El 11 de mayo de 1960, Eichmann, un nazi que había trabajado a fondo en los campos de exterminio, fue capturado en Buenos Aires y enviado a Israel donde sería juzgado en 1961. William Shawn, que era entonces el redactor jefe del The New Yorker , le propuso a Hannah Arendt que escribiera para el semanario neoyorquino la crónica del juicio que tendría lugar en Jerusalén. Ella escribió las crónicas que más tarde se publicarían en forma de libro con el título Eichmann en Jerusalén y un significativo subtítulo: “Informe sobre la trivialidad del mal”.

“Eichmann no era una figura demoniaca, sólo encarnaba la ausencia de pensamiento en el ser humano”, escribió entonces Arendt. Esta idea y su crítica acerca de los comportamientos de algunos líderes religiosos durante el holocausto (“Para un judío, la participación de responsables judíos en el exterminio de su propio pueblo representa, sin duda, una sombra capital en esta sombría historia”), le trajeron a la autora muchas críticas, lindantes con el linchamiento moral que, desde luego, la pensadora judía, no se merecía.

Aparte de acreditar una vez más su talento y su valentía civil, Arendt, en este libro, introducía por primera vez un paralelismo, una ligazón entre mal y trivialidad. La teoría según la cual el mal carece de profundidad. Y yo me pregunto: ¿es pertinente plantearse que la trivialidad es siempre un mal?

La palabra “trivial” se entiende como un adjetivo que equivale a “insignificante”, carente de relevancia. Sin duda el mal no carece de importancia para quien lo sufre, aunque su análisis, el análisis del mal, pueda resultar irrelevante. En todo caso, no es ese el debate que aquí se quiere plantear, sino a otro, el de la maldad de lo trivial. O con más precisión, la maldad de la trivialización. Entendiendo por trivialización el proceso mental destinado a trivializar. Que no es lo mismo que vulgarizar, pues vulgarizar es el intento por hacer comprensible lo que en su expresión primitiva resultaba complicado o confuso. Trivializar, por el contrario, consiste en reducir a esquemas simples una realidad compleja. No es que se intente separar las distintas variables de un fenómeno, eso sería analizar, sino que se trata de simplificar, reducir, apaisar… y, en el fondo, engañar. En este sentido, trivializar es siempre un mal. Un mal intelectual. También un mal político y, por tanto, público.

En el momento actual, pocos lo dudan, los grandes trivializadores son los medios de comunicación, y muy notablemente la televisión, pues basan su discurso en un concepto y un lenguaje. El concepto es lo que ellos entienden por noticia. El lenguaje es el publicitario. Ambos convergen en un solo objetivo: “llamar la atención”, mas para ello, para llamar la atención del espectador, es preciso escoger, entre la infinita y compleja realidad, aquello que sorprenda, que salte a la vista, que tenga ojos y cara, que sea dramático. O, como ha dicho Pablo Iglesias Turrión: “cuando preparas un debate en televisión tienes que recordar que la gente no se acuerda de lo que has dicho, sino de lo que les has hecho sentir”. Lo que equivale a negar toda complejidad, porque la complejidad, si ha de expresarse y hacerse inteligible, requiere un ritmo y un lenguaje muy distintos a los impuestos por la publicidad.

Y si hablamos de política (aunque no es la única actividad humana sometida al proceso de trivialización) nos hemos de referir a la vergonzosa y degradante adaptación o seguidismo del discurso político respecto a las imposiciones trivializadoras de los medios.

De esta soberanía trivializadora se derivan consecuencias muy graves para la política, que se ve reducida, cada vez más, a un discurso publicitario. La mejor demostración se encuentra en la obra pública, pues ésta no se construye sin la evidente realidad del cemento y los ladrillos y, sin embargo, en este mundo político virtual también esa política se hace a base de spots. Se anuncian proyectos, se inauguran maquetas, se presentan planos y mapas, incluso se aplica el “efecto-obrero”, que consiste en poner unas vallas anunciadoras y meter unos operarios dentro del terreno que con sus monos azules anuncian la inminencia de la obra, pero la realidad-real, esa necesaria redundancia, se remite a las calendas griegas. Mientras tanto, con esos anuncios se llenan páginas de periódicos y minutos del telediario, que es lo importante. Lo único que importa ya es “la imagen” y los partidos se lo han tomado al pie de la letra.

Los políticos, al adaptarse al proceso trivializador, hacen un gran daño a la cosa pública. Una vez más, el ágora ha sido invadida por los demagogos, señores de la simplificación. Pero lo peor radica en la impotencia, no sólo de la política, sino de la sociedad toda para oponer eficaz resistencia a esta apisonadora que todo lo aplana, y que deja a la comunicación entre los humanos reducida y roma, sin las dimensiones que debería poseer.

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