Calvo Sotelo, quien me reprochó a las bravas algo (no recuerdo el asunto) que había publicado, y lo apostilló así: “Usted se equivoca conmigo, Germán, yo soy un hombre muy serio”. Me salió del alma un retruécano que le silenció, y movió a su esposa, Pilar Ibáñez-Martín,  a dirigirme una mirada de Gorgona: “Me temo, señor Presidente, que, más que serio, es usted un hombre desabrido. A no confundir los culos con las témporas”. Veo en Florentino un protomodelo de la más aburrida y amenazadora adustez, a juzgar por lo que me llega de gentes de su entorno; pero de lo que en el mundo común  se considera seriedad parece andar escaso.

Voy a hacer un alto en la enumeración de despropósitos del señor Pérez para incidir en un detalle nada baladí: todos, o casi todos aquellos cuyo fichaje para el trajín deportivo de la Casa Blanca significaron un desembolso por encima de los 50 millones de euros han venido, o se han ido, de la mano de ese agente (¡) portugués llamado Jorge Paulo Agostinho Mendes, del que bastantes desconfiados sospechan que es compi del presi” en el uso y disfrute de los monumentales remanentes que un tráfico de carne humana  administrado con endiablada habilidad deja en el camino. Sólo es “vox populi”, y ya sabemos lo poco que cuenta la “vox populi”. Hasta que se desborda.

Los presuntos maliciosos que esparcen la especie carecen, hoy por hoy, de pruebas en qué apoyarse para implicar a Pérez en esos manejos. Por tal razón, sin duda de peso, clasifico los chauchaus como rumores no confirmados. Al menos, provisionalmente. Sin embargo, de cuando en cuando, y para no perder la ilusión de que algún día se produzca por fin un acto de justicia, me repito a menudo cuánto tiempo se tardó en derribar de sus pedestales a pájaros arrogantes como el suizo Blatter, en la FIFA, y al francés Platini, en la UEFA.

Dirás, Mo, que, al final y pese a todo, cayeron; pero te contraargumento señalándote que suavecito y en blando. Nadie les quitará lo bailado, les confiscará lo pulido, o les hará pagar con galera, penal, presidio, jaula o gayola sus alucinantes atropellos a los intereses de países enteros. Es la vida misma, pero en ningún sitio está escrito que sea preceptivo resignarse. Por eso me llevan  los demonios cuando oigo gritar “¡Florentino!”, a quien –lo manifiesto como una estricta opinión personal- tengo censado en esa peña de presuntos intocables.

Es imposible explicar cómo España acabó en el garete del que apenas está saliendo sin detenernos a estudiar a personajes que han marcado la formación del gran capitalismo tras la muerte de Franco. Un capitalismo con rápida vocación internacional criado a los pechos de la recalificación tramposa de terrenos y la adjudicación chanchullera de las contratas públicas, además de parasitario  con su fuente nutricia –ciertas entidades financieras- gracias a los consejeros compartidos. Todo ello, combinado con una incitación a  la codicia sin tasa en las filas de la función pública donde se decidía el beneficiario/os de los chollos.

De aquellos polvos vienen los lodazales que derivan en quebrantos como el reciente de Abengoa, y la  nube tóxica que  avanza sobre ACS, según recogen instituciones del  peso de Bloomberg, y que ya cuartea su cotización en Bolsa. Por mucho que Pérez y sus peones de confianza desmientan y amenacen con querellas a quienes se hagan eco. Hoy, todavía logran silencios o sordinas en medios de comunicación receptivos a sus estados de ánimo. Es preciso admitir que el gerifalte aún asusta, o que le funcionan los infiltrados, y las inyecciones monetarias en ciertas Peñas merengues que sus alféreces manejan para jalear su figura y reprimir al discrepante. Pero me da que la capacidad de intimidación  está a punto de caducar, como parece haber fenecido el domingo, 6 de diciembre, en el Territorio Maduro.  

Sigo argumentándote mis razones, estimado Mo. Parte de los que contaminan, adulteran y desprecian la libre competencia se concentran cada semana de partido en el famoso  -hasta más allá de nuestras fronteras, para escarnio de la Marca EspañaPalco Presidencial del Bernabéu. Forman una corte de arribistas devenidos en tycoons gracias a la cultura del ladrillo y del asfalto subvencionado o tramposo, que a punto estuvo de llevar a nuestra patria a una ruina sin remedio.

En ese grupo de ventajistas es casi imposible que veas, admirado Mo, a los verdaderos emprendedores que honran su empeño y son merecedores de respeto y apoyo, aunque algunos ciudadanos se resientan porque su acumulación de riqueza despierta inevitables envidias. Pero, en ellos, se traduce en estímulo al trabajo, aceptación de  reglas de juego, inversión, economía expansiva y más riqueza dedicada a renovar los medios tecnológicos y humanos de sus empresas. Hablo de los creadores del tipo de Amancio Ortega, Dimas Giménez,  Juan Roig, Pablo Isla, José Luis Bonet, Isak Andic, tú mismo, y otros –más de los que creemos-,  que no precisan, como ocurre con unos cuantos del Palco Presidencial, de un mamoneo amañado que les habilita para obtener falsos éxitos y ocultar su incompetencia real. Algunos, sin esos apaños, estarían ofreciendo kleenex en los semáforos.

Gracias a esa hoguera de vanidades que Florentino Pérez ha formado en el Bernabéu ad majorem gloria sua, el Real Madrid es hoy una entidad venida a menos, con el universal prestigio de antaño en lo deportivo y lo empresarial hecho añicos.  Dispone de una veintena de “altos directivos” (guardia pretoriana de su “presi”, en la que vienen a salir por 300.000 pavos por cabeza y año, euro arriba o abajo, más tarjeta de gastos), pero organizativamente son un chiste, como lo demuestra la reciente expulsión del Club en la Copa. Esos “cerebros”  son los “Ángeles SiSeñor” de alguien que, encima de tener poquito criterio sobre fútbol, osa anteponer la alineación de unos jugadores sobre la de otros, según le dé la neura o su ración de coba le llegue al ego. Ítem más: enmienda la plana a los técnicos y decide a quien traspasar y contratar, o no, en función de empatías y de cierta palabra que termina en …ones. Ponla tú, Mo, pero me barrunto que no es cojones.

Siempre admirador de tus talentos, con todo mi afecto.

G.