El 9 de noviembre de 1965, la ingenuidad desarrollista de Estados Unidos en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial perdió su virginidad en la oscuridad de la noche.

“El apagón de hoy nos recuerda dramáticamente la importancia que tiene el flujo ininterrumpido de electricidad para la salud, la sanidad y el bienestar de nuestros ciudadanos y la defensa de nuestro país”. Estas palabras fueron pronunciadas hace justamente cincuenta años, cuando la importancia de la energía eléctrica a que se refería su autor, el presidente estadounidense Lyndon B. Johnson, no era ni remotamente comparable a la de la actualidad.

Eran las cinco de la tarde, hora local, cuando la luz empezó a vacilar en la ciudad de Nueva York. Bastaron sólo cuatro segundos para que la alarma se convirtiera en pánico. Uno a uno fueron quedando sin corriente eléctrica todos los barrios de Nueva York, Manhattan, el Bronx, Queens y la mayor parte de Brooklyn.

A la Gran Manzana le siguieron Buffalo, Rochester y Albany, y a éstas se les unieron Boston, Connecticut y Vermont (Canadá). El resultado fue el mayor apagón registrado hasta entonces, que afectó a numerosos estados del noreste del país y a partes de Canadá, alrededor de 80.000 millas cuadradas (casi 130.000 kilómetros cuadrados). Más de 30 millones de personas se quedaron sin energía eléctrica en un apagón que duró alrededor de trece horas.

 

Mapa de las zonas afectadas por el apagón

 

Obviamente, el alcance de la red eléctrica era bastante menor que en la actualidad. Algunas zonas estaban fuertemente interconectadas y en otras las interconexiones eran muy débiles. Por ejemplo, el estado de Maine se libró de aquel apagón a causa de sus escasas conexiones con el resto de Nueva Inglaterra. En términos de la llamada “longitud eléctrica” (un concepto que permite medir la eficiencia de la energía desde un punto a otro), la ciudad de Bangor, en Maine, estaba tan cerca de Tennessee o Michigan (ambas en Nueva Inglaterra) en 1965 como lo está hoy en día de Portland, en el extremo occidental de Estados Unidos.

No obstante, aunque los efectos de un apagón como aquel no son comparables a los que se producirían en la actualidad, afectar afectaba, y mucho. En 1965, la vida diaria de los estadounidenses estaba marcada por la electricidad. Tras la Segunda Guerra Mundial, el país puso en marcha un proceso de desarrollo en el que participaron activamente las grandes empresas, entre ellas la General Electric, con su lema publicitario Live Better Electrically (Viva Mejor Eléctricamente) para potenciar el consumo.

 

Fotografía de la Estatua de la Libertad tomada durante el apagón

 

El país se llenó (aún más que el resto del mundo) de televisiones, máquinas de café, lavadoras, aires acondicionados y otros aparatos íntimamente relacionados con los nuevos hábitos de vida norteamericanos. Las oficinas y las fábricas fueron transformadas por la electricidad, los edificios instalaron ascensores, iluminaciones eléctricas y aires acondicionados, y la incipiente industria informática (aquellas enormes “computadoras”) se alimentaban de electricidad.

Desde los años cincuenta, Estados Unidos habían desarrollado mecanismos para garantizar el suministro. En el noreste, por citar un ejemplo muy a mano en este caso, la industria eléctrica estableció una red eléctrica y se levantaron líneas de alta tensión para conectar las centrales eléctricas a lo largo de distancias de cientos y miles de kilómetros. Fábricas, edificios y otras instalaciones pudieron garantizar el suministro en las horas de máximo consumo gracias a dos importantes redes, la Ontario-Nueva York-Nueva Inglaterra (en la zona oficialmente llamada Interconexión Canadá-Este de Estados Unidos, o CANUSE por sus siglas en inglés) y la Pennsylvania-Nueva Jersey-Maryland (la interconexión PJM).

“¡Pensaba que era otro Pearl Harbor!”

Éste era el panorama general aquella tarde-noche del 9 de noviembre de 1965. Un piloto que sobrevolaba la zona fue testigo de cómo se iban apagando, una a una, las luces de Nueva York, Buffalo, New Hampshire, Ontario. “¡Pensaba que era otro Pearl Harbor!”, declaró.

Los efectos del Blackout 1965 fueron, sobre todo, significativos. Los trenes dejaron de funcionar, las torres de control de los aeropuertos permanecieron inactivas durante no menos de seis horas (once horas y media en los de JFK y La Guardia, en Nueva York), las calles quedaron absolutamente envueltas en la oscuridad, los teletipos y telégrafos se paralizaron, un tercio de los empleados y obreros no acudieron a sus puestos en las horas siguientes, el trabajo se acumuló en las fábricas, los bancos, las oficinas y, por supuesto, la Bolsa (las pérdidas económicas estimadas fueron de 85 millones de dólares de la época), los servicios informativos no pudieron informar, hubo cortes de agua, la gente quedó atrapada en los ascensores sin que fuera posible contactar con los bomberos y alrededor de 800.000 usuarios pasaron la noche encerrados en el metro de Nueva York. El tráfico se volvió caótico. Más de 30 millones de personas se quedaron sin el fluido vital de aquella sociedad. “Afortunadamente”, hacía tanto frío que se pudieron salvar muchos alimentos de los frigoríficos.

