Anoche soñé una conversación entre Artur Mas y Mariano Rajoy. El presidente del Gobierno pregunta a Mas: “Artur, ¿aceptarías negociar si te ofrezco un concierto económico como el vasco que te permita recuperar los 16.000 millones que dices que pierdes por culpa de España, y además otros 5.000 millones porque tú lo vales y tienes un pelo estupendo?”. “Hombre, claro”, responde Mas. “¿Y suspenderías el procés si te doy un billete de cinco euros y dos huevos duros?”, repone el presidente del Gobierno. “¿Pero qué te crees que soy yo?”, lamenta indignado el president . “Lo que eres tú ya ha quedado claro, sólo estamos negociando el precio de una tercera vía”.

No dejo de pensar en la canción It´s all ‘bout the money de la cantautora sueca Meja desde que vi en Youtube la entrevista que le hicieron en Hard Talk, de la BBC, a Raül Romeva. “Chicos, queréis iros porque sois más prósperos y no queréis la redistribución con España”, resumió Stephen Sackur con el tipo de visión que sólo puede tener sobre el proceso alguien que lo ve con alucinada sorpresa desde el extranjero.

En los últimos días he estado leyendo la novela Jonathan Strange y Mr. Norrell de Susanna Clarke. A pesar de que trata sobre la restauración de la magia a principios del siglo XIX en Inglaterra y presenta a hechiceros, duendes, estatuas parlanchinas y espejos mágicos, me parece una novela mucho más anclada en la realidad que muchas de las afirmaciones de la candidatura independentista. Como periodista que ha cubierto durante muchos años el mundo de la tecnología, los líderes indepes no dejan de parecerme un fabricante que no publica sus especificaciones y, sin embargo, afirma que sus teléfonos serán mejores que los de Apple o Samsung, cuando nada indica que algo así sea posible.

Me encantan los independentistas más quijotescos. Aquellos que dicen que no quieren pertenecer a España y que, con tal de librarse de nuestro yugo están dispuestos a la ruina, a que las empresas huyan de Cataluña, a que esos miles de millones de euros que esperan sacar mágicamente con la división se conviertan en un agujero negro para todas nuestras regiones, la suya incluida. Tienen una convicción inquebrantable de que el resto de los españoles somos la causa de sus problemas. No es la corrupción autóctona, la burbuja del ladrillo ni la crisis financiera internacional. Para ellos, palabras como “nación” son más importantes que otras como “pobreza”. No son inteligentes, pero al menos son coherentes.

Los que realmente me inquietan son los otros voceros, los que directamente mienten a una gran parte del pueblo catalán sobre cuánto nos costarían a todos, incluidos ellos mismos, sus propuestas, en caso de llevarse a la práctica. Los que dicen, por ejemplo, que Cataluña tendría opciones de entrar, tan pichí, en la Unión Europea. Los que hablan de que no se les puede expulsar de Europa cuando están atizando a su puerta con un hacha. Los catalanes, tomen la decisión que tomen, deben saber que, como dicen los independentistas en su propaganda, éstas van a ser las elecciones de su vida. Que se pregunten si su situación actual es tan mala.

Insistió ayer Romeva en su acto de campaña en que la suya es la campaña de las sonrisas. Ojalá el Gobierno español hubiera sido capaz de arrojar sonrisas sobre esta situación. Ojalá las campañas contra el nacionalismo se enfocasen en aquello que nos acerca en lugar de permitir que, lógicamente preocupados, empresas y bancos jueguen a ser el poli malo. Pero no conozco a nadie que pueda alimentar a toda una región a base de buenos sentimientos.

Los independentistas son, con sus votantes, como un padre divorciado que promete al niño ir al parque de atracciones y comprarle todo tipo de chucherías. El niño sonríe. Quiere mucho a su ausente progenitor y todo lo que dice le suena a gloria.

Los bancos y las empresas son aquí una madre que hace todo el trabajo doméstico, que sobrevive con la pensión miserable que le paga el impresentable de su ex y que recuerda a sus hijos que hay que ir al colegio. Sabe que el padre de las criaturas no va a cumplir con sus promesas porque… bueno, porque nunca lo hace.

Cuando hablo con mis amigos independentistas, me acuerdo indefectiblemente de Loretta, el personaje de Monty Python que quería parir a pesar de haber nacido hombre. “¿Dónde quieres guardar el feto, en un baúl?”, me pregunto, como sus compañeros más escépticos del Frente de Liberación de Judea, siempre que me hablan de su inminente futuro como estado de la UE. Donde ellos ven lucha contra la opresión, yo veo que, de forma totalmente libre, sin que nadie les impida expresarse y con una sonrisa en los labios, luchan contra la realidad y se dirigen hacia un barranco. Y, oye, que me parece muy bien que quieran jugar a Thelma y Louise. El problema es que el resto de los españoles estamos en el maletero.