Lejos de tratar de modificar la imagen de Cristiano Ronaldo, la película sobre el delantero del Real Madrid retrata su mundo de ostentación y vanidad.

Las biografías autorizadas acostumbran a ser publirreportajes, cuando no lavados de imagen. La imagen de Cristiano Ronaldo es la de un deportista voraz, pero también la de un personaje vanidoso y ególatra. Antes de ver Ronaldo, la película estrenada esta semana en Londres sobre el delantero portugués del Real Madrid, puede pensarse que estamos ante uno de esos intentos. Tras verla, la impresión es muy distinta; como si el director, Anthony Wonke, se hubiera esforzado en documentar esa imagen y no en desmentirla.

Hay una escena, al inicio de la película, en que Cristiano Ronaldo está con su hijo en el garaje de su casoplón y le propone una adivinanza: ¿cuál de los coches de papi falta porque está en el taller? No es una pregunta tan fácil como podría parecer. “El Porsche”, responde el crío, dubitativo. Error. “¿El Rolls Royce?” Tampoco. Papá tiene que darle una pista. “Es uno muy rápido, muy rápido…” Entonces sí, a la tercera, Cristiano Jr. cae en la cuenta: “¡El Lamborghini!”

La película empieza con la entrega del Balón de Oro 2013 -la del llanto- y acaba con la entrega de 2014 -la del grito-. Cristiano se refiere a la primera como “uno de los momentos más hermosos” de su vida y se plantea un firme propósito: “Tengo que ganar más Balones de Oro”. A lo largo de la película, Cristiano se refiere en muchas ocasiones a su carácter insaciable: quiere ser cada día mejor, marcar goles, conquistar títulos… Su lenguaje es abstracto… salvo cuando habla del Balón de Oro, su prioridad profesional si atendemos a lo que se ve en pantalla.

En ese periodo entre premio y premio, la cámara acompaña a Cristiano en varias grandes citas, como la final de la Champions League 2013/14. Pese a su nefasto partido, un penalti en el último suspiro le permitió lucir hercúleo tras marcar el 4-1 final. Su celebración, más propia del gol decisivo que de uno intrascendente, irritó a la afición del Atlético de Madrid y quedó explicada al conocerse la presencia en la grada de Lisboa de las cámaras del documental. El montaje final muestra los goles de Sergio Ramos, Bale y Marcelo, pero se cuida mucho de difuminarles. No se ofrece ningún plano de estos jugadores. Entre un gol y otro sólo se nos muestran las reacciones de Cristiano.

Si no supiéramos que el fútbol es un juego de once contra once, Ronaldo podría convencernos perfectamente de lo contrario. Darán fe también los jugadores de Portugal. Tras aquella final, Ronaldo capitaneó a su selección en el Mundial de Brasil 2014, aunque no logró pasar la primera fase. Varios personajes se suceden para exculparle: que hizo todo lo posible; que jugó lesionado; que puso en riesgo su carrera por ayudar a su país… Pero la mejor frase la pronuncia él mismo: “No voy a mentir. Si tuviéramos dos o tres Cristianos Ronaldos en el equipo, yo estaría más cómodo. Pero no los tenemos”.

Junto a este universo de ostentación, adulación y autoelogio, la película nos presenta también a Ronaldo como un hombre familiar: la fría relación con su padre alcohólico, ya fallecido; una madre que le idolatra; un hermano que forma parte de su séquito y un hijo de cuatro años al que mima pero al que no parece concienciar sobre otra cosa que no sea cultivar su cuerpo. “Para que puedas llegar a ser fuerte. Mira el brazo de papá”, le dice al servirle una taza de leche -una taza de Ferrari-. También vemos a Cristiano controlándole en una serie de abdominales y tranquilizándole cuando se cruzan con un individuo enorme: “Es más grande en tamaño, pero papá es más fuerte”. Y quizá como presencia más estimulante, por lo poco habitual, la de su agente, el hermético Jorge Mendes, al que define como “el mejor en su trabajo”: “Es el Cristiano Ronaldo de los agentes, sin duda”.