Pionera en el mundo de las relaciones públicas en una década en la que nadie sabía qué era eso, mujer emprendedora, apasionada… y aragonesa. La intuición y la espontaneidad han acompañado a Marilé Zaera a lo largo de cuatro décadas de trayectoria profesional en las que, como ella dice, “la osadía y la buena planta” también le abrieron puertas.

Era una España de charanga y pandereta y una época en la que la noche madrileña movía al mundo entero, y ella tenía un talento innato para mezclar a personas de todo tipo en una ensalada perfecta. Ahora, la comunicadora tiene una nueva aventura con otros ingredientes: los Garbanzos de Marilé.

El restaurante Casa María de la Plaza Mayor acogerá a partir de octubre unas jornadas gastronómicas que tienen como objetivo acercar a personajes relevantes de la vida social, política, cultural y empresarial con periodistas de reconocido prestigio. Un diálogo interesante y constructivo entorno a un cocido madrileño que toma el relevo de aquellas populares lentejas de Mona Jiménez, y que Marilé Zaera inauguró con éxito en septiembre acompañada de Antonio Miguel Carmona. Manuela Carmena, Begoña Villacís, Esperanza Aguirre, Iñaqui Gabilondo o el juez Baltasar Garzón serán algunos de los siguientes invitados a estas sobremesas que darán tantos titulares como anécdotas.

Descaro y mucho ‘cerebro’

Antes de Pachá, la discoteca de moda en Madrid se llamaba Cerebro y estaba instalada en los bajos de la calle Princesa. “Eran los años 70, aún estaba vivo el Generalísimo, y allí llegué yo con 18 años dispuesta a comerme el mundo”, cuenta Marilé Zaera. “Era una discoteca tan bonita como peligrosa, porque tenía una escalera de cristal por la que pasaba una cascada de agua en la que se caía todo el mundo. Fue mi primer trabajo como relaciones públicas, una profesión malinterpretada hasta entonces y que me encanta decir que yo inventé. Me acababa de fugar de mi casa y aterrizaba en Madrid con ganas de trabajar. Me presenté delante de los dueños y les dije que necesitaban una relaciones públicas que les llenara la discoteca. No sabían ni lo que era eso, pero me hicieron una prueba. Con una amiga de batalla muy guapa, nos recorríamos los restaurantes, conocíamos a un montón de gente y les llevábamos a Cerebro. En poco tiempo la sala se empezó a poner de moda, allí se daban cita Carmen Cervera, la baronesa Thyssen y Espartaco Santoni, y tuvimos que coger a más gente, entre ellos el hermano de Suárez, para formar un equipo de relaciones públicas potente. Estuve casi diez años allí, hasta que me enamoré perdidamente de un italiano y le seguí a Roma. Cuando volví 5 años después, no conocía a nadie y había perdido el ritmo de la noche madrileña, pero no me costó volver al campo de batalla. Llevaba unos días en Madrid cuando me llamó el dueño de otro local y me dijo que si me iba con él le ponía al bar mi nombre. Y así fue. Empecé a trabajar para él y puso Marilé en la puerta, con neones que se apagaban y se encendían, muy psicodélico… Aún así conseguí llenárselo de gente durante dos años. Y allí fue donde vino a buscarme el que luego sería dueño de Pachá”.

“Acababa de escaparme de casa y Cerebro fue mi primer trabajo como relaciones públicas, una profesión que inventé yo”, presume Marilé Zaera.

Vivir como un pachá

Zaera fue directora de relaciones públicas de Pachá entre 1980 y 1992, la época en la que la sala de baile era el Studio 54 de Europa. “La gente me pedía la tarjeta VIP como si fuera un bolso de Hermés. Arriba, en lo que luego se llamó El Cielo de Pachá, se daba cita cada noche la flor y nata de la capital, desde Sarasola hasta el rey, pasando por los actores y los cantantes más populares del momento. A la izquierda se ponían los artistas y bohemios (Mecano, Miguel Bosé, Almodóvar, Bibi Andersen, José Coronado, Marta Sánchez…) y a la derecha los pijos, la aristocracia, los apellidos ilustres (desde el príncipe y las infantas a la Sartorious, los Martínez de Irujo o Primo de Rivera Carvajal). La gente entraba y sabía perfectamente en qué lado quería estar”, recuerda la comunicadora.

“A la izquierda de Pachá se ponían siempre los bohemios, los pijos a la derecha”, comenta Zaera.

Zaera junto a Ana Torroja en Pachá.

