Han bastado unos pocos rasguños en la dura carrocería de Europa para que gobiernos y políticos nacionalistas necesitados de víctimas hayan alzado la voz ante la terrible “invasión” que se nos venía encima con los refugiados de guerra procedentes de puntos conflictivos del mundo, como Siria, Afganistán o Libia. Pero la historia, que “se repite dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa”, como decía aquél, nos sigue suministrando interesantes modelos invertidos de nuestras miserias, pasadas y presentes.

El caso más conocido que nos viene a la memoria sobre la presencia de refugiados europeos en África es el de Marruecos, gracias sobre todo a la monumental Casablanca, la película de Curtiz, Bogart y Bergman, que, a partir de la sobradamente conocida historia de los dos correos alemanes asesinados en el desierto y de los salvoconductos ocultos en el Café Americano Rick’s, nos hace un bello retrato del miedo y las ansiedades de los europeos huidos de la Alemania nazi.

Ciertamente, como estudió la historiadora Susan Gilson Miller, de la Universidad de California Davis, miles de europeos se refugiaron entre 1940 y 1945 en el norte de África, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y de “un sistema colonial fracturado y empobrecido”.

Muchos de ellos lo hicieron como lugar de paso hacia otros destinos más seguros en América del Norte y del Sur, pero otros quedaron “enredados en la sociedad nativa”, como inmigrantes sin dinero, pequeños delincuentes de poca monta (Ugarte o el carterista del Rick’s, papel interpretado, por cierto, por un refugiado judío alemán en la vida real, Curt Bois), activistas políticos (Victor Laszlo o el mesonero Carl, a quien daba vida otro refugiado, el actor judío húngaro SZ Sakall), trabajadores forzosos, empresarios ambiciosos (Ferrari)  e “indeseables” de toda laya.

Refugiados polacos en África

Con todo, existe un caso de huida masiva de europeos a África mucho menos conocido que el de Marruecos. Uno de sus testigos fue Renni Montague Bere (1907-1991), el cual, además de un reconocido montañero y conservacionista formado en la Universidad de Cambridge, fue un oficial del Ejército colonial británico a quien le fue encomendada en África la misión de dirigir dos campamentos de refugiados.

Gracias a sus escritos (que por lo general trataban sobre elefantes, pájaros, cocodrilos, antílopes y otros temas naturalistas más de su interés), podemos saber que hasta 35.000 ciudadanos polacos huyeron al este y el sur de África a causa de la Segunda Guerra Mundial, en su mayoría procedentes del este de su país, concretamente de la llamada Línea del Pacto Ribbentrop-Molotov, que fue establecida tras la alianza firmada entre Hitler y Stalin en agosto de 1939.

Según un documento del Parlamento británico de abril de 1943, los gobernadores coloniales del Este de África se habían comprometido a acomodar a 21.000 polacos. En 1942 llegó un primer contingente de entre 17.000 y 19.000 refugiados polacos al puerto keniano de Mombasa, desde el cual fueron desperdigados en todas las direcciones hacia el este y el sur de África, desde la línea del Ecuador hasta el Cabo de Buena Esperanza, tal como recoge el periodista Curtis Abraham, de la revista digital New African.

En total se dispusieron en un primer momento hasta 22 campamentos de refugiados para polacos, que incluían a 3.500 hombres que se habían librado del reclutamiento a causa de la edad, 6.000 mujeres y aproximadamente 8.000 niños, incluidas 1.500 chicas adolescentes. Dada la abundancia de menores, fueron sobre todo las mujeres polacas las que debieron organizarse para garantizar, a través de actividades comunitarias, la alimentación y la educación de los niños.

La huida de la guerra no impidió que entre los numerosos refugiados siguiera habiendo tendencias políticas ciertamente paradójicas, si tenemos en cuenta las circunstancias que les habían obligado a huir.

Por ejemplo, entre el grupo de los ucranianos procedentes del sureste de Polonia había fuertes tendencias germanófilas y furibundamente antirrusas que veían con esperanza la promesa de los nazis de ayudarles a erigir una gran nación ucraniana independiente. También llama la atención la persistencia de actitudes antisemitas entre muchos de los refugiados polacos en el este de África, tal como informaron algunos jefes de los campamentos, citados en el estudio del profesor ugandés Lwanga Lunyiigo, quien también ha podido constatar la presencia  de un número no tan alto de judíos europeos entre los refugiados en África.

Uganda

Dos de los campamentos más importantes de África se instalaron en Uganda, concretamente en Nyabyeya y Kojja.

Nyabyeya, ubicado en la Reserva Forestal de Budongo, en el distrito de Masindi (noroeste del país), se encontraba en una región desolada y selvática que, en un primer momento, impactó muy negativamente a las mujeres polacas. “Nos van a comer vivas las fieras”, afirmó una de ellas. El campamento llegó a albergar a entre 3.500 y 4.000 refugiados polacos que debieron abrir terrenos a golpe de machete para cultivar plátanos, maíz, tomates y manzanas con que sobrevivir.

