Es clara, notable (y con un punto noble) la intención de este El banquete de los dictadores de Melissa Scott y Victoria Clark que edita ahora Melusina tras una deslumbrante trayectoria internacional.

Scott y Clark eran corresponsales extranjeras especializadas en países en conflicto, y decidieron (durante una comida, para redondear el tema) escribir un libro de cocina sobre las aficiones al respecto de grandes dictadores históricos. Era clara la intención, digo, de Scott y Clark: demostrar al lector que tras un gran monstruo siempre queda un rastro de humanidad, una banalidad o un capricho que nos recuerdan que los más terribles genocidas, hasta los más espiadados perpetradores de todo tipo de crímenes contra sus congéneres tienen una sombra de humanidad en cada uno de sus actos. Actos cotidianos como comer o cocinar.

Paralelamente, este singular libro que combina capítulos autobiográficos de esquinado humor y recetas muy serias (y muy factibles) de comidas procedentes de todos los rincones del mundo, lanza otro mensaje al lector: en todas las comidas se plasman los (a menudo terribles) rasgos de carácter de quienes las consumen.

De ese modo, Antonio Oliveira de Salazar, que no contrajo matrimonio porque estaba casado con el compromiso dictatorial, rendía homenaje a una infancia de hambruna y desesperación con unas discretas sardinas a la brasa con frijoles. Sadam Hussein obligaba a los equipos de cocina de sus doce casas a prepararle simultáneamente doce comidas porque nunca estaba claro dónde se presentaría. Adolf Hitler, en fin no era ese neurótico vegetariano que se decía, y experimentaba un gran placer zampando pichón relleno de lengua y pistachos.

Manías, tics a veces de niñato malcriado, que se plasman en platos de escasa sofisticación la mayoría de las veces, mucha simplicidad y contundencia, y cuyo máximo exponente es, cómo no, nuestro propio dictador: Francisco Franco, aficionado más al rancho que a las delicatessen y creador -se dice- del plato de paella en los Menú del Día de los jueves, se despacha en el libro con una convencional paella gallega porque es que el pobre tampoco daba para más.

El banquete de los dictadores proporciona alegrías y sorpresas, y el arqueólogo de monstruosidades mundanas encontrará un cosquilleante placer en curiosidades asombrosas, como el extendido rumor del canibalismo entre distintos dictadores o la fobia compartida de muchos de ellos a ser envenenados. La colección de platos que presenta Melusina pasa a tener entonces un cierto hálito siniestro, cuando conocemos que muchos de los protagonistas del libro concebían estos platos como armas mortíferas y no como mero paréntesis culinario. Y así este grimorio alimenticio revela su verdadera naturaleza: la comida nos iguala a todos, pero. Un”pero” especial.

ficha

El banquete de los dictadores – Los platos favoritos de los tiranos del siglo XX
Melissa Scott y Victoria Clark
Melusina
2015