“La noche es un sueño que se desvanece cuando te levantas por la mañana. Es un estado de ánimo. Yo no bebía ni una gota de alcohol. Con un zumo de naranja aguantaba hasta la madrugada. Tenía muy claro que mientras los demás se divertían, yo estaba trabajando, porque como relaciones públicas nunca sabías cuándo tendrías que improvisar y poner a prueba todas tus habilidades. En Pachá tengo muchas anécdotas que demuestran cómo tenía que sacarme las castañas del fuego algunas noches. En la época de Pilar Miró, el segundo de a bordo en RTVE era Jesús Picatoste, y una noche llegó a la discoteca con una señora muy guapa y Martín, el portero, que por el día era guardia civil, no le dejó pasar… ¡al director de Relaciones Exteriores de RTVE! Se enfadó muchísimo, así que bajé las escaleras de dos en dos mientras pensaba cómo solucionar el entuerto, y al llegar, me puse delante de él y le dije: ‘Jesús, he dado yo la orden de no dejarte pasar porque estoy enamorada de ti y no puedo soportar que vengas con esta rubia’. Le hizo tanta gracia que todavía me lo recuerda”.

“La noche es un sueño que se desvanece cuando te levantas por la mañana. Es un estado de ánimo”, opina la relaciones públicas.

Pero la discoteca no era solo el templo del glamour español. Mick Jagger, Stevie Wonder, Gianni Versace, Barry White, Prince, Tony Curtis… Marilé reconoce que Pachá tenía algo especial, pues “todos estos personajes llegaban y se olvidaban del mito que eran; estaban tranquilos, se ponían a bailar con todo el mundo y se comportaban como eran en realidad”.

La 'Movida' de Pachá.

Armas de mujer

“En aquella época la gente, cuando aterrizaba en Madrid por primera vez, venía con un solo teléfono: el mío. Había corrido la voz entre modelos y artistas de que yo les arreglaba la vida aquí”, presume Zaera. Un don de gentes que no dudó en explotar un poco más abriendo, paralelamente a su trabajo en Pachá, un restaurante italiano con su amiga íntima Syliane Stella, mujer del famoso aristócrata José Luis de Vilallonga durante un cuarto de siglo, cuya particularidad era que cerraba a las 7 de la madrugada y su clientela era, como poco, igual de célebre que la de la discoteca. “Vestidas a lo Sharon Stone convencimos a Tierno Galván de que la gente, cuando salía a las tantas del teatro y de los cines, quería comer pasta. Fue una etapa divertidísima en la que no gané nada de dinero pero me reí muchísimo. Era un negocio que no daba beneficio y nosotras un par de bohemias… Sin ser un gran restaurante venía todo Madrid. Estaba situado frente a las Cortes y comían allí a diario todos los políticos de la época, Felipe González, Javier Moscoso… pero también Miguel Boyer y la Preysler. Lo mismo le decíamos a Rocío Jurado que se pusiera a servir las mesas como a Bertín Osborne que fuera a buscar hielo a la gasolinera o a Sofía Loren que se cocinara su propia pasta. Syliane y yo éramos magníficas relaciones públicas pero pésimas gestoras. El restaurante se llamaba Pasta y Basta… pero se terminó llamando Basta de Pasta”, bromea Zaera.

“Lo mismo le decíamos a Rocío Jurado que se pusiera a servir las mesas como a Bertín Osborne que fuera a buscar hielo a la gasolinera o a Sofía Loren que se cocinara su propia pasta”, recuerda Zaera.

“Recuerdo que la mujer de Alain Delon, Nathalie, que era muy amiga de Syliane, llegó a decirle un día en París: ‘Me han hablado de dos locas en Madrid que llevan un restaurante y que lo hacen adrede tan mal para que se les llene de gente’. Era una ruína y tuvimos que cerrar a los pocos años, pero nos lo pasamos tan bien”, ríe Marilé.

Marilé Zaera y Alberto de Mónaco.

Un huracán en el Casino

“Me fui de Pachá porque acabé harta después de doce años. Entonces entré en el Casino de la calle Alcalá, todo dorado y lleno de mármol… Le dije al presidente que aquello era una porquería y que allí no iba a entrar nadie con esa decoración y esa iluminación tan fría, que lo que debía hacer era una discoteca en la sala de abajo, pero que antes tendría que poner moqueta para tapar el mármol y pintar la tapicería blanca de los sillones. A brochazos, transformamos el espacio en dos semanas y fue un exitazo. Allí estuve hasta que volví a enamorarme, esta vez de un hombre importante que acabó alejándome del mundo de la noche. Gracias a él monté MZ Comunicación y comencé a organizar eventos. Una de las experiencias más enriquecedoras que me aportó esta etapa profesional de mi vida fue viajar a siete países con la exposición de fotografía de la Madre Teresa de Calcuta”.