No fue el apagón más grave de la historia de Estados Unidos (el del 14 de agosto de 2003 afectó a 50 millones de personas), pero sí sirvió para empezar a espabilar y concienciar (aunque no todo lo deseable, evidentemente) a una sociedad sobre los riesgos de una dependencia excesiva de la energía eléctrica.

Los motivos: un sistema de protección que funcionaba demasiado bien…

Un aspecto que llama bastante la atención del apagón de 1965 es que, en contra de lo previsible, y de lo que de hecho habría de ocurrir con la oleada de violencia y saqueos que caracterizaría al gran apagón de 1977, la población se comportó con tranquilidad. Es cierto que las autoridades desplegaron alrededor de 5.000 agentes de policía y 10.000 miembros de la Guardia Nacional sólo en Nueva York, pero también lo es que, tal como destacaba The New York Times, “cinco horas después del comienzo del apagón, la Policía ha informado de cinco detenciones por saqueos y hay algunos informes sobre actos de vandalismo menores, pero por lo general la población de Nueva York se ha comportado de la mejor manera”.

 

 

Trece horas después, volvió la luz. Y empezaron las especulaciones sobre los motivos del desastre. En principio, no había ocurrido nada en particular que lo explicara, y las primeras investigaciones sólo sirvieron para confirmar que aparatos, transformadores, centrales e instalaciones de seguridad habían funcionado correctamente. Tampoco parecía un caso de sabotaje, dado que el suministro de la zona se basaba en una intrincada red de líneas aéreas y subterráneas que podía ser alimentada desde distintos canales en caso de avería, lo cual no sólo minimizaba el riesgo de apagón sino que facilitaba la reparación (recordemos que los problemas duraron alrededor de trece horas).

Horas más tarde, las autoridades informaron de que la causa había sido un fallo de un relé de protección encargado de evitar la sobrecarga de las líneas eléctricas en la central de Sir Adam Beck, en Ontario, cerca de las cataratas del Niágara. Este simple fallo se extendió como una metástasis por Nueva York, Nueva Jersey, Connecticut, Massachusetts, Rhode Island, New Hampshire y Vermont, en una red cuyo suministro no dependía de la averiada. De hecho, para los operarios fue difícil encontrar la causa de la avería debido, precisamente, a que esta central no alimentaba directamente al territorio afectado.

¿Qué fue lo que ocurrió, entonces? Muy sencillo y aparentemente complicado a la vez. El “salto” del relé de la central de Ontario bloqueó los circuitos de su propia red y desvió el exceso de producción eléctrica no consumida a la red de alimentación del noreste, en la que se registró, por ello, una sobrecarga. Los relés de la red del noreste, que sí funcionaron como tenían que funcionar, bloquearon los circuitos y se produjo el apagón. Dicho de otra forma, la causa de la gran avería fue que los dispositivos encargados de impedir las sobrecargas funcionaron demasiado bien en todos los casos menos en uno, el de la central de Sir Adam Beck.

…o los extraterrestres, que para eso están

No obstante, tampoco faltaron los fantasiosos de siempre, tan aficionados, tanto entonces como en la actualidad, a meter extraterrestres o señales divinas para evitarse explicaciones tan (aparentemente) complicadas. Junto a pequeñas leyendas (obviamente urbanas) inocentes y en cualquier caso graciosas, como el supuesto (y no real) Baby Boom causado por el apagón, surgieron otras más extravagantes, como las historias contadas por “cientos de observadores” que aseguraban haber avistado dos objetos voladores no identificados en la zona entre Niágara y Syracusa, e incluso sobre Nueva York antes, antes, durante y después del apagón.

Los avistadores de marcianos recibieron el respaldo de pilotos de la aviación comercial como Jerry Whitaker y George Croninger, de un instructor de vuelo llamado Weldon Ross, y de un alto responsable de la Aviación de Syracusa, Robert C. Walsh, e incluso tuvieron eco en la prensa local, como los diarios Globe and Mail de Toronto, The Syracuse Herald-Journal, New York Journal American e Indianapolis Star, la agencia Associated Press, la cadena NBC y la revista Time, que incluso publicó fotografías “reveladoras”.

Desde entonces no se ha avanzado gran cosa en la hipótesis de los OVNIS, ya sea porque no había nada que avanzar o, si seguimos a los conspiranoicos de siempre, por el interés de las autoridades estadounidenses y canadienses en “encubrir las verdaderas causas” de lo sucedido.

 

Imagen | Northeast Blackout of 1965.svg en Wikipedia CC Robert Yarnall Richie, 1908-1984 en Wikipedia Commons