Cuando hace más o menos un mes titulé mi artículo en SABEMOS “ Bergoglio, un lindo cuento argentino ” me vino encima un pedrisco de injurias, entre las que la menos ofensiva fue: “¡tú eres un anticlerical de mierda!”. A partir de ahí, imagínense el resto.

Pero no es cierto. No nací anticlerical. Al contrario, procedo de una familia de rancia prosapia católica. Ocurre que, por mi antigua profesión de periodista viajero a follones en lugares pobres del planeta y a enredos en centros neurálgicos de poder, conocí muy de cerca actuaciones “misioneras” y “caritativas” (es una forma de hablar) que, según las vendía la propaganda eclesiástica, eran el no va más de la solidaridad cristiana. Por desgracia, rascando la superficie hasta llegar al fondo, descubrí con cuanta frecuencia éste rozaba con la abyección. No una vez, ni cuatro o cinco, sino con asiduidad que me llevó del asombro al pasmo. Y, del pasmo, a un estado de cabreo por tanta injusticia admitida, protegida y consagrada.

Ocurrió, sin embargo, que en los medios donde escribía, el director de turno torcía el gesto ante mi testimonio escrito, y me lo rechazaba por “imprudente” o “irrespetuoso con las creencias” que una notable mayoría parecía compartir. Mi yo recordaba entonces a mi otro yo la frase quijotesca: “con la Iglesia hemos topado, Sancho”. Y, rumiándola, terminaba por asumir el veto. Me faltó el coraje preciso para rebelarme, abrirme y buscarme la vida en otros menesteres.

Aquellas tropelías de las que fui testigo o tuve bien contrastada noticia (abusos económicos, financieros y hasta carnales de la más variada escala) siempre desembocaban en idéntico desenlace: impunidad absoluta para los clérigos, las variadas Órdenes en que (dejemos aparte a los simples curas de parroquia) se encuadraban, y las instituciones que los controlaban desde el ombligo romano.

Así, Papa tras Papa, hasta Bergoglio ahora, Francisco desde que ocupa el solio pontificio. Llegó con modos que sonaron a “revolucionarios”, tal como diseñaron los listísimos estrategas de El Vaticano S.A. , mientras mantenían, mal que bien, a un desconcertado Ratzinger en plan interino, porque ya no les servía ni para vender palomitas de maíz a las puertas de la basílica. Aunque para colocar al elegido in péctore hubo que verter bastante tinta de calamar sobre su actuación en la dictadura argentina, hasta convertirla casi en ejemplo de lucha pro derechos humanos. Cuando no pocos testigos, sin el imprescindible acceso a las tribunas públicas para poder denunciar con eficacia, cuestionaban como amañada la corregida biografía. Pero los cardenales decidieron que, tras la sosería de Benedicto XVI, convenía una campaña de RR.PP. encarnada por un excelente y campechano comunicador.

Al principio, pareció que se saldrían con la suya. La grey católica de base estaba deseando tener al frente otra vez a un hombre carismático, al que ese ente misterioso llamado Espíritu Santo pudiera soplarle al oído infalibilidad sin ruborizarse por ello. Aunque la actuación pastoral de Bergoglio en Buenos Aires fue propia de un carca recalcitrante, con poco que envidiar a nuestro integrista Rouco Varela, llegó al Papado cargado de melindres tolerantes y conciliadores hacia gays, divorciados y otras minorías apestadas para la ortodoxia de siempre. Prometió transparencia, tolerancia cero con la pedofilia y otros abusos y un férreo control sobre el uso de los dineros. Hasta predicó con el ejemplo, negándose a pernoctar en la residencia de sus predecesores y ocupando un modesto apartamento de 70 metros cuadrados. Hubo alborozo general. ¿Reaparecía con él, por fin, la Iglesia de la Humildad, ausente desde el Concilio de Nicea (año 325), cuando Constantino, llamado el Grande, hizo del catolicismo la religión oficial en el Imperio Romano…?

¡Ca! El paripé duró poco. Alguna ligera reconvención aquí y allí por un par de dispendios o ultrajes excesivamente aireados para poder ignorarlos, hasta que el aparato cardenalicio de siempre, tan conservador y mundano como en tiempos de los Borgia, le hizo saber que hasta aquí hemos llegado. En ese punto se paró Francisco. Hoy, hasta se dispone a restituir a la Legión de Cristo, fundada por el sádico y caligulesco cura mexicano Marcial Maciel, la omnímoda autoridad de que ha venido disfrutando desde los años 50 del siglo pasado, pese a ser responsable en buena parte de las masivas deserciones de católicos latinoamericanos hacia las iglesias Evangélicas.

En cuanto a la pasta controlada por Vaticano S.A., el asunto ni se toca, por mucho que la transparencia en este capítulo fuese uno de los principales propósitos de enmienda anunciados por Bergoglio. Esta semana han aparecido en Roma dos libros fundamentales para entender a esa santa casa. Uno lleva por título “Vía Crucis” y el otro “Avarizia”. El segundo trata precisamente de los cuartos, y maneja una documentación de autenticidad incontestable, filtrada desde intramuros pontificios.

Revela, entre otras cosas, cómo viven los miembros de la inefable Curia, que en el manejo del dinero ajeno dejan en mantillas incluso a la celebérrima banda de los Pujol. No hay cardenal curiato que no habite un pied à terre rondando los 500 metros cuadrados en lo más exclusivo de Roma y no disponga de un número incontable de servidores personales soberbiamente retribuidos. En cuanto a los presupuestos para banquetes y festolines, bastantes de contenido sexual, harían palidecer de envidia al paradigma de los hedonistas que encarnó Lúculo. No se pierdan este libro, que incorpora documentos turbadores, cuya traducción supongo que aparecerá pronto en las librerías españolas. Gracias a que el “nihil obstat” ha desaparecido, que si no…

Es especialmente estremecedora la información de que sólo dos de cada diez euros que llegan a la Caja vaticana aportados por los fieles de todo el mundo para obras de caridad cumplen esa función. ¡El 80% se dedica a que la Jerarquía lleve una vida que para sí quisiera la corte de Luis XIV!

Por ello, por la tomadura de pelo que semejante desmán significa para el bienintencionado contribuyente, sugiero que en su declaración de la renta evite usted, lector, mirar siquiera la casilla reservada a la Iglesia, y busque una ONG que le ofrezca suficientes garantías para destinarle su óbolo.

¿Soy por eso anticlerical…? ¡Y un jamón serrano! Es lo mismo que llamar antipatriota a quienes se cabrean por la corrupción de muchos políticos, o anticatalán a quienes denuncian la estafa del pujolato y sus cómplices.

¡Y, ojo, que no me cabe duda de que en la Iglesia hay soberbias personas dedicadas al ideal religioso! Incluso creo que forman una muy cualificada mayoría. Pero no mandan, ni participan en la designación del Pontífice de turno. Son simple base, aunque maravillosa porque defienden en la vida unos principios dignísimos en origen.