El escándalo del Piggate sobre las posibles depravaciones porcinas de David Cameron durante su estapa estudiantil tiene más reminiscencias históricas de lo que parece. En 1859, Estados Unidos y el Imperio Británico estuvieron a punto de entrar en guerra a causa, precisamente, de un cerdo. Bastó el cabreo monumental entre dos campesinos en una isla cuya soberanía se disputaban las dos potencias para que se desplegara un espectacular movimiento de tropas que no llegó a mayores porque alguien decidió poner un poco de cordura. Al final, todo se quedó en un conato de batalla cuya única víctima mortal fue el pobre marrano.

Los orígenes de la Guerra del Cerdo se remontan al Tratado de Oregón de 1846 por el cual se intentó resolver la disputa territorial entre Estados Unidos y el Imperio británico (más exactamente la British North America, el futuro Canadá) por las tierras situadas entre las Montañas Rocosas y la costa del océano Pacífico.

El tratado estableció el paralelo 49 como el límite entre Estados Unidos y Canadá, una división que permanece en la actualidad. Como ocurre en tantas ocasiones, los problemas se desencadenaron a causa de los detalles. Concretamente, el texto fijaba la divisoria en “la mitad del canal que separa al continente de la isla de Vancouver”. La intención de esta fórmula era dejar la isla de Vancouver en territorio británico, pero no aclaraba en absoluto a qué se aludía exactamente con “el canal”. Como consecuencia de ello, cada cual hizo su propia lectura, y mientras Reino Unido aseguró que se refería al Estrecho de Haro, al este de la Isla de San Juan, Estados Unidos argumentó que se refería al Estrecho de Rosario, al oeste. Por todo ello, la isla más importante de la zona, San Juan, se quedó en el limbo, un limbo nada irrelevante, dada la posición estratégica que ocupaba en la entrada misma del canal.

 

Mapa de San Juan

 

Sin llegar a aclararse sobre la soberanía, las dos potencias acudieron al tan manido recurso de enviar a sus propios colonos para naturalizar su dominio. En 1845, la compañía británica Hudson’s Bay Company reclamó la propiedad de la isla y, sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, en 1850 construyó una factoría de curado del salmón y, en 1853 un rancho para ovejas. Ese mismo año, Estados Unidos convirtió a San Juan, oficialmente, en parte del Condado de Whatcom y en 1859 ya vivían en la isla 29 ciudadanos estadounidenses. Como no podía ser menos, Reino Unido declaró que su presencia era ilegal. Bastaba un pequeño incidente para que estallara el conflicto.

El cerdo hurgaba patatas

Y estalló. La víctima, primera y única, del contencioso fue un cerdo. En la mañana del 15 de junio de 1859, un colono estadounidense llamado Lyman Cutlar mató a tiros a un pobre gorrino en el momento en que estaba hurgando en su jardín. El propietario del cochino se llamaba Charles Griffin, empleado de la Hudson’s Bay Company. Como siempre ocurre en estos casos, Cutlar y Griffin (que poseía unos pocos puercos que, al parecer, ya habían invadido en otras ocasiones las tierras de Cutlar) se enzarzaron de la manera más tonta.

“Se estaba comiendo mis patatas”, aseguró Cutlar, según la transcripción del incidente. “Eso son chorradas. Eras tú quien debía proteger tus patatas de mi cerdo”, contestó Griffin. En un gesto conciliador, Cutlar se ofreció a satisfacer a Griffin con una indemnización de diez dólares, pero el dueño del animal lo rechazó y, en lugar de ello, denunció a su rival ante las autoridades británicas, que amenazaron con detenerlo.

El desarrollo de los acontecimientos supuso una afrenta para los colonos estadounidenses, que acudieron al Ejército de su país para pedir su protección. La petición llegó al comandante del Departamento de Oregón, el general de brigada William S. Harney, un hombre obsesivamente antibritánico que respondió al llamamiento de auxilio de sus compatriotas con el envío a la isla de San Juan de un contingente de 66 hombres de la Novena Brigada de Infantería, bajo el mando del capitán George Pickett. Las tropas llegaron el 27 de julio de 1859.

 

 

De izquierda a derecha, el capitán Pickett, el general Harney, el gobernador Douglas y el capitán Hornby

 

Escandalizado por las noticias que le llegaban, el gobernador de la British Columbia, James Douglas, decidió enviar tres buques de Guerra británicos a la zona como muestra de fuerza, pero al mismo tiempo ordenó al capitán Geoffrey Hornby que evitase en la medida de lo posible un conflicto armado. El oficial decidió encomendarse a su inmediato superior, el almirante real Robert L. Baynes, comandante en jefe de la Armada Británica en el Pacífico, quien al llegar al lugar de los hechos debió pensar que todos se habían vuelto locos.

Cuando el gobernador Douglas la ordenó desembarcar en la isla de San Juan para combatir con la Infantería de Estados Unidos, la histórica respuesta del almirante Baynes fue concluyente: “No voy a implicar a dos grandes naciones en una guerra por un riña sobre un cerdo”.

 

El almirante Robert L. Baynes

 

Fue por entonces cuando empezaron a llegar a Washington y Londres las noticias sobre lo que estaba sucediendo. Las autoridades de los dos países se mostraron literalmente anonadadas por la dimensión que había alcanzado el conflicto, al que se habían destinado tres buques de guerra, 84 armas de fuego y alrededor de 2.600 hombres. Y todo por un cerdo.

La mediación del kaiser

Para deshacer el entuerto, las dos grandes potencias iniciaron conversaciones inmediatamente, tras las cual decidieron, como fórmula provisional, que tanto Estados Unidos como el Imperio de la Reina Victoria pudieran mantener su presencia en San Juan con un contingente no superior a los cien soldados por país a la espera de que se llegase a un acuerdo formal sobre la soberanía.

Como consecuencia de ello, los británicos levantaron un campamento en el norte y los estadounidenses otro el sur. Ambos cuarteles constituyen en la actualidad (en un claro ejemplo de que la historia es, a veces, como el cerdo, que de ella todo se aprovecha) uno  de los más interesantes atractivos turísticos del Parque Nacional Histórico de la Isla de San Juan.

 

El campamento británico

 

En 1871, Reino Unido y Estados Unidos acudieron al arbitraje del kaiser alemán Guillermo I, quien en octubre del año siguiente falló que la isla debía pertenecer en su totalidad a Estados Unidos. El Imperio Británico retiró a sus tropas un mes más tarde y Estados Unidos hizo lo propio en 1874. Asegurada su soberanía y sin ningún enemigo a la vista, Washington debió entender que tampoco era cuestión de seguir dando margaritas a los cerdos.

La cordura había vuelto, a la Guerra del Cerdo le había llegado felizmente su San Martín, sin más víctimas que el pobre guarro que hociqueaba las patatas en la granja de Lyman Cutlar, y esto es todo amigos, que decía aquél…

 

Imágenes | http://www.nps.gov/ http://www.historic-uk.com/ Creative Commons, Chris Light