El 1 de diciembre de 1955, Rosa Park se negó a obedecer. No estaba cansada, pero se negó a levantarse del asiento únicamente para que se sentara un blanco, por mucho que se lo ordenara el conductor de autobús. Ese día, del que hoy se cumplen sesenta años, una costurera de 42 años hizo historia en un mundo acostumbrado a cantar sólo las hazañas de “héroes” hechos a costa de las vidas ajenas.

Después de un largo día de trabajo en unos almacenes de Montgomery (Alabama), Rosa Parks tomó el autobús en la Avenida Cleveland para regresar a casa y se acomodó en uno de los asientos reservados para negros.

Por entonces, las leyes de segregación de la ciudad no sólo establecían asientos separados para blancos y negros, sino que concedían poderes parapoliciales a los conductores, quienes tenían derecho a portar armas y, en caso de “necesidad”, podían obligar a los pasajeros afroamericanos a levantarse de sus asientos para que ningún pobre blanco tuviera que hacer el trayecto de pie.

 

 

El autobús de Rosa Park en el Henry Ford Museum 

 

Eso fue exactamente lo que ocurrió aquel día. “Me había sentado justo detrás de donde se sentaban los blancos”, relataba Rosa Parks en una entrevista. “No tuvimos ningún problema hasta que en la segunda o la tercera parada, varios blancos subieron al autobús y un hombre quedó de pie”.

De acuerdo con las leyes de Montgomery, cuando un autobús estaba lleno, los asientos más cercanos a la parte de delante debían reservarse para los pasajeros blancos. El conductor, James Blake, ordenó a Parks y a otros tres afroamericanos que se levantaran y se fueran a la parte posterior del vehículo. “Moveos todos, quiero estos dos asientos”, les dijo. Tres de ellos obedecieron. Parks no.

“¿Vas a levantarte?”, insistió el conductor, según la conversación que figura en la biografía de Rosa Parks escrita en 2000 por Douglas Brinkley. “No”, respondió ella. “Pues bien, voy a tener que arrestarte”, le advirtió Blake. “Usted puede hacerlo”, replicó Parks.

Por supuesto, lo hizo. Inmediatamente se presentaron dos agentes de Policía, que le preguntaron si era cierto que el conductor le había pedido que se levantara. “Sí”, les respondió. “Entonces me preguntaron por qué no me había levantado, y yo les dije que no pensaba levantarme”, recordó muchos más tarde. Los agentes lo resolvieron por la vía más previsible: “La ley es la ley, y usted está detenida”.

Nieta de esclavos, hija de maestra y esposa de activista

Aquel día, las autoridades se habían equivocado de víctima. Nacida el 4 de febrero de 1913 en Tuskegee, en Alabama, Rosa Parks había mamado el antirracismo en su más tierna infancia. Desde la separación de sus padres, su madre se trasladó a vivir en Pine Level (en el mismo estado) con sus padres (los abuelos de Rosa). Se llamaban Rosa y Sylvester Edwards, los dos habían nacido esclavos y ambos estaban fuertemente implicados en las luchas contra la segregación racial.

“Habían nacido antes de la emancipación, antes del fin de la esclavitud, y habían sufrido mucho, de niños habían sido esclavos y, por supuesto, después de la esclavitud tampoco les fue mucho mejor”, explicaba Rosa Parks. Pero eran campesinos de Alabama, gente dura. En una ocasión, el abuelo Sylvester se plantó delante de la casa con una pistola  mientras los miembros del Ku Klux Klan desfilaban por la calle.

La madre de Rosa era maestra y le enseñó a leer en la misma escuela de Pine Level en que trabajaba. No obstante, aparte de leer, le enseñó algo más importante, si cabe: “Creía en la libertad y la igualdad entre las personas”. La lección que extrajo de sus enseñanzas quedó resumida en una frase, mencionada por Parks: “Éramos seres humanos y debíamos ser tratados como tales”.

