“El sol había sido el aliado esplendoroso del día”. Así comienza la web Generalísimo Francisco Franco el relato sobre el entierro del dictador, que tuvo lugar el 25 de noviembre de 1975 (hace justamente 40 años) en la Basílica del Valle de los Caídos y al que sólo asistió un puñado de jefes de Estado. Uno de ellos fue Augusto Pinochet, alumno aventajado del finado, quien aprovechó su estancia en Madrid para, en digno homenaje al Caudillo, planificar con uno de los fascistas más peligrosos del momento, el italiano Stefano delle Chiae, el asesinato de un líder opositor residente en España.

– ¿Juráis que el cuerpo que contiene esta caja es el de Francisco Franco Bahamonde, el mismo que os fue entregado a las seis treinta horas de hoy en el Palacio de Oriente?- preguntó solemnemente el ministro de Justicia y Notario Mayor del Reino, José María Sánchez-Ventura.

– Sí, lo es. Lo juro- contestaron los jefes de las Casas Civil.

A continuación, fue retirada la bandera de España que cubría el féretro, el abad bendijo el sepulcro y el Caudillo descendió al foso, donde fue cubierto con una lápida en la que sólo se leía “Francisco Franco”.

Augusto Pinochet, quien ese mismo día cumplía sesenta años, quedó tan impresionado con lo que vio que, años más tarde, reconoció ante un asesor español de Adolfo Suárez que su sueño era disfrutar de unos funerales y de un Valle de los Caídos como los que tuvo Franco, un déspota a quien admiraba y en quien se inspiró expresamente para instaurar su propio régimen político. El dictador chileno, nacido hoy hace justamente cien años, murió el 10 de diciembre de 2006 (Día Internacional de los Derechos Humanos, que ya es maldita la casualidad) en la cama, como Franco, pero sin ese funeral tan bonito con el que se había encaprichado.

 

Llegada de los restos de Franco al Valle de los Caidos | V. Müller, Efe

 

A diferencia de lo ocurrido en la coronación de Juan Carlos I, la asistencia de jefes de Estado extranjeros a los funerales de Franco fue muy parca y se limitó a tres “luces menores” (según la expresión utilizada por el entonces embajador de Estados Unidos en España, Wells Stabler, durante su informe al secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger): el rey Hussein de Jordania, el príncipe Rainiero de Mónaco y Augusto Pinochet.

Aislado y todo, el militar chileno no quiso desaprovechar el momento. Según han confirmado numerosos documentos, Pinochet aprovechó su estancia en Madrid para entrevistarse en secreto con Stefano delle Chiae, un peligrosísimo fascista italiano implicado en numerosas actividades de terrorismo en su país y en América Latina, para preparar un atentado contra un destacado dirigente opositor chileno.

 

Carlos Altamirano

 

El objetivo de la conspiración era el secretario general del Partido Socialista de Chile, Carlos Altamirano, un hombre muy cercano al asesinado presidente Salvador Allende que se vio obligado a exiliarse tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 y cuyo habitual lenguaje altisonante y combativo contra la derecha le había servido a Pinochet como excusa para poner fin a la democracia.

Stefano delle Chiae

Delle Chiae y Pinochet se conocían. El italiano había fundado en 1960 en Italia la Avanguardia Nazionale, un grupo fascista especializado en el terrorismo urbano, y pertenecía a la Logia P2, una siniestra organización de ultraderecha liderada por Licio Gelli y que había sido muy activa en Latinoamérica, donde contaba con miembros tan destacados como los represores argentinos Emilio Massera, miembro de la junta militar de 1976, y José López Rega, ministro de Bienestar Social durante la última presidencia de Perón y fundador de la terrible Alianza Argentina Anticomunista, la Triple A.

 

Stefano delle Chiae

 

Campaña de afiliación de la P2, con la imagen de Licio Gelli

 

Stefano delle Chiae, que llegó a ser uno de los hombres más buscados del mundo, sobre todo por sus actividades terroristas en Italia (estuvo acusado del atentado contra un tren entre Florencia y Bolonia que causó al menos doce muertos en 1974) y América Latina, consiguió evadir la justicia de su país y refugiarse en España, país que escogió como base de operaciones para sus maniobras en Sudamérica.

“Estaba claro que queríamos hacer realidad allí (América Latina) nuestros puntos de vista sobre el mundo y nuestras creencias”, declaró Delle Chiae años más tarde, cuando reconoció que había colaborado con la CIA, en plena Guerra Fría, para derrotar a la izquierda e imponer regímenes dictatoriales en la región. “Nuestra lucha por el fascismo tenía un suelo más fértil en América Latina que en cualquier otro lugar. Incidentalmente, muchos partidos de América Latina tienen raíces fascistas y nazis”. Della Chiae estuvo presente en la matanza de junio de 1973 en el aeropuerto de Ezeiza en Argentina, y en 1974 mantuvo una primera reunión con Augusto Pinochet, cuando oficialmente aún no era presidente de Chile.