Kojja, por su parte, se encontraba en el distrito de Mukuno, a unos cien kilómetros de Kampala (actual capital de Uganda) y cerca del Lago Victoria. En este campamento, situado en un entorno mucho más favorable, se acomodaron hasta 3.000 polacos. Para hacer la vida más fácil, la población polaca de Kojja (entre las que destacaban sobremanera las mujeres) puso en marcha un hospital con 50 camas, dos médicos y dos enfermeras, abrieron escuelas, erigieron edificios administrativos y levantaron panaderías, cultivos y granjas de producción avícola, después de aclarar selvas y cañaverales en un radio de hasta tres kilómetros y de contar, para ello, con el trabajo forzoso (recordemos que Uganda era todavía una colonia británica) de hasta 2.000 habitantes de la zona.

En 1943, según los cálculos apuntados por Lunyiigo, se estima que había en Uganda hasta 7.000 refugiados polacos, una cantidad muy superior al total del resto de la población europea asentada en la colonia, estimada en unas 2.000 personas. La mitad de los polacos refugiados en Uganda era niños, la mayoría de ellos huérfanos.

Esta diferencia de población fue el detonante de uno de los mayores problemas a que se enfrentaron los refugiados polacos, el de la convivencia con la población local. En contra de lo que se pudiera pensar, las mayores dificultades no vinieron de la población africana nativa, sino de las autoridades coloniales británicas, que se mostraron especialmente preocupadas por la llegada masiva de unos refugiados de raza blanca que podían competir con los propios colonos británicos, muy inferiores en número.  

Una de las consecuencias de esta paranoia colonial fue la prohibición a los polacos (en particular a las polacas) de mezclarse con los nativos, en aplicación (invertida, en este caso) de una orden de 1936 que perseguía expresamente cualquier relación interracial entre hombres de raza blanca y mujeres de raza negra.

“Muchas mujeres privadas de hombres”

Pese a todo, el Imperio Británico no fue capaz de poner puertas al mar, y un diario local de la época publicado en idioma luganda informó por aquellos años de que, aunque europeos de origen, los polacos solían tener una relación por lo general amable con los africanos e incluso constaba que se habían producido relaciones íntimas entre personas de ambas comunidades.

“Hay numerosos casos de coitos ilegales entre mujeres refugiadas polacas y hombres africanos, especialmente askaris”, escribía el secretario jefe de Nyasaland, Nixon Burton, a sus colegas de Rhodesia (actual Zimbabue), Tanganyika, Kenia y Uganda. En su respuesta, su homólogo de Uganda, JHS Marrick, le explicó que, pese a la “política de reducir las ocasiones en las que africanos y polacos pueden entrar en contacto”, había que “reconocer que son numerosas las mujeres a las que se ha privado del contacto con hombres durante un periodo considerable de tiempo y que estas circunstancias constituyen un caldo de cultivo para el desarrollo de relaciones ilícitas”.

“Los británicos querían mantener el mito de la supremacía blanca, pero los polacos no pensaban de la misma forma. Había hombres que querían juntarse con las mujeres locales y bebían waragi (una ginebra local hecha con plátanos). Algunos de ellos se casaron en Bunyoro con habitantes locales, pero los británicos querían deshacerse de ellos”, relata el profesor Lunyiigo.

Para contrarrestar la llamada de la carne, la autoridades británicos se las ingeniaron como pudieron, tanto a través de procedimientos tradicionales, como calificar sistemáticamente de “prostitutas” a las mujeres blancas que se unían con hombres negros, como de otros más “avanzados”, como el uso de técnicas psiquiátricas claramente racistas para demostrar la “debilidad mental” y la perversión sexual de las mujeres del campamento de Masindi.

Entre 1945 y 1951, superada la Guerra Mundial, Kojja ya era una verdadera ciudad polaca con quince edificios administrativos, seis almacenes, 30 cocinas, 30 mercados, un hospital y doce escuelas (una de las cuales aún opera, aunque no en el edificio original), y en la que sigue existiendo en la actualidad una placa con la inscripción En memoria de los polacos, acompañada de una lista con los nombres de un centenar de personas fallecidas y enterradas en el lugar, como ha comprobado Curtis Abraham.

En1948, la mayoría de los polacos fueron reasentados en Reino Unido, Canadá y Australia, frente a unos pocos que decidieron seguir trabajando, siquiera temporalmente, en Uganda. El campamento de Nyabyeya fue clausurado ese mismo año y los refugiados que no habían salido del país fueron trasladados a Kojja. Este último campamento fue desmantelado definitivamente en diciembre de 1951.

 

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