La primera operadora de nuestro país está en guerra. De hecho, está en varias guerras al mismo tiempo. Y su principal problema es que, tenga o no razón, los clientes rara vez son capaces de entender sus argumentos, que a menudo son demasiado técnicos, o basados en criterios empresariales, como para granjearse simpatías.

La guerra de la fibra

 
La Comisión Nacional de Mercados y Competencia (CNMC) ha aprobado una regulación de la fibra que obligará a Movistar a compartir su red de fibra (desplegada muchos años después de los años del monopolio del cobre) con sus rivales en toda España, salvo en 34 municipios en los que el regulador considera que existe competencia.
 
En su contra, Movistar tiene un regulador que no ha dado por buenos sus argumentos sobre cómo estamos viviendo un ciclo dorado de la inversión en fibra gracias a la falta de regulación, ni se ha creído sus amenazas sobre cómo reducirá los despliegues en caso de tener que compartirlos. 
 
Y, lo que es peor, tiene por delante una regulación absolutamente pétrea. La CNMC ha mirado a Movistar con los ojos de Medusa y la operadora no tenía ningún espejo a mano para devolverle la mirada. El principal problema de esta regulación no es tanto su existencia (sobre lo que se puede debatir), como el hecho de que el número de municipios con competencia o falta de ella quedará grabado en silestone hasta que este pesado elefante regulatorio vuelva a presentar un análisis de mercado, probablemente cuando las mochilas cohete y los coches voladores ya estén entre nosotros. 
 
La operadora sólo tiene una esperanza: los precios. Si en la fijación de los costes mayoristas Movistar, al menos, se ve bien recompensada por el uso de su red, quizá no se vea tan empujada a abandonar los despliegues.
 
¿Por qué es tan importante? Sólo lo es para unos pocos, la verdad. En zonas competitivas habrá competencia porque, ya puestos a invertir, a Vodafone y Orange les conviene tener sus propias redes y no vivir de prestado. Además, las redes son como las cervezas: sale más a cuenta comprarlas en el supermercado en packs de 48 latas que ir todos los días tres veces al chino.
 
Quienes van a sufrir con esto son los pueblitos buenos, que de buenos van a parecer tontos sin su conexión de alta velocidad. Si Telefónica hubiese tenido bula de despliegue, habría llegado hasta los pueblos de más de mil habitantes. Sin ella, el límite podría quedarse en los 5.000. Porque hacer la inversión para tener un cuasimonopolio sale a cuenta, pero en determinadas zonas, hacerla para que la competencia te pueda robar abonados simplemente no compensa. Es triste, pero cierto. Lo sentimos, Balanegra (en Almería ¡Qué gran nombre para un pueblo!).
 
Lo más sorprendente es que la regulación se produzca ahora cuando, admitámoslo, hubiese sido más fácil darle el golpe al incumbente cuando la red ya estuviese desplegada y no le quedase la alternativa del repliegue. Prometer hasta meter (la red) y, una vez metido (el cable), olvidar lo prometido. 
 

La guerra con Netflix

 
Un amigo me decía hace poco: “Explícamelo, por favor, no entiendo que pueda haber matices en el caso de Telefónica y Netflix. ¿No está claro que Movistar son los malos?”
 
Pues no. Aceptémoslo: Movistar tiene parte de razón. Netflix ha llegado a España con su enorme oferta de contenidos y ha cambiado las reglas del juego.
 
Reproduzco mi explicación: “Si las redes son como un bar, Movistar está obligada, incluso más obligada que sus rivales, a dejar la puerta abierta para que entre todo el mundo. Para eso está un bar. Pero para llegar al bar cada uno ha tenido que ir en su coche, o en transporte público. El problema es que Netflix quiere una entrada vip desde su casa al bar de Movistar. Y normalmente por esas cosas Movistar ha venido cobrando”.
 
Lo curioso es que nadie piensa que Total Channel haya fallado por culpa de las operadoras. Está claro que no prepararon sus sistemas para el tráfico en pico que les vendrían con los grandes partidos, y que ellos mismos pusieron el cuello de botella. En realidad, lo mismo pasa con Netflix. 
 
Aunque desde la estadounidense afirman que Telefónica puede conectarse directamente a su CDN global en lugar de recibir el tráfico indirecto, lo que supone latencias, lo cierto es que le está pidiendo a la operadora que le abra un canal Bus-VAO por la cara. No es que Netflix quiera las mismas reglas para todo el mundo, es que quiere un trato especial para las empresas que empiezan por N, terminan por X y emiten Jessica Jones.
 
¿Pero qué entiende el cliente de esto? Dan igual los argumentos técnicos: el usuario que contrata un operador quiere que las cosas que quiere ver funcionen. Y Netflix sabe que ése es su poder. Nadie va a pensar en la estructura de red de Movistar o en CDNs. Después de pasarme una semana llamando a analistas y especialistas del sector, mi conocimiento al respecto sigue siendo superficial. ¿Cómo esperar que el cliente entienda algo distinto de “esto funciona o no funciona”? Si la gente ve Cuarto Milenio, ¿cómo pensar en otra cosa que no sea una conspiración de Movistar para discriminar a su rival en el mundo de los contenidos? Para esto hemos quedado…
 

La guerra del fútbol

 
De ésta también hemos hablado largo y tendido en SABEMOS. Y también aquí Movistar corre el riesgo de parecer el malo de la película. Porque la cosa ya no es que los usuarios se vayan a perder esta temporada la Champions, es que está en juego la Liga del próximo año. Una vez que La Liga y Mediapro han generado un modelo que impedirá que se repitan tarifas bajas como las de esta temporada, a partir del próximo años los clientes de Movistar, y los del resto de operadores, pueden prepararse para un importante ‘palo’ en sus facturas del fútbol. Si llegan a tenerlo siquiera como opción. Porque tiene pinta de que los dueños de los derechos del fútbol han hecho bueno el dicho de que la avaricia rompió el saco.
 
Demasiadas guerras para librar al mismo tiempo. La operadora necesita cerrar ya algún frente o se enfrentará, tarde o temprano, a algún invierno ruso.