 

 

El autobús que llevaba a los alumnos al colegio estaba reservado a los blancos. Los niños de color debían ir andando. “Yo veía pasar el autobús todos los días, pero no era para mí. Ésa era una forma de vivir, no teníamos otra opción que aceptarla como una costumbre”, lamentaba Rosa Parks. “El autobús fue una de una de las primeras cosas que me hicieron darme cuenta de que había un mundo para negros y otro para blancos”.

En 1932, con 19 años, Rosa tuvo la suerte y el acierto de casarse con el hombre apropiado. Se llamaba Raymond Parks, trabajaba de barbero y era un miembro activo de  la Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color (NAACP), que sigue siendo aún en la actualidad la organización más activa en la defensa de los derechos de los afroamericanos. “Él creía en la libertad y en la igualdad”, decía Rosa Parks sobre su esposo, fallecido en agosto de 1977.

Gracias al apoyo de su marido, Rosa pudo concluir sus estudios de secundaria en 1933, y entre 1943 y 1957, Rosa Parks se implicó muy directamente en las actividades que llevaba a cabo la NAACP en Montgomery, concretamente como secretaria personal del presidente de la organización, ED Nixon.

Los autobuses

El tema de la segregación racial en los autobuses no era nuevo en absoluto para los movimientos antisegregacionistas. En 1953 se había declarado un primer boicot a los autobuses en Baton Rouge (Louisiana), y meses antes de que ocurriera el episodio de Rosa Parks, Joann Robinson, profesora universitaria de raza negra y activista en Montgomery, había propuesto una movilización similar en su ciudad. De hecho, dos hombres habían sido detenidos anteriormente antes que Parks por los mismos motivos, pero su caso fue ignorado por los líderes afroamericanos porque los consideraron poco aprovechables para sus objetivos.

El caso de Rosa Parks era diferente. Ella era una persona respetada. “Ahora se han metido con la persona equivocada”, afirmó una mujer afroamericana cuando supo la noticia.

 

Rosa Parks imprime sus huellas digitales tras su detención

 

El resultado fue el comienzo de una movilización popular pacífica sin precentes. En la mañana del 5 de diciembre, el mismo día en que Rosa Park fue juzgada y condenada a una multa de diez dólares (“por supuesto, no la pagué”), un grupo de líderes afroamericanos se concentró en la Iglesia de los Mártires de Sion de Montgomery para conformar una nueva  organización, la Asociación para la Mejora de Montgomery (MIA), presidida, nada menos, que por Martin Luther King, por entonces ministro de la Iglesia Baptista de la Avenida Dexter.

Los miembros de la MIA entendieron que el caso de Park era una excelente oportunidad para pasar a la acción a través de una campaña masiva de boicot al autobús que supuso un éxito sin precedentes. A pesar de las intimidaciones (varias personas fueron detenidas por violar la ley que  prohibía los boicots y las autoridades suspendieron el servicio de taxis) y de los actos de violencia (el incendio de iglesias y los domicilios de Martin Luther King y ED Nixon), alrededor del 99 por ciento de los afroamericanos boicotearon los autobuses. Se estima que 40.000 ciudadanos negros vecinos de Montgomery hacían cada día a pie el recorrido a sus trabajos.

Como consecuencia de todo ello, las compañías de autobuses perdieron decenas de miles de dólares por falta de usuarios y las autoridades no tuvieron otro remedio que dar su brazo a torcer y suavizar las medidas segregacionistas en los transportes. El boicot concluyó el 20 de diciembre de 1956, después de 381 días. El 23 de noviembre de ese mismo año, el Tribunal Supremo de Estados Unidos declaró que la segregación era anticonstitucional.

Rosa Parks murió el 24 de octubre de 2005 en Detroit, adonde se había tenido que trasladar a causa de las represalias en Montgomery, que incluyeron el despido de su marido. Se calcula que 50.000 personas asistieron a su entierro.

 

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