Recuerdo el 11 de septiembre de 2001, el momento en el que el primer avión se estrelló contra las torres y Ana Blanco no levantó el culo del asiento durante seis horas, informando ininterrumpidamente en directo. Lo comparo con lo sucedido el viernes por la noche, en el que las principales cadenas emitieron Tu Cara Me Suena , una peli de Stallone y comosellamelamierdaesadeTele5. Y me pregunto por qué.

No es cuestión de necesidad. No es como si las televisiones hubiesen perdido el prestigio entre los consumidores de alto nivel, que han pasado a informarse en redes sociales y a consumir contenidos en plataformas de pago a la carta.

No es, por supuesto, una cuestión de medios. La información es muy cara, todos lo sabemos. Por eso cerró el CNN+, porque no lo veía nadie. Era mejor poner Gran Hermano 24 horas, ahora sustituido por Divinity o alguna guarrería de esas —es difícil seguirle el ritmo a la parrilla cuando tienes la antena de la tele desenchufada de su conector, como en mi caso, desde enero de 2014—. Ya no quedan retenes de guardia en los informativos, como antiguamente, de acuerdo, pero el jefe podía haber sacado a los lacayos de los bares a latigazos whatsapperos y haberlos encaminado hacia las redacciones. En media hora podían haber estado en el aire. Pero debían seguir emitiendo.

 

No es cuestión de servicio público. ¿Estamos locos? Hablamos de la televisión, el único medio en que sus directivos tienen menos neuronas que su audiencia, requisito imprescindible para idear, crear (y tener los huevos de) emitir programas de éxito como Hermano Mayor, Mira Quién Salta o Quién Quiere Casarse con Mi Hijo.

La cuestión es que se han rendido. Porque hace mucho tiempo que solo creen emitir para un sector del público, para este, en concreto…

 

Y eso ha logrado que los primeros profesionales que han crecido iluminados por el deslumbrante fulgor intelectual de la televisión privada en España hayan alcanzado ya puestos de responsabilidad en la información, perpetuando el ciclo.

 

 

Así que, visto lo visto, quizás sea mejor que apaguemos la tele y encendamos la radio cuando pasen cosas. Y si no volvemos a encenderla, mejor.