“El pueblo francés, que cada vez está más obsesionado con las ideas negroides, representa una amenaza a la existencia de la raza blanca en Europa porque está al servicio de la campaña judía por la dominación mundial. La contaminación causada por el flujo de sangre negroide en el Rin, en el mismo corazón de Europa, forma parte de la sádica y perversa sed de venganza del enemigo hereditario de nuestro pueblo y se ajusta a los propósitos del judío calculador, que se sirve de estos medios para introducir un proceso de bastardización en el mismo corazón del continente europeo y, mediante la infección de la raza blanca con la sangre de otra inferior, destruir los fundamentos de su existencia”.

Estas bellas palabras fueron escritas por Adolf Hitler en su siniestro Mein Kampf. Y al igual que ocurrió con el resto del panfleto, sus palabras, por desgracia, se hicieron realidad.

A partir de las escasas evidencias recogidas por el historiador Robert W. Kestling, se estima que alrededor de 55.000 personas de raza negra fueron víctimas del régimen nazi, entre civiles y prisioneros de guerra fundamentalmente franceses y estadounidenses.

Todos los autores que han investigado el tema coinciden en que, a diferencia del Holocausto judío, los nazis no desarrollaron un plan sistemático de exterminio de la población negra, a la que no consideraban una amenaza en sí misma, a pesar de los delirios del Führer. No obstante, aunque evidentemente la cifra de víctimas de color no es comparable a los cerca de seis millones de judíos que fueron asesinados por la dictadura, lo cierto  es que, en última instancia, se trata de una simple cuestión de grado. Sencillamente, el número de personas de origen africano en Alemania era mucho menor que el de judíos u otras comunidades exterminadas, como los gitanos, y de ahí que también lo sea el número de víctimas.

 

Fotograma de una película nazi con un esquema de las “razas inferiores”

 

De acuerdo con las cifras disponibles, se estima que durante el régimen nazi llegaron a residir en Alemania entre 20.000 y 24.000 personas procedentes del África Subsahariana. Muchas de estas personas (alrededor de 5.000, sobre todo varones) habían emigrado a Alemania tanto antes como después de la Primera Guerra Mundial, cuando el recién derrotado Reich fue obligado a renunciar a sus colonias africanas (Togo, Camerún, Tangañika y Suroeste, actual Namibia). Dentro de este contingente, algunos de cuyos miembros estaban casados con mujeres alemanas, figuraban también antiguos combatientes o funcionarios coloniales de bajo rango de la época colonial.

Los “Bastardos de Renania”

Otro significativo grupo de africano, según ha estudiado la historiadora Catherine Coquery-Vidrovitch en su libro Las víctimas olvidadas del nazismo, lo formaban las tropas coloniales francesas (verdadera carne de cañón del Ejército francés; alrededor de 80.000 soldados subsaharianos combatieron en las filas galas durante la Primera Guerra Mundial, de los cuales perdieron la vida o desaparecieron en las trincheras cerca de 30.000) que se habían instalado en la región desmilitarizada del Sarre, en la Renania, en aplicación del Tratado de Versalles de 1919.

 

Fotografía de propaganda nazi que muestra a una mujer aria con otra negra: “Resultado: pérdida del orgullo de raza”

 

Muchos de estos hombres se casaron con mujeres alemanas. El resultado fue el surgimiento de un nutrido grupo de alemanes mulatos que, en una mezcla explosiva de racismo primario con el resentimiento hacia las potencias vencedoras de la Gran Guerra, fueron conocidos como los “Bastardos de Renania” y sometidos durante la República de Weimar a una fuerte segregación racial que afectaba a todos los planos sociales y económicos, incluida la prohibición de matricularse en la Universidad o de alistarse en el Ejército.

El precedente de Namibia

El dominio alemán en África se había caracterizado no sólo por un fuerte desprecio a la población local (el Reichstag promulgó una ley que prohibía los matrimonios mixtos en las colonias), sino por haber constituido un terrible precedente de las grandes matanzas de la época nazi. Ejemplo muy claro de ello es el genocidio perpetrado contra los hereros de Namibia, el cual, aparte de su gravedad intrínseca, sirvió de campo de entrenamiento para lo que habría de suceder durante la Segunda Guerra Mundial, con una significativa coincidencia de apellidos en ambos casos (el primer gobernador de Namibia se llamaba Heinrich Goering, padre del siniestro Hermann Goering).

En todo caso, la llegada de Hitler al poder supuso un evidente punto de inflexión. En un primer momento, tal como recuerda la Enciclopedia del Holocausto, los nazis no supieron qué hacer con los ciudadanos alemanes de raza negra, a los que se calificaba de inferiores pero que tampoco les parecían una amenaza. Curiosamente, los nazis incluso intentaron hacer creer al mundo que en Alemania se daba mejor trato a los negros que en Estados Unidos y les llegaron a admitir en el Ejército y en las Juventudes Hitlerianas.

