No es buena señal que sea un ejercicio más estimulante conjeturar qué habría sido de esta película comandada por su director original, Timur Bekmambetov, que hablar del resultado final que firma Breck Eisner.

Bekmambetov es uno de los talentos más indómitos del Hollywood actual: tras despuntar en su Rusia natal con la churrigueresca épica vampírica de Guardianes de la noche y Guardianes del día, firmó en Hollywood enloquecidas máquinas de movimiento perpetuo camufladas de películas de acción como Wanted o Abraham Lincoln: Cazador de vampiros. Él sin duda habría sabido dotar de ligereza a una película demasiado grave y solemne para su propio bien.

Breck Eisner, su sustituto, no es tampoco alguien desdeñable: si dejamos pasar la horrenda (aunque en cierto sentido se hace querer, como un cachorrito cojo) Sahara, tiene en su haber un muy estimable remake de un clásico menor del cine de terror, The Crazies. El último cazador de brujas, sin embargo, prescinde de todo lo que hacía de The Crazies una interesante película de infectados (modestia conceptual, imágenes de impacto, set-pieces de horror muy pensadas) para ofrecer una película de aventuras que, pese a sus indiscutibles buenos momentos, no termina de cuajar con coherencia.

Vin Diesel es un cazador de brujas que, en la Edad Media, acaba con la Reina Bruja, y recibe a cambio una maldición: no morirá nunca. Gracias a él y a su incansable tarea de control de las brujas se llega a una tregua entre estos seres sobrenaturales y los humanos. Una organización que pacta el equilibrio entre ambas fuerzas controla sus movimientos y él se encarga de que la magia no haga daño a nadie. Una idea ciertamente interesante, y que propicia el gran valor de la película: tramar un universo en el que la magia existe y está controlada, pero funciona con una serie de reglas. Esas reglas se lanzan al espectador casi incesantemente, y es sin duda lo más memorable del conjunto: bares para brujas, grupos de correo por Internet en el que brujas comentan sus cosas -e insultan a Vin Diesel-, bellas brujas de la alta sociedad que son en realidad seres decrépitos… nada de ello permea en un discurso con chicha (por ejemplo, con esa última idea el Robert Zemeckis de La muerte os sienta tan bien hacía maravillas), pero lo cierto es que la sensación general es de un universo coherente.

Por desgracia, para todo lo demás, El último cazador de brujas funciona a medio gas: la película se empeña en convertir al protagonista, en la actualidad, en un trasunto mágico del Dominic Toretto de las Fast & Furious -coche incluido- y la atmósfera oscura de brujas refulgentes, falsos sueños y avalancha de hechizos acaba cuajando en uno de los clímax más confusos de los últimos tiempos. Alguna buena idea en este batiburrillo de macarrismo marca de la casa (no el suficiente, por desgracia) y magia negra para la generación World of Warcraft, como la espada flamígera, no es suficiente para catapultar una película que, si se convierte en franquicia, necesitará un buen suministro de conceptos refrescantes.

ficha

El último cazador de brujas
The last witch hunter
Breck Eisner
Vin Diesel, Elijah Wood, Michael Caine
2015