El filósofo y humanista Michel de Montaigne lo tenía claro: “La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha.” Puede que el ensayista francés hablara mucho, callara poco o escuchara a ratos, pero dijo las palabras precisas para definir con precisión meridiana lo que pasaría cinco siglos más tarde.

Hace unos días, sucedió algo en un vuelo operado por Iberia que roza el surrealismo digno de Berlanga o de cualquier situación absurda relatada por Woody Allen, si no fuera porque el talento y el sentido del humor brillan por su ausencia. Ocurrió en el vuelo IB3316 que había despegado de Madrid con dirección a Tel Aviv. Momentos antes del aterrizaje, el piloto anunció por megafonía el consabido mensaje informando al pasaje de la llegada al destino. Pero hubo un pasajero israelí a quien la bienvenida se le atragantó porque en vez de escuchar las palabras pronunciadas por el comandante del avión, Estamos en descenso para aterrizar en nuestro destino, Tel Aviv”, creyó escucharle dar la bienvenida a Palestina.

A pesar de no conocer el idioma en el que había hablado el piloto, el castellano, el pasajero estaba convencido de haber escuchado Palestina, mientras que la tripulación y el resto del pasaje que sí hablaba español, reconocieron que no fue así y que cuando el piloto pronunció el mensaje en inglés, no hubo ningún problema. Pero el hombre hizo constar su enfado y lo convirtió casi en un asunto de estado con visos de conflicto diplomático. Según la explicación de la aerolínea, la similitud de sonido en español entre “aterrizar en nuestro destino, Tel Aviv” y “aterrizar en Palestina, Tel Aviv” fue lo que pudo llevar a un error de comprensión o de entendimiento al pasajero que lejos de atener a razones, insistía en sentirse humillado e insultado.

Al parecer, y antes de investigar lo que realmente pasó, la aerolínea pidió perdón al pasajero, para más tarde tener que comerse sus palabras al comprobar que el piloto no dijo lo que el enojado pasajero aseguraba haber escuchado. De un tiempo a esta parte, el pedir perdón está sobrevalorado, sobre todo porque muchos creen que una disculpa, sincera o no, borra cualquier agravio cometido cuando casi nunca sucede así. Hemos pasado de defender la presunción de inocencia a aceptar la presunción de culpabilidad solo para evitar polémicas, que por cierto, siempre terminan saliendo, sobre todo cuando el ofendido ve que sus amenazas derriten a la otra parte.

Albert Einstein decía que “nuestro lenguaje forma nuestras vidas y hechiza nuestro pensamiento”. Y lo hechiza para bien para mal. En ese vuelo IB IB3316 el hechizo casi resulta maléfico. Sin embargo, hace pocos días la mayoría de los asistentes a la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias se emocionaron con las palabras del filósofo Emilio Lledó, premio de Comunicación y Humanidades cuando disertó sobre la ”experiencia incesante” que es la vida, la palabra , la comunicación y la humanidad.

Cuando falla la palabra, falla el hombre. Ana María Matute, que tenía el don de acariciar con las palabras, creía que “la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva. Es el arma de los humanos para aproximarse unos a otros”. Sin embargo, observando la actitud que muchas veces mantienen unos y otros, es fácil creer que el hombre inventó el lenguaje para satisfacer su necesidad de quejarse. Así lo dijo la actriz y guionista Lily Tomlin, y debe saber de lo que habla ya que vive de las palabras. El poder de las palabras radica en quien sabe usarlas. El traductor encargado de trasladar al inglés las palabras en español pronunciadas por el Rey Felipe VI en su visita a la Casa Blanca , no supo elegir los vocablos oportunos y eso le valió que el propio monarca tuviera que matizar su traducción. El mundo de la interpretación nos ha dado muchas alegrías y también muchos disgustos. Siempre que veo a un intérprete traduciendo las palabras de una persona –y ya no entro en el lamentable espectáculo del falso intérprete de Lengua de Signos en el entierro de Nelson Mandela-, no puedo reprimir pensar si estará diciendo lo correcto, lo que realmente ha dicho la otra persona. Y no puedo evitar cierta congoja. No ya por lo que aseguraba Voltaire que “una palabra mal colocada estropea el más bello pensamiento” , sino por lo que afirmaba Edmund Burke sobre que “una grandísima parte de los males que afligen al mundo derivan de las palabras”.

En su libro Escritos de la corteza, Ernesto Rodríguez Abad explica de una manera deliciosa cómo y dónde nacieron las palabras. “Un día apareció ante mí un extraño ser que vivía sobre un árbol… Venía desde el pasado a contarnos secretos de la tierra, de las aguas, de los árboles. Quizá grababa nuestra historia en la corteza con palabras que sólo unos pocos pueden leer. Con la savia oscura que manó de la corteza escribió un relato que viajaba desde el principio del mundo… Los hombres y las mujeres se sentaban bajo el árbol de la vida. Allí narraban cómo era el mundo, cómo se había construido la vida y de qué manera sentían los seres humanos… Así empezó todo, bajo la sombra de un árbol nacieron las palabras, las historias, los relatos. Y la vida fue más fantástica. Se llenó de emociones”.

No sé dónde nacieron las palabras, pero a diario somos testigos de cómo intentan enterrarlas, acribillarlas y darles muerte. Sin embargo, las palabras tienen la milagrosa capacidad de reponerse, recuperarse y renacer cuando algunos las creen heridas, inútiles, defenestradas y fenecidas. Solo hay que saber utilizarlas como bien nos recordó el filósofo Emilio Lledó el pasado 23 de octubre cuando recién recibió su premio: “Quisiera recordar, en este momento un poema de Brecht que habla del nacimiento del libro de Lao-tsé cuando iba a la emigración. Al pasar una frontera, el aduanero le pregunta si tiene alguna cosa que declarar. Ninguna, dice. Y el joven que le acompañaba añade: “Er hat gelehrt”. Ha podido hablar, comunicarse, enseñar, existir en las palabras. “Y así́ quedó todo claro”.

Claro queda.

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