Ejemplo interesante de esa ambigüedad inicial es el caso del atleta norteamericano de color Jesse Owens en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Aunque desde siempre se ha destacado la humillación infligida al orgullo racista del III Reich por sus éxitos deportivos, algunas crónicas de la época recuerdan que el deportista llegó a ser más popular en Alemania que en su propio país, y que incluso durante su estancia en Berlín se le permitió gozar de algunos derechos que no tenían los afroamericanos en el sur de Estados Unidos, como montar en transportes públicos.

En cualquier caso, las necesidades coyunturales del aparato de propaganda no deben llevar a engaño. Según testimonios recogidos por el periodista marfileño Serge Bilé (cuyo libro, Negros en los campos nazis, vendió entre 2005 y 2007 más de 150.000 ejemplares, a pesar de las fuertes críticas que recibió en Francia, donde se le impidió recibir un premio y se le acusó de “amenazar la unidad de la sociedad francesa”), el negro estaba considerado un ser inferior frente a la superioridad de la raza aria, y, de hecho, las personas de origen africano fueron las primeras en ser enviadas a campos de concentración en aplicación de la ley de 1935 contra los “no arios”.

Esterilizaciones forzadas y desapariciones

En 1936, el Führer recuperó militarmente la Renania y a finales de 1937 dejó en manos de la policía secreta, la Gestapo, la suerte de los “Bastardos de Renania”, que, de golpe, fueron declarados “ilegítimos” y sus padres “violadores” de mujeres alemanas. Se estima que al menos 385 menores mulatos fueron esterilizados a la fuerza (práctica que ya se había aplicado en Namibia), que alrededor de 400 “desaparecieron” en los campos de concentración y que algunos fueron utilizados como cobayas de experimentos médicos

Según la Enciclopedia del Holocausto, se estima que más de 3.000 alemanes de raza negra acabaron en los campos de concentración durante el régimen nacional-socialista. No obstante, muchos de ellos habían sido detenidos no tanto por el color de su piel como por otros factores, como sus ideas políticas (sobre todo comunistas), sus prácticas religiosas (con especial atención a los testigos de Jehová) o incluso por causas realmente inconcebibles (por ser músicos de jazz, por ejemplo).

El gran propagandista del III Reich, el siniestro Joseph Goebbels, también dejó su sello en la población de color. Bajo su mandato, el régimen filmó una película, de exposición obligada en los colegios, en la que se denunciaba las conexiones entre negros y judíos. El objetivo principal de esta campaña, en todo caso, ya no eran tanto los africanos de la Renania o de las antiguas colonias alemanas, sino un nuevo e importante actor en la escena internacional: Estados Unidos, una gran potencia a la que la propaganda nazi pretendía presentar como un país degenerado por la mezcla de judíos y negros.

El punto de inflexión se produjo, con todo, con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Según Catherine Coquery-Vidrovitch, alrededor de 200.000 soldados africanos combatieron entre 1939 y 1945 en Europa integrados en las tropas coloniales francesas. “Los nazis reservaban una suerte particular a los soldados negros”, recuerda la autora. Ignorando la Convención de Ginebra (lo sorprendente hubiera sido lo contrario, obviamente), las SS les privaron de alimentos y les dejaron morir de hambre. Aparte, se ignora cuántos de ellos fueron ejecutados directamente en lugar de ser tomados como prisioneros de guerra, como tampoco se sabe cuántos civiles de color murieron a manos de las SS en los campos de concentración, ya que, mientras los judíos eran registrados como tales, los negros eran clasificados, por lo general, en función de sus nacionalidades, ya fuesen franceses o incluso alemanes.

Los prisioneros estadounidenses

Otro elemento importante en esta historia lo constituyen los soldados norteamericanos enviados a Europa tras la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. En este caso, no obstante, hubo importantes diferencias en lo que respecta al trato a los prisioneros de guerra. De entrada, Estados Unidos no era un país derrotado (como sí lo eran Polonia, Francia o, en parte, la URSS), por lo que sus prisioneros de guerra fueron internados en centros controlados directamente por el Ejército alemán (la Wehrmacht), sobre todo de la Luftwaffe, ya que la mayoría de ellos pertenecían a la aviación norteamericana. Todo ello les garantizaba un trato, cuanto menos, diferente al que se brindaba a los prisioneros en los campos de concentración de las SS.

Aparte, aun cuando la situación variaba considerablemente de un campo a otro, por lo general no se dispensaba un trato diferente a los prisioneros de guerra estadounidenses en función de su raza judía, negra o blanca, y aunque en algunos centros de reclusión los guardias intentaron atizar el odio racial entre los militares norteamericanos, por lo general no obtuvieron éxito. Lo cierto es que, según los datos existentes, los alemanes tomaron pocos prisioneros estadounidenses de raza negra. La mayoría de los soldados de Estados Unidos, hasta el Desembarco de Normandía, eran aviadores de raza blanca.

En los últimos tiempos de la guerra, en plena paranoia nazi, el aumento de la influencia de las SS afectó sobre todo a los prisioneros norteamericanos judíos, que fueron trasladados a campos de concentración, pero no hay datos concretos sobre su incidencia en los soldados afroamericanos.

 

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