Con la boca abierta me tienen los izquierdosos e izquierdistas del mundo entero, en especial los españoles, por el giro radical que han dado en cosa de días al tratamiento de la imagen de la Canciller Merkel. De opresora y malvada la han convertido en Sor Ángela; de discípula de Belcebú que había hecho de la tortura al inocente y nada aprovechado pueblo griego su principal adicción, en campeona de refugiados y desplazados; de tirana represora por la vía de la denostada austeridad de los despilfarros a que tienden algunos gobiernos y sociedades de la CE, a madre de desprotegidos. Y, así, ad infinitum.

¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué, de golpe, la insensible Dama de Hierro germana, que pocas fechas antes rehusaba ante los medios ceder a la súplica de una niña de obtener un lugarcito en territorio comunitario, se transforma en la Gran Diosa Blanca de la que cientos de miles de espantados fugitivos de una guerra criminal esperan la oportunidad de una nueva vida? Por cierto que la negativa a interceder por esa niña, justificada con el absurdo argumento (¡) de que no podía dar el pésimo ejemplo de saltarse la ley a la torera como tantos otros hacen, le valió una torrentera de críticas e injurias por demagogos voceros progres  y listillos de las redes sociales.

La tortilla ha dado la vuelta. Esta extraordinaria mujer ha aparecido de pronto como la campeona de la generosidad, entendiendo que esos miles de familias no son aprovechados trincones al estilo griego de los fondos FEDER y demás recursos que Europa (seamos serios, Alemania) facilita para construir riqueza y empleo. Son supervivientes del horror y del caos, sembrados en Siria –y antes en Irak,  Libia, etc.- por el estúpido intervencionismo a bombazo limpio de Occidente con la excusa de imponer allí nuestro estilo de vida. Que, hoy por hoy -y anda que no falta-, rechina con los hábitos de aquellos pueblos y con su tradición histórica desde Babilonia a nuestros días. Hablando en plata: la jodimos cargándonos el orden que tenían –ajeno a nosotros, pero un orden bajo el que prosperaban- y entregándolos a los únicos que tenían organización y fuerza para heredar a los dictadores depuestos: el islamismo furibundo, exclusivo y homicida. Es el precio de jugar a aprendices de brujo.

Lo más asombroso es que esta canciller fuera de serie que tiene la que fue agresiva, racista e intolerante Germania ha persuadido a sus gobernados de que no hay otro camino que pagar el daño que esa torpísima intromisión occidental, tan exigida y jaleada por lo más bruto del izquierdismo mundial, ha provocado en los escenarios bíblicos y norteafricanos. Y convencido de facilitar que ellos, los recién llegados, puedan contribuir a la construcción de un proyecto común de futuro.

 ¡Y la están siguiendo! La nación que creó y alimentó a la bestia nazi, se declara  dispuesta –lo demuestra con hechos, salvo unas normales y minoritarias excepciones- a recibir a cientos de miles de personas de otras razas y culturas. Está hincando la argolla en el morro del pesado buey europeo para arrastrarlo a construir la más grande sociedad mestiza de la Historia, y le da una inédita lección de humanidad.

Eso sí, quieren hacerlo con orden, adecuando las leyes y disponiendo los recursos y métodos de integración necesarios para no limitarse a abrirles las fronteras y dejarlos tirados en las calles, con la mendicidad como horizonte y una exasperación que inevitablemente los conduciría a una violencia, tanto a ellos como a sus descendientes, que terminaría  por reventar a Europa.

No obstante, surgen ya voces discrepantes que acusan a Merkel de actuar por egoísmo, bajo  la presión del envejecimiento acelerado de una población teutona que perderá diez millones de habitantes en las próximas décadas.  El mismo caso que se prevé en casi todos los Estados de la UE, salvo aquellos de incorporación más reciente en los que el papel fundamental, y casi único, de la mujer era y es parir. También en esos  se estancará el crecimiento poblacional a no tardar, porque el macho europeo no tendrá más remedio que someterse a las leyes, escuchar y respetar las reivindicaciones de la otra mitad de la especie: la mujer.

¿Qué tiene, pues, de malo que Merkel sea tan visionaria como para unir lo bello (una labor humanitaria de dimensiones colosales) con lo útil (adelantarse al inevitable crack demográfico). ¿Vamos a prestar oídos a cuantos necios predican que su objetivo es importar mano de obra semiesclava, que sólo servirá para limpiar letrinas y ayudar a los señoritos en las labores domésticas?

Claro que una parte de los migrantes formarán parte del “lumpen” ya existente. Por mala suerte, o cualquier otra razón. Pero, pasada una década, como máximo, veremos a muchos con negocio propio –grande o pequeño-, con una cualificación profesional desarrollada; y a sus hijos, si se les da la oportunidad, plenamente integrados.

Sí habrá que estar vigilantes de que por esa puerta no se cuelen peligrosos agentes de la violencia islámica. Pero eso se puede combatir con diligencia, vigilancia y eficacia. ¿No somos tan listos los blanquitos europeos? Demostrémoslo. La permeabilidad de las fronteras es un fenómeno ya inevitable, se acoja  o no a estas gentes.

Con los mimbres de la emigración masiva se construyó ese cesto de oportunidades que en los siglos XIX y XX significó Estados Unidos de América.  Cierto que durante su creación no tuvieron que enfrentarse a la locura del fanatismo  alimentado por Mahoma, su Corán y los actuales secuaces que buscan crear el Imperio de Alá. Pero tampoco en su tiempo los norteamericanos disponían de la tecnología de hoy para atajar una plaga así.