El hombre disparó en un local de apuestas y contra un autobús, dejando cuatro heridos y dos muertos. La policía sospecha de un yihadista wahabí drogadicto.

Un hombre armado con un fusil ha matado a dos soldados y herido a otras cuatro personas en Rajlovac, un suburbio de la ciudad bosnia de Sarajevo. El tiroteo se produjo anoche, en un local de apuestas y contra un autobús. Según los testigos, el asaltante gritó “Alá es grande” y huyó tras el tiroteo, aún armado. 

La policía bosnia sospecha de Enes Omeragic, a quien han encontrado muerto en su casa. Creen que se suicidó tras el asesinato doble. Sus vecinos le describen al Bosnia Today como un miembro del wahabismo (rama hiperconservadora del Islam que se practica, sobre todo, en Arabia Saudí) y drogadicto. La Agencia de Investigación y Protección de Bosnia y Herzagovina (SIPA) sigue investigando el crimen y confirma que las pruebas indican “ciertos elementos de crimen de terrorismo” aunque de momento no se ha descartado ninguna hipótesis ni se han establecido relación entre este atentado y el grupo terrorista DAESH. 

 

 

 

 

 

Tras los recientes atentados de París, Beirut y Nigeria, todos perpetrados por yihadistas, la gente se pregunta si el mundo se ha vuelto loco de repente. Aunque un poco loco sí que está, el proceso no ha sido tan de repente. Ayer vimos que Nigeria sufre los ataques más violentos de África, por parte de Boko Haram, que ahora rinde pleitesía a DAESH, desde hace diez años. En el caso de Bosnia y Herzegovina, estado que se independizó de Yugoslavia en 1992 y que es un rompecabezas territoral en el que conviven varias etnias y religiones, el yihadismo está latente desde hace veinte años, pero recibe la misma atención que el país africano.

 

 

La Guerra de Bosnia (1992-1995) trajo una limpieza étnica de bosnios musulmanes por parte del cristianismo ortodoxo serbio que incluyó asesinatos y violaciones dejando un buen caldo de cultivo para el yihadismo. Además, los musulmanes bosnios recibieron entonces el apoyo de muyahidines de otros países, que fueron a luchar junto a “sus hermanos musulmanes”. Muchos se quedaron allí.

 

 

 

Más recientemente, en abril de este año, se produjo un ataque similar al de ayer, en la ciudad bosnia de Zvornik: un atacante entró en una comisaría con un fusil y mató a un policía al mismo grito de “Alá es grande”.  Entonces, el ministro de Seguridad bosnio, Dragan Mektic, declaró que “por fin, tenemos que admitir que hay amenazas terroristas serias, terroristas peligrosos listos para actos terroristas”. El Mundo también informaba en marzo de este año de que “el islam ultraconservador se abre paso en la capital bosnia con apoyo saudí”.

 

 

Hace unos días, en un partido de fútbol entre Irlanda y Bosnia, se produjo un incidente que sugiere el desacuerdo de ciudadanos musulmanes bosnios con la gestión occidental del yihadismo: Algunos aficionados rompieron el minuto de silencio en recuerdo de las víctimas de París al grito de “Palestina”, donde hay víctimas civiles a diario que no reciben tanta atención internacional. No se trata de buscarle justificación a lo injustificable, como sugieren algunos, sino de encontrar las raíces de un problema tan grave y complejo.