Los médicos nos imponen un respeto. Es verdad que con algunos profesionales parece que entre primero su ego en la consulta, luego la insignia del colegio de médicos en sitio bien visible de la solapa y, por último, llegan ellos. De acuerdo, lo que han estudiado es difícil; se trata de una profesión que tiene un reconocimiento social y hay a quien le gusta disfrutar de ese estatus. Aunque no es la norma y cada vez son menos.

El problema es que a veces esa superioridad crea una distancia o un rechazo. Otro de los reparos que muestra un ciudadano normal cuando va al médico es que en ocasiones no le entienden. Como aquella anécdota real del médico que, pasando visita en un hospital, le pidió al paciente: “Señor, póngase en decúbito prono”. “¿Qué?”, respondió éste. “En decúbito prono…”, insistió, hasta que el enfermero le tuvo que decir… “Con el culo en pompa”. No obstante, es cierto que utilizar un lenguaje que la gente no comprende crea una barrera y es una de las causas de rechazo de la medicina por parte de algunas personas.

Estudiar Medicina tiene, en cierta manera, una similitud con aprender un idioma. López Piñero, en Introducción a la medicina, menciona que dichos estudios suponen tener que aprender un léxico de unos 15.000 términos. Pero los médicos no son los únicos. ¿Acaso no habéis visto nunca a un fontanero que, al comprar suministros en una ferretería, pregunta por el perno de la trócola (o algo así)? He de reconocer que yo tengo más problemas para entender a dos aficionados al motociclismo o a la Fórmula 1 que a dos médicos.

Lo de contar con un léxico propio no se hace para que no te entienda el resto de los mortales. No es más que la necesidad de denominar de forma inequívoca y universal las partes del cuerpo, las enfermedades y los métodos, de manera que cualquier otro médico te comprenda y la información pueda fluir. Muchas veces, el origen de estos términos es más prosaico de lo que parece. Por ejemplo, el hígado se llama así porque, en tiempos de los romanos, las ocas se cebaban con higos, lo que hacía crecer esta víscera. Por lo tanto, el nombre deriva del término latino ficum, que significa hígado. En ingles liver viene de live (“vive”), ya que se asumía que la vida surgía de allí. “Glande” se llama así porque su forma recuerda a una bellota, y “rótula”, por rueda.

El problema es que, en ocasiones, lo que se pretende que sea un lenguaje inequívoco para facilitar el flujo de información cae, precisamente, en lo que se quiere evitar. En medicina, la amígdala puede ser una estructura del cerebro donde se acumulan los núcleos de las neuronas, el lóbulo raquídeo del cerebelo, o una extensión del tejido linfático situada en la faringe (y, por cierto, de la amígdala me separaron traumáticamente a los cuatro años y sin apenas anestesia). Todas estas estructuras, que no tienen nada que ver entre ellas, se llamaron igual porque en ambos casos su forma recuerda a una almendra, amígdala en latín.

Otras veces los nombres son equívocos por motivos históricos. Por ejemplo, la palabra “histeria” viene del término griego para definir el útero. En la medicina clásica se asumía que el útero era un órgano que se movía libremente por el interior del cuerpo femenino y que sólo se quedaba fijo cuando la mujer estaba embarazada. Los diferentes cambios de estado de ánimo de una mujer podían deberse al lugar donde se encontrara el útero; así, cuando éste subía cerca de la cabeza, producía un estado de irritabilidad conocido al que se le llamó histeria. Esto hizo que en el pasado conviviera un vocablo psiquiátrico, “histeria” (en la actualidad en desuso), que en realidad no tiene nada que ver con el útero, con términos ginecológicos como histerectomía o extirpación quirúrgica del útero.

Los motivos históricos han permitido que pervivan algunos dejes machistas. En la medicina clásica se suponía que las mujeres eran hombres imperfectos en los que los genitales no habían podido salir y se habían desarrollado hacia el interior. Así, una vagina sería un pene hacia dentro, y los ovarios, los testículos. Y de ahí viene su nombre. Vagina viene de la palabra latina para “funda de espada”.

Por lo tanto, la próxima vez que vayas al médico y parece que te este diciendo algo muy complicado, lo más posible es que no sea para tanto, pero ellos se entienden así.