Las críticas negativas que iban llegando de la serie concebida -y poco más, dicen- por Jonathan Hickman para la norteamericana Avatar me iban poniendo la mosca detrás de la oreja, pero no me terminaban de convencer. Al fin y al cabo… ¿cómo puede fallar una historia en la que los dioses más importantes de las distintas mitologías de la Tierra se enfrentan a guantazo limpio, como superhéroes todopoderosos? El punto de partida era sencillamente irresistible: me recordaba a mi tebeo favorito de Superlópez, La caja de pandora . Y también, en el título y algún concepto, a la excelente novela de James K. Morrow Remolcando a Jehová , en la que aparece en el océano el cadáver de Dios, del tamaño de una isla, y hay que pensar qué hacer con él antes de que su avanzado estado de descomposición se convierta en un problema ecológico de alcance global.

God is dead

Jonathan Hickman, Mike Costa, Di Amorim, Rafael Ortiz – Medusa Comics 2015

 

Por desgracia, God is dead comete el peor de los pecados tras ese punto de partida: no aprovecharlo. Hickman, ahora en la cresta de la ola gracias a sus guiones de los más populares supergrupos y eventos Marvel, parece tener prisa por poner punto y final a su historia. De hecho, God Is Dead estaba concebido como una serie inicial limitada -este arranque que recopila el primer volumen que Medusa trae a España-, y lo que Marvel habría convertido en una macrosaga de supergente arreándose durante un año (tampoco es que defendamos esa opción como la preferible), Hickman lo limita a una monótona pelea detrás de otra. Muy sangrientas, muy contundentes, pero con una carencia total de ritmo, sucesión de clímax o setpieces. Un ejemplo: el mitológico Cancerbero, aquí un perrazo descomunal que se zamparía a un ejército, es liquidado prácticamente en off porque a Hickman le interesa más el destino del reparto humano que de sus contrapartidas divinas.

Es una pena, porque God is dead rebosa ideas tan brillantes como fugaces: el informativo televisivo orientado a los distintos seguidores de las deidades, los descerebrados cultistas de los dioses incas, los pequeños conatos de personalidades en conflicto en el Olimpo, alguna que otra discusión teológicamente desnortada por parte de los humanos… y por supuesto, el punto de partida, un fascinante conflicto al que nunca se le da demasiada explicación: los dioses (significativamente, el dios judío no hace acto de presencia, ni siquiera es nombrado) bajan a la Tierra, dejan el planeta hecho un solar y se pelean entre ellos y contra los humanos. El punto de partida, de hecho, es tan atractivo que me mantendrá al pie del cañón durante al menos un arco más de la serie, que al parecer da un giro a esta desangelada historia inicial y, aunque Hickman ya no está presente al mando de los guiones, al parecer convierte este primer acto en un preámbulo completamente prescindible. Y mientras esperamos no puedo menos que ojear Supergod de Warren Ellis con un suspiro. Ahí sí, ahí sí que se dio en el blanco.