Pese a que se haya convertido en un tópico de la novela gráfica indie, no es fácil describir la cotidianeidad ni la normalidad.

Caer en lo repetitivo, la tentación de todo autor de introducir elementos en su relato que rompan con lo habitual, la necesidad de crear personajes carismáticos pero con los que el lector pueda identificarse fácilmente… la complicación es tal que a menudo los autores del género recurren a un truco al que se le pueden saltar las costuras si no se emplea con cuidado: la translación, idealizada o no, del propio autor en el comic.

Así es sencillo narrar la cotidianeidad, no hay que inventar nada: es el propio día a día del autor. Lo que incluye su propio reverso tenebroso: esas novelas gráficas acerca del vacío de lo cotidiano suelen ser aburridas porque, dibujante bohemio o no, al fin y al cabo todas nuestras existencias son muy poco emocionantes.

Asker esquiva con asombrosa sencillez las exigencias del género: apenas hay personajes secundarios, y ninguno de los principales es especialmente original o estrafalario. No hay personajes de alivio cómico, ninguno es la voz del juicio o la experiencia que narra en voz alta lo que intenta transmitir el autor (esa forma pocha de metanarrativa). Tampoco se anda por las ramas: en solo ochenta páginas, Asker tiene espacio de sobra para contar una historia muy sencilla.

En realidad, dos: Jess es una aspirante a escritora que tiene que bregar con las constantes infidelidades de su pareja. John es un fotógrafo que mantiene una relación complicada con una bajista en una banda de rock de éxito, y con la que ha decidido cortar. Casualmente, Jess y John se encuentran en el aeropuerto con intenciones distintas, y la brevísima conversación que allí mantienen hace que cambien de forma sutil e inadvertida sus perspectivas sobre sus vidas.

Con una sencillez honesta y que desvela un tacto extraordinario para describir personajes con dos brochazos, Asker propone una historia que bebe de Adrian Tomine (también en el trazo del dibujo, quizás la mayor influencia de Asker), por descontado, pero