Tras sus malos resultados en los recientes comicios catalanes, las dos formaciones protagónicas del alirroto bipartidismo vienen transmitiendo la imagen de dos boxeadores abrazados en el centro del ring para no irse al tapiz.

Tal parece su nivel de desconcierto que los ciudadanos no nos hacemos ni una idea aproximada de qué venden (salvo los cuatro tópicos de siempre), a dónde quieren llevarnos, ni qué soluciones plantean para una etapa que se anuncia cuajada de problemas, ante la que todo el mundo –en casas, empresas o lugares de ocio- le dice al vecino: “Oye, esto está muy mal, ¿no?”.

Dejando a un lado el caos y el delirio que ofrece la situación en Cataluña -lo que es mucho dejar-, donde puede pasar cualquier cosa, el panorama que se nos ofrece de cara las generales es como para que se los pelos se pongan como escarpias.

Está en juego, literalmente, el futuro de la siguiente generación de españoles. Y, sin embargo, los líderes de esos partidos actúan como muñegotes de carnaval, entregados a disputas tabernarias donde sólo se significa el “tú, más” cuando uno y otro se arrojan boñigas malolientes que sólo sirven para cabrear al votante común, forzado a llevarse las manos a la cabeza y exclamar: “¡Pero en manos de qué irresponsables voy a poner el porvenir de mis hijos!”. Y entonces va hasta el chino de la esquina a comprar unas pinzas para colocarse en la nariz y poder cumplir con su deber democrático el 20 de diciembre.

¿Qué plantean ahora mismo, hablando en plata, las dos formaciones todavía mayoritarias ante los ineludibles retos a afrontar en la configuración del Estado, la reducción del déficit y la deuda, la reforma de un sistema educativo cuyo hedor a cadáver deviene insoportable, los malos augurios en un crecimiento muy amenazado por el parón de China y los países emergentes aunque S&P nos haya subido la calificación a BBB+, y un sector clave, como es el automóvil, sumido en una gravísima crisis por la inmensa cagada en el manejo del diésel, cuyos alcances exceden el mero desastre Wolkswagen?

Seamos serios.

Nada.

Para el PP, el primer punto parece claro: todo, según la actual Constitución, y de ahí no le mueve ni San Balandrán. Nada de empezar a buscar puntos de acuerdo por los que, cediendo uno de aquí y los demás de allí, podamos ir construyendo un espacio de convivencia en el que todos estemos a gusto en la medida de lo posible, sabiendo que lo mejor es enemigo de lo bueno. Su posición es: me apalanco, y punto pelota.

Lo del PSOE es igual de patético. A Sánchez y sus coequipiers se les llena la boca hablando de federalismo, tan pronto simétrico como asimétrico, sin concretar ninguna fórmula por la sencilla razón de que no la tienen. Y de reforma de la Constitución, sin insinuar siquiera en qué quieren reformarla. Ofrecen un desiderátum destinado a complacer a unos y a otros en la mejor escuela Zapatero, pero en una situación mucho más deteriorada y sin poder tirar de la chequera del Estado para cerrar bocas como hizo el desastre leonés. Las cuentas del Reino están en números rojos y desde fuera nos avisan que ni una broma con el gasto público.

En la reducción del déficit y la deuda, la posición pepera suena algo más racional, pese a que, de cara a las elecciones, han entrado en una peligrosa dinámica de relajamientos demagógicos que alguna bronca generará en la CE y el FMI. Tampoco han realizado la imprescindible reforma y adelgazamiento de las Administraciones públicas, condicionado como está el ocupante de La Moncloa por las negativas de sus barones a afrontar la reducción de personal sobrante, la eliminación de miles de absurdos Ayuntamientos y la contención de los inútiles despilfarros que subsisten.

Lo del PSOE anunciando una política expansiva en caso de triunfar, en estas circunstancias y con el mercurial panorama económico planetario que asoma en el horizonte, suena a chiste malo de esos cómicos con títulos de economistas que son Stiglitz, Piketty y Varoufakis. A lo mejor, “política expansiva” para Ferraz es la seguida por la Junta de Andalucía durante sus sucesivas décadas de mandato, impregnadas de la más demencial corrupción clientelar. ¡Dios nos libre! No es de extrañar, sin embargo, en Sánchez, cuya supervivencia depende de salir Presidente en diciembre. Lo intentará aunque deba entenderse con el diablo. Pero lo tiene crudo.

De los planes del sistema educativo, a cual más retrógrado, sectario y caduco, mejor no hablar hoy. No hay suficiente espacio. Sólo una sugerencia: quizá convenga dar marcha atrás a la puerta giratoria que envió a Wert al dorado exilio parisino y recuperarle para que lo remate.

Y, mientras tanto, un partido emergente al que Rajoy dice ni considerar como rival, Ciudadanos, crece. Su líder, Rivera, promociona a nuevos dirigentes, frescos, sin lastres de corrupción, dinámicos y preparados, como Arrimadas y Villacís, con los que, un día sí y otro también, ofrece ideas prácticas y aportaciones coherentes. La gente de la calle empieza a ver el futuro en ellos. Allá la calle Génova si se niega a sentir su aliento en la nuca.

Aventuro, a partir de lo que hay hoy, que el reparto navideño arrojará unos resultados muy parecidos a éstos: PP y PSOE, alrededor de un centenar de diputados por barba; C´s, entre 50 y 60; y Podemos, no más allá de 35-40. Rivera tendrá la llave.

Se admiten apuestas.