Toda sociedad avanzada necesita elegir a unos representantes para que se encuentren y debatan en los parlamentos y ejerzan el liderazgo en las instituciones. Con el sistema de competencia entre partidos políticos los ciudadanos escogen entre diferentes propuestas y van adaptando sus preferencias en cada proceso electoral. Esta competencia se articula gracias a los partidos políticos que aglutinan y conforman una propuesta política más o menos nítida ante los electores y no es posible concebir la democracia, al menos así opinan los teóricos políticos desde Kelsen hasta Sartori, sin partidos. Por ello la pregunta esencial de las diferentes democracias es siempre cómo mejorar la elección y la calidad de los responsables políticos.

Creo profundamente en la vocación de servicio público, en el espíritu de cambiar las cosas mediante el diálogo,  en mejorar nuestra sociedad por el mero hecho de construir un lugar mejor que dejar a las siguientes generaciones. Lo creo y lo practico. Porque en este contexto me defino como un político vocacional de los que levanta la mano para dar su opinión cuando nadie se atreve, de los que dice lo que piensa que es mejor para el conjunto en lugar de lo deseado por unos pocos; me siento un político vocacional al igual que muchas otras personas que también lo sienten y lo ejercen en su vida cotidiana: en las reuniones de padres, en la gestión del día de su comunidad de vecinos o, más concretamente, en los parlamentos.

El estado actual de la política española es preocupante porque preocupa a muchos pero interesa a demasiados pocos. La Encuesta Social Europea indica que sólo al 35% de los españoles les importa mucho o bastante la política, lo que supone que a casi dos terceras partes de los ciudadanos adultos les interesa poco o nada la política. Se trata de datos del 2012, los de 2014 se publicarán en breve, y es muy esperanzador que el interés por la política se haya incrementado desde el 29% del año 2010 o el pírrico 26% del 2008, pero todavía andamos lejos de tasas de interés alemanas 64%, francesas 48% o danesas 70%.

Las causas de esta falta de atención a la política podrían provenir de frases célebres como “usted haga como yo y no se meta en política”. Otras causas podrían ser el desprestigio, la alta responsabilidad, la retribución menguante o los largos procesos de apnea que exigen los partidos políticos. Y es normal sentir preocupación, porque la política y sus políticos son de vital importancia en la construcción de una sociedad mejor, en la creación de nuevos proyectos vitales y, sobre todo, en la mejora de las condiciones de vida de las personas.

La falta de escrutinio e interés continuado de la cosa pública por una amplia mayoría de votantes empobrece el discurso público ya que aumenta la rentabilidad de aproximaciones simplistas y puede derivar en una elección defectuosa de líderes. Si algo deberíamos haber aprendido los españoles es que un mal gobernante acaba resultando carísimo a una sociedad, baste nombrar al tripartito o a Zapatero, que ya forman parte del acervo popular tanto como la preciosa comarca leonesa de Babia.

Ojalá fuera posible conseguir una solución mágica al problema del desinterés pero mucho me temo que tan sólo se irá resolviendo a medida que los ciudadanos aumenten su interés gracias, entre otras cosas, a que los ciudadanos reconozcan y apoyen a políticos buenos, sean del partido que sean, en detrimentos de los malos, iniciándose así un círculo virtuoso de interés continuado y de detalle en la cosa pública. Pero para ello necesitamos la ayuda de todos.

Resulta esperanzador que muchas cadenas generalistas hayan apostado por la información y el debate político en sus franjas de mayor audiencia. El incremento de la atención supone que muchas más personas participan del debate político pero, dado que muchos son recién llegados a estos lares, el nivel medio del debate se resiente en algunos casos. Esto es normal y nos abre una ventana de oportunidad para elevar nuestro debate político o, por el contrario, para degradarlo.

El incremento de la atención supone que muchas más personas participan del debate político y, dado que muchos son recién llegados a estos lares, el nivel medio del debate se resiente. Esto es normal y nos abre una ventana de oportunidad para elevarnos o para degradarnos.

Adquirir criterio político es un proceso lento, costoso y frustrante.

 

Adquirir criterio político es un proceso lento, costoso y frustrante, solo manteniendo la atención por los asuntos públicos es posible ir decantando nuestras propias opiniones. Hay veces que una sociedad consigue elevar su capacidad de comprensión o conocimiento en un apartado y en otras caemos en la bajeza de alimentar nuestros bajos instintos.

Esta disyuntiva me gusta ilustrarla con dos ejemplos o casos: el caso del vino y el caso de la prensa-rosa. El vino es un líquido rojo de muy difícil diferenciación que ha conseguido, a partir de elementos de calidad e identificación como las denominaciones de origen y de prestigio, que muchos seamos mínimamente capaces de discernir entre un vino bueno y uno de tetrabrik y, lo que es más importante, que sintamos una inclinación a querer saber más y al refinamiento o sofisticación de nuestro paladar, algo bueno en general salvo para nuestros bolsillos.

El caso de la prensa-rosa es exactamente el inverso, basado en demasiadas ocasiones en alimentar el cotilleo, ahondar en la envidia y en el sensacionalismo, se pierde la esencia de un tipo de periodismo social que podría mejorar ostensiblemente. De esta manera, aunque entretiene, y eso es bueno, si se consume en exceso como la comida rápida, puede tener efectos devastadores para el conjunto de la sociedad y de la opinión pública por el contagio de formas y maneras y por la falta de atención a asuntos de mayor trascendencia social o política.

Así que, hoy más que nunca necesitamos refuerzos. Es decir, personas que refuercen la construcción de ideas, que ayuden al entretenimiento sano que inspira más valores positivos que negativos; personas ávidas  por conocer distintos argumentos, críticas, con pensamiento libre y no condicionado ni por las modas, ni por los tiempos; personas en definitiva que den un paso adelante para poner en valor la política con mayúsculas, aquellas política que ayuda a resolver problemas, la que incluye y no excluye, la que proyecta un futuro mejor y sienta las bases para la convivencia y el respeto.

Por eso, necesitamos añadir atenciones y voluntades que movilicen el interés por la política de calidad, por las ideas fundamentadas, por el conocimiento testado, por el pensamiento; una gran cadena de mujeres y hombres que hagan que los demás se interesen por la política en general y, sobre todo, en particular en algunos asuntos que le sean de especial relevancia. Protagonicemos esa estela y sigámosla porque la desmemoria y el desinterés son la puerta de entrada de los populistas. Seamos capaces entre todos de identificar los argumentos relevantes, desechando los accesorios; busquemos referentes entre los portavoces públicos, ya sean políticos que se hayan ganado su respeto intelectual o moral, periodistas o expertos y, una vez escuchados y, si lo estima conveniente, tome partido en el ámbito de la opinión, del apoyo o de la acción y dígale a sus amigos y compañeros que necesitamos política, mucha más política, pero de la buena, de la que inspira, reúne y suma. Un gran reto de la sociedad en su conjunto para el que hoy, sin duda, necesitamos refuerzos.