No me extraña que el Papa Francisco haya sentido la necesidad de correr a una óptica del centro de Roma para renovar sus gafas. Seguramente no debía creer lo que sus ojos estaban viendo y creyó que era problema de las lentes. Aunque no creo que el problema de visión esté en sus gafas. No son las gafas, es el mundo. Dicho en román paladino: no es la flecha, es el indio.

Decía Nietzsche que “un par de gafas de gran alcance a veces ha sido suficiente para curar a una persona en el amor”. Espero que la lente del objetivo de la fotoperiodista Nilufer Demir, que nos mostró en toda su crudeza la imagen de un niño de 3 años muerto en una playa turca, nos ayude a curar la pasividad recalcitrante o la indiferencia anestesiada con la que a veces observamos la realidad, como si fuera una de las muchas series que devoramos cómodamente sentados en el salón de casa. Confío en que la impresión por la visión de esa fotografía nos dure mucho tiempo, que en la retina se nos quede tatuado el cuerpo del pequeño Aylan boca bajo, inerte, sin vida, encallado en la arena como un fardo arrastrado por el oleaje hasta la orilla, justo donde el agua del mar besa la tierra, y que en este caso resultó el beso de la muerte. Tenemos la opción de cerrar los ojos, de ponernos unas gafas de sol para no ver ni ser vistos . Algunos incluso se han sentido molestos porque se mostrara esa imagen, como si temieran más el daño que podría hacer en su frágil y sensible retina que la muerte de un niño de 3 años. De nuevo, no es la flecha, es el indio. Conviene abrir los ojos para ver la realidad , aunque duela.

Alejandro Dumas creía que “la vida es fascinante, solo hay que mirarla a través de las gafas correctas”. Pero a veces la vida no lo es y no por eso deja de ser vida, y no por eso debemos dejar de observarla. Es entonces cuando es necesario mostrar esa otra realidad y hacerlo con las lentes necesarias, que es para lo que está el periodismo de verdad, que nada tiene que ver con el morbo sino con la rigurosa realidad, con la denuncia, aunque algunos lo hayan olvidado.

Todas las muertes son dolorosas, pero la de un niño siempre duele más

Todas las muertes son dolorosas, pero la de un niño siempre duele más. Algunos creen que lo malo de los niños es que crecen, pero lo realmente dramático es que no lo hagan. A veces se nos olvida que también los cuerpos que flotan en el mar o que se destrozan en las alambradas coronadas de cuchillas, también fueron niños. La única diferencia es que un día crecieron. “Todos los hombres tuvieron sus horas de niños”, decía Menéndez Pelayo.

La imagen de un niño siempre parece transmitir más. Puede ser injusto, pero es así. Parece que últimamente el mundo solo se emociona con las imágenes de niños: Adou, el niño de la maleta que intentó cruzar la frontera española, el niño de la playa como ya se ha bautizado a Aylan Kurdi , la niña colombiana de 13 años, Omaira Sanchez, que falleció en la tragedia de Armero por la erupción del volcán Nevado del Ruiz en 1985 , el niño Kong Nyong acechado por un buitre en la aldea sudanesa de Ayod y que fotografió en 1993 Kevin Carter para denunciar la hambruna que se vivía en esa zona del mundo, aunque en esta ocasión el niño sobrevivió y falleció 15 años más tarde de unas fiebres…

Si la infancia se ahoga, el futuro naufraga. Quizá en esa orilla del mar haya muerto no solo un niño de 3 años, sino el científico que descubriría la cura del cáncer, el hombre que salvaría al mundo de la tercera guerra mundial o el líder político, social o religioso que el mundo espera como al gran salvador. No sabremos nunca lo que hemos perdido con la muerte de Aylan. “Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad” decía el psiquiatra estadounidense Karl Menninger. Aylan, así como su hermano de 5 años cuyo cadáver estaba a 100 metros del suyo pero que la lente de la fotógrafa no recogió, ya no podrá darnos nada y quizá hayamos perdido mucho, sino todo. El sociólogo argentino Alberto Morlacheti decía “la textura del futuro está hecha de niños”. En esa playa no sólo murió Aylan, lo hicimos todos, aunque fuera un poco y muchos no se den cuenta. Si es cierto lo que escribió Jacinto Benavente de que en cada niño nace la humanidad, el 2 de septiembre de 2015 la humanidad expiró. Contemplando esa imagen que ha sacudido al mundo es imposible no recordar el proverbio hindú que asegura que hablando a largo plazo, todos estamos muertos. Si es verdad que el futuro del mundo pende del aliento de un niño, vamos a dejar de respirar en cualquier momento.

El dueño de la óptica donde acudió el Papa Francisco contaba entusiasmado que su visita había sido algo histórico, porque nunca un pontífice había salido por las calles de Roma para ir a una tienda. Lo hizo Anthony Quinn en Las sandalias del Pescador, pero en la realidad impresiona más. Y así estamos todos, impresionados de ver cómo está el mundo. Incluso el representante de Dios en la tierra necesita salir fuera para respirar y entender lo que está pasando, aunque sea por inspiración divina. Eso, suponiendo que Dios entienda algo, que a la vista de lo que pasa, quizá también necesite unas gafas nuevas.

Imagen | Flickr – Hernán Piñera