La mala prensa que tienen, entre crítica y aficionados, las adaptaciones de videojuegos al cine, hace que quepa preguntarse qué mueve a una productora a pagar por los derechos de una franquicia digital. Ni siquiera tiene sentido cuando la película acaba siendo un producto competente, como es el caso: Hitman: Agente 47 no solo es una adaptación del videojuego de IO Interactive muy superior a la olvidable Hitman de 2007, sino que consigue trazar con cierta naturalidad una serie de elementos que deberían estar presentes en toda buena adaptación de videojuegos.

 

Hitman: Agente 47

Aleksander Bach

2015

 

Por ejemplo, Agente 47 despliega secuencias muy, muy representativas del juego que, sin embargo, no acaban empastados entre sí de forma artificial. La película replica un par de mecánicas icónicas de Hitman de forma natural (el desplazamiento por un escenario -en este caso un aeropuerto- sin ser descubierto y el combate en inferioridad numérica y armamentística usando el entorno en favor del asesino). Y lo mejor: no es necesario conocer el juego original para disfrutarlas. Por encima de eso, se permite sumarle unos cuantos elementos de cosecha propia que, de algún modo, se sienten como parte de un universo de videojuego aunque no lo sean propiamente. Pienso en la “caza” con cables del coche, que parece visualmente salida de un nivel interactivo de un juego de acción cualquiera.

 

 

Por desgracia, un puñado de golosinas visuales no construyen por sí solas una buena película, y ésta cojea en el entramado que debe sostener esas escenas brillantes. La franquicia Hitman presenta a una serie de asesinos modificados genéticamente para convertirse en máquinas de matar. Uno de ellos, el Agente 47, se encuentra con la horma de su zapato: una joven que parece tener implantadas todas las habilidades que caracterizan a los asesinos y que sabe más de lo que ella misma cree. Sin embargo, y pese a interpretaciones muy acertadas y empáticas de Rupert Friend y Hannah Ware (y mira que es complicado llenar una carcasa vacía que previamente un jugador ha rellenado consigo mismo), el argumento carece de excesivo interés y se mueve por impulsos algo mecánicos.

 

 

Finalmente, la maldición de las películas basadas en videojuegos sigue ahí, humeante y muy viva: Hitman – Agente 47 tiene, gracias al brío del debutante de Aleksander Bach y a elementos en su desarrollo muy estimulantes, más de un momento memorable. Pero está más pendiente de complacer a la galería que de desarrollar una personalidad propia. Y eso, hasta en un producto más que consciente de su naturaleza derivativa como éste, supone un obstáculo demasiado grave.