Un documental de ESPN analiza la controvertida figura de Christian Laettner: modelo de triunfador como amateur, sólo un jugador más como profesional. Y ante todo, un tipo muy odiado.

¿Han probado alguna vez a recitar de memoria los miembros del Dream Team? Los tres primeros salen solos: Michael Jordan, Larry Bird y Magic Johnson. Además de éste, había otro base en el equipo, John Stockton, cuyo nombre nos remite al instante a Karl Malone. Ya llevamos cinco. Los otros escoltas eran Chris Mullin y Clyde Drexler, siete; y el otro alero, Scottie Pippen, ocho. Los otros jugadores interiores eran Charles Barkley, Patrick Ewing y David Robinson. Eso hace once, así que falta uno. ¿Quién demonios era?

No se esfuercen en rebuscar entre las estrellas de la época. Esa última plaza no fue para un profesional. Christian Laettner, de la Universidad de Duke, tuvo el honor de jugar en aquel equipo de leyenda. Si buscan en las fotos, ahí está él, casi un turista accidental rodeado por varios de los mejores jugadores de la historia. El colmo para su legión de detractores.

Mucho antes de que Internet hiciera acto de aparición en nuestras vidas, Laettner se había adelantado al fenómeno ‘hater’. No es exagerado decir que acumuló tantos méritos para ser adorado por los aficionados de Duke como para ser odiado por el resto. Y puesto que estamos hablando de uno de los mejores jugadores universitarios de todos los tiempos -disputó la Final Four en sus cuatro años de 1988 a 1992, y ganó las dos últimas-, háganse a la idea. El documental I hate Christian Laettner, una producción de ESPN que puede verse estos días en Movistar+, deconstruye su carrera desde ese original punto de vista.

Laettner era un villano entre villanos. “Era un rebelde y un provocador, pero yo me enamoré de él”, explica Mike Krzyzewski, seleccionador de Estados Unidos y técnico de Duke desde 1980. Si esta universidad ya despertaba una amplia animadversión por su elitismo, su mejor jugador era también su mayor proyección: un pijo de manual. El documental desmitifica que Laettner fuera rico de cuna -nació en una familia humilde de Buffalo- pero ratifica todo lo demás. Bajo su corte de pelo y su pose de revista juvenil se escondía un pendenciero que se pasaba el partido insultando y no dudaba en sacar a pasear los codos o en pisar a un rival cuando era necesario, y también cuando no lo era.

Para “patearle la cabeza”

Ni los compañeros le aguantaban. Grant Hill, que coincidió un par de temporadas con él en Duke, le define como “un abusón” que se pasaba el día provocando a todos, incluidos quienes jugaban a su lado. Era una forma de motivarles, por más que el base Bobby Hurley, blanco frecuente de sus ataques, tuviera unas ganas locas de “patearle la cabeza contra el suelo”.

Al contrario de lo que sucede con los equipos ganadores, los admiradores de Duke no aumentaban con cada victoria, sino más bien al contrario. “Duke era el equipo cuyos partidos congregaban más gente: unos para verles ganar y otros para verles perder”, cuenta Jim Calhoun, antiguo entrenador de Connecticut. Laettner no buscaba explicación al enigma, sino que admitía su arrogancia y empleaba ese odio como combustible para seguir mejorando. Le fue bien y aún hoy asegura que volvería a actuar exactamente igual.

Tras cuatro impresionantes temporadas en la liga universitaria (NCAA) y el oro olímpico de 1992, los detractores de Laettner tuvieron el premio a su paciencia: su proyección en la NBA encalló en Minnesota Timberwolves, el equipo que le había elegido como número 3 del Draft por detrás de Shaquille O’Neal y Alonzo Mourning. Laettner, el orgulloso ganador de Duke, perdía un partido tras otro en una de las franquicias más olvidadas de la liga. En 13 temporadas como profesional en seis equipos distintos logró disputar una vez el All-Star. Su primer entrenador en la NBA, Sydney Lowe, se encontró con un jugador “mimado” al que no supo reconducir ni siquiera con el consejo de Krzyzewski: “Laettner es el fuego y tú eres la caldera. Puedes conseguir que caliente todos los apartamentos… o que te queme el edificio”.