En 5º de Bachiller de mi época, primer curso en que nos encontramos la filosofía como materia lectiva, uno de los conceptos que todos entendimos a la primera fue el silogismo en Bárbara , que enunciaba lo siguiente: si A es igual a B y B es igual a C, A es igual a C. Es tan lógico que no tiene vuelta de hoja, y así lo comprendimos en un pis pas.

Lo de Cataluña es un perfecto ejemplo de Bárbara. Si Mas y su partido están trufados del más podrido choricismo, si una parte significativa de los catalanes va a votarles pese a su choricismo multidimensional, entonces esa porción del electorado elegirá, para encabezar un viaje a la locura, a un contubernio de intereses dominado por chorizos.  Y da igual que gran parte de él alegue que lo hace tapándose la nariz para que no le llegue el hedor y en aras de lo que llaman la construcción nacional catalana porque tal coartada equivale al excusatio non petita, acusatio manifesta. Si usted, señor elector, deposita su papeleta apoyando a ese patio de Monipodio que es el partido de Pujol y Mas, usted pasará a ser un corrupto, al menos en potencia. Porque el apoyo al corrupto corrompe.

El supuesto alternativo para un ciudadano de a pie que no haya participado del despojo a las arcas públicas y asuma tamaña barbaridad  es que se identifique en cuerpo y alma con quienes disimulan su basura moral envolviéndose en una Senyera con estrella, se camuflan en un batiburrillo de partidos que ríanse del manicomio que fue el Gobierno de Montilla, y acusan al Estado español de manipular políticamente a la Justicia, como si no fuese el PP en el Gobierno quien más convictos tiene en el trullo. Unos cuantos, encerrados con menos pruebas de las que circulan sobre los latrocinios de esa banda que ha sangrado a Cataluña durante décadas. Ese elector que aludo quizá no sea todavía un corrupto porque ignora los datos o se hace el ciego y el sordo, pero sí más tonto que Abundio. No sé qué es peor.

¿Es esto insultante…? Niego la mayor. No dudo que la independencia para Cataluña sea un sentimiento compartido por no pocos catalanes de bien que se imaginen a su comunidad prosperando vertiginosamente fuera de España, pero siempre he tenido al catalán medio por un ser pensante, reflexivo y gustando de utilizar el famoso seny a la hora de tomar decisiones. Ningún sentido común hay en quebrar una convivencia secular que se llama España y una remontada económica ya clara para embarcarse en una aventura, cuanto menos arriesgadísima, poniéndose en manos de una cleptocracia como ha sido y es el pujolismo.

Mi asombro por tanto papanatismo no es de hoy. Rompiendo con mi filosofía de trabajo voy a reproducir fragmentos de un artículo mío (SABEMOS, 24 de julio) que me significó no pocas alabanzas por mi “lucidez” y abundantes injurias por “manipulador”. Y, sin embargo, todo lo dicho vale hoy exactamente igual que en aquel trabajo titulado: “¿Por qué a Mas le ha entrado tanta prisa?”. Anticipo la respuesta: porque le dominó el pánico a verse llamado a declarar ante un juez no incondicional de su cuerda. Lo argumenté así:

“Cuando al “pujolismo” reinante en Cataluña se le acabó la bula, estrenada con la desaparición de Tarradellas,  y vio que el PP levantaba la veda sobre sus 30 años de uso clientelar del poder, las familias que lo componen experimentaron vértigo, que cedió el paso enseguida a un estado de ansiedad permanente. La zozobra creció al advertir que  Mariano Rajoy, imposibilitado para cumplir los puntos esenciales de su programa electoral por el páramo que ZP dejó detrás, iba a convertir el tema de la unidad del Estado y el respeto a ultranza de la Constitución en uno de los platos estrella alternativos del menú  que se cocinaba en La Moncloa.”  

Muchas rodillas de  ilustres apellidos  empezaron entonces a estremecerse al concebir que la cosa quizá derivaría en un horizonte penal en el que se dibujaban deshonor, pérdida de estatus social y  nivel de vida, desprestigio galopante en las calles; y, sobre todo, trena, trullo, mako, barrotes: cárcel pura y dura. Además de la bastante  probable confiscación de mucha pela, digamos que “distraída”, a la que había que sumar el riesgo omnipresente de que ojos extraños al oligopolio les impidieran disfrutar a sus anchas de lo que pudiesen poner a salvo. Sobre todo, a través de mareantes mudanzas en cuentas de paraísos fiscales.”

“La cascada de filtraciones sobre estafas, fraudes de ley, abusos en las adjudicaciones, cobros escandalosos de comisiones ilegales a cuenta de contratos públicos y menosprecio flagrante a los derechos de los ciudadanos no integrados en ese mundo privilegiado que recogió la letra impresa sembró el terror en esa exclusiva casta. Las quejas a Z.P. el B. (no Zapatero el Bueno, sino el Bobo) para que frenara la incontinencia mediática madrileña no funcionaron. El periodismo en Madrid, con todos los defectos que tenga, es más libre e independiente que el de Barcelona. Así que Z.P. el B. ofreció a Mas la panacea de una reforma del Estatuto que contemplara el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña como última instancia en el enjuiciamiento de los delitos que se cometan en aquel territorio.”

“¡Eiáaaaaa…! ¡Ahí estaba la madre del cordero! Si jueces y fiscales bienquistos por la casta se ocupaban de calificar sus atropellos, el jarreo de sobreseimientos y archivos haría flotar al mismísimo Noé y su Arca. Ya podían entonces desgañitarse en Madrid con revelaciones y denuncias. Controladas la prensa y la Judicatura, CIU, la Generalitat y la casta podrían descojonarse repitiendo lo de “A mi plin, yo duermo en Pikolín”. Por aquel entonces, pasaban de puntillas sobre el rollo de la “independencia”. El machito les convenía tal como estaba, si se les garantizaba la impunidad.”

“Pero Z.P. el B. se encontró de frente no sólo a la oposición sino a buena parte del PSOE, muchos de cuyos dirigentes se declaraban en privado (a veces, también en público) avergonzados por tanta concesión a la mamonería habitual con el nacionalismo catalán. Vino el cepillado del Estatut en Las Cortes y, tras él, quedó como última instancia el Tribunal Supremo de España. ¡Axó no es lo parlat!”

“Estalló el megaescándalo del “padre de todo y de todos”, Jordi Pujol. El nombre de Mas, pese a la hiperactividad que desplegó para desviar los tiros brindando otras carnazas, también estaba y está constantemente en lenguas. Había que sacar a pasear los símbolos y las reivindicaciones históricas. Y, además, ¡de prisa, de prisa, que hay corriente fría y me puede provocar un constipado que termine en pulmonía! Era una carrera contra reloj.”

La meta ya está a la vista: esas elecciones autonómicas falseadas, en las que, insisto y vuelvo al principio, el que vote para independizar un territorio que pasaría a ser propiedad para los restos de una ralea incorregible es un corrupto en activo (o en potencia) o un tonto útil sin remedio.