Llega un momento en el que todo español de bien, todo hombre como Dios manda, tiene que trazar una raya en la arena, plantar bien firme el pie en el suelo, quemar las naves, decir “hasta aquí hemos llegado”, quitarse el palillo de la comisura de los labios y escupir al suelo con gesto de desprecio. Porque hay cosas que no se tocan. Sagradas, como la Monarquía, la Virgen del Pilar, Cristiano Ronaldo o Espinete. Poca broma con según qué elementos imprescindibles de nuestra cultura y nuestras tradiciones, esos que nos definen como españoles y como seres humanos, lo que nos distingue de razas inferiores y bajunas como, por ejemplo, los finlandeses.

¿Qué vírgenes tienen los finlandeses, qué reyes, qué goleadores pichichones? ¿Qué poemas épicos —el Kalevala no cuenta, es un coñazo y además el protagonista es un pastor ¡un pastor!—, qué programas infantiles con erinacinos rosas tienen los finlandeses? 

Yo les respondo: ninguno. Los finlandeses son unos mierdas. ¿Por qué? Porque no comen jamón. Si comieran jamón ibérico, ganarían Copas de Europa, tendrían menos tasa de comprensión lectora —que todos sabemos que siempre ha sido un peligro— y medirían algo menos, que ser alto es malísimo para la espalda.

Poca broma con el jamón ibérico. Si ya lo dice la palabra. Ibérico. De aquí. Y de bellota, como los animales. Que nos defina bien. Y que no venga ninguna organización extranjera a avisarnos de que el exceso de carne procesada puede producir cáncer. ¿Qué insensatez es esta? ¿Qué despropósito, qué injerencia, qué oprobio, qué chisgarabís? ¿Qué razón tras esta sinrazón que a nuestra razón se face? ¿Qué intenciones ocultas hay tras esta pretendida preocupación por nuestra salud?

Es necesario que el cuñado español se alce en toda su estatura —metro setenta, de media—, mire de frente para encontrarse con el ombligo al finlandés y diga muy alto, muy fuerte y con la lengua solo ligeramente estropajosa por la cuarta cerveza…

— ¡Sí hombre! ¡Aquí va a venir la OMS, a decirme lo que puedo comer o lo que no puedo comer! ¡Manolo, otra racioncita de torreznos!

Y luego sentarse de nuevo entre risas y palmeos de espalda, porque todos sabemos que la dieta mediterránea es la mejor y la que está más rica, y que como en España en ningún sitio y a santo de qué van a venir tantos alemanes si no, y qué demonios venga otro sanjacobo empanado, hostia ya. Que los cuatro kilos de carne roja que tengo atascados en el intestino son el orgulloso testimonio de una vida dedicada a nuestras tradiciones y a mantenerme alejado en lo posible de las ensaladas, que ya decía mi padre que el verde pa’ los conejos, el agua pa’ las ranas y la fibra pa’ tu puta madre.

Poca broma con el jamón ibérico, la chuleta y el bacon, que son la base de una alimentación sana y saludable. Sabré yo lo que tengo que comer, y las copas de vino que tengo o no tengo que beber.

Y no hablemos del chorizo.

Ni me hagan empezar, con el chorizo.