 

Portada de la revista ultraderechista ‘Fuerza Nueva’ de mayo de 1977

 

Informe del FBI

El encuentro de Madrid entre el dictador chileno y Delle Chiae para organizar el asesinato de Altamirano consta en numerosos documentos. Uno de ellos es un informe de la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos (FBI, principal rama de investigación criminal del Departamento de Justicia) de enero de 1982 sobre las cartas remitidas desde la prisión por Michael Townley, un agente de la DINA (la Dirección de Inteligencia Nacional, la policía secreta de la dictadura chilena) responsable del asesinato del exministro de Exteriores chileno Orlando Letelier, al propio FBI.

En este informe se citan (según informa el Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington en su página web) detalles sobre los encuentros entre Pinochet y “terroristas y espías italianos, nombre de código y actividades del personal de la DINA, colaboraciones entre la DINA y cubanos anticastristas, la creación de una falsa organización terrorista para reivindicar un secuestro de la DINA en Argentina, la implicación de la DINA en las relaciones entre Reino Unido y Norte de Irlanda y el temor de Townley a que la información sobre secuestros y asesinatos de destacados opositores a Pinochet pueda volverse en su contra”.

 

Michael Townley

 

En la página tres del informe se hace mención expresa a “la visita del presidente chileno a España en noviembre de 1975 con el general Contreras en la que se reunió con ALFA, un terrorista italiano”. El coronel Manuel Contreras era el jefe de la DINA y ALFA era uno de los alias que utilizaba Stefano delle Chiae, tal como indica el propio informe del FBI.

En una carta fechada en abril de 1979, y recogida en el informe, Townley (quien trabajó para la DINA entre 1974 y 1978, cuando fue expulsado de Chile) indica que “hubo encuentros entre él (Contreras), Su Excelencia (Pinochet) y los italianos en España tras la muerte de Franco”. “Los italianos”, prosigue, “también llevaron a cabo numerosos actos de espionaje militar contra peruanos y argentinos no sólo en Europa, sino también en Perú y Argentina”.

 

Manuel Contreras, ‘Mamo’ | Efe

 

¡El problema con los italianos es serio, muy serio! Mamo (sobrenombre de Contreras) se ha casado con ellos hace tiempo, y se ha casado de una forma mucho más indisoluble que con los cubanos”, se lee en la carta. “Para su información, Pinochet se reunió con Mamo y con ALFA en España hace algún tiempo. ALFA puede ser mucho más embarazoso para Mamo y para el Gobierno, a largo plazo, que los cubanos”, añade.

“ALFA ha estado mezclado con varias personas para hacer negocios en Argentina y algunos de ellos tienen un historial muy turbio por el que le buscan las fuerzas del orden argentinas”, se lee en la carta. Dentro de este “historial muy turbio” figuran asuntos de deudas con varios individuos, entre ellos un tal “Daniel”, un criminal francés llamado Albert Spaggiari que “también estuvo implicado en asuntos turbios en España”.

Auto de Garzón

Otro documento significativo es el auto de noviembre de 1998 del entonces juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón para reclamar al Gobierno del Reino Unido la extradición de Pinochet. Concretamente, en el apartado (página 190 del ejemplar que se adjunta) referido a los actos realizados en Europa, Estados Unidos, Argentina y Paraguay en el marco de la Operación Cóndor“dirigidos por la DINA bajo las órdenes del general Manuel Contreras y del presidente Augusto Pinochet Ugarte”, el auto cita el atentado contra el exvicepresidente chileno Bernardo Leighton, fundador del Partido Demócrata Chileno, y su esposa, Anita Fresno, “planeado y ejecutado por agentes de la DINA en colaboración con agentes del grupo terrorista italiano Avanguardia Nazionale, y en particular de Stefano delle Chiae”. Ambos sobrevivieron con “graves secuelas físicas”.

Asimismo, el documento de Garzón indica que, en 1975, “agentes de la DINA se trasladan a Francia para localizar y seguir los movimientos de exiliados chilenos, en concreto del senador Carlos Altamirano, y realizar operaciones conjuntas con organizaciones delictivas que actuaba en Francia”.

“En noviembre de 1975, Augusto Pinochet se reúne en Madrid con Stefano delle Chiae, un mes después de que éste atentara contra Bernardo Leighton en Roma”, y en diciembre de 1976, Altamirano es objeto de un intento de asesinato en Madrid “por el agente de la DINA William Townsley y otros”, continúa el auto de Garzón. “El agente había recibido la orden por teléfono del responsable de la DINA, Pedro Espinosa Bravo, de matar al senador Altamirano. Sin embargo, el agente no lleva a cabo la acción al considerarla ‘un suicidio’ a la vista de las medidas de seguridad de la víctima”.

Durante los debates que se celebraron en la Cámara de los Lores en febrero 1999 para decidir si Londres debía extraditar a Pinochet a España, Lord Alun Jones, representando legalmente a España, advirtió de que, “en 1975, de acuerdo con las evidencias, Pinochet estuvo en España con motivo de los funerales por Franco”.

En Madrid, prosiguió, se reunió con los que habían participado en un atentado contra otro exiliado chileno en Italia y decidieron unirse “para asesinar a Altamirano”. “Si es en España donde se intentó llevar a cabo la conspiración, entonces España tiene jurisdicción para juzgar la conspiración en su conjunto”, afirmó el parlamentario. La conspiración no concluyó con el asesinato de Altamirano “porque estaba demasiado protegido”, añadió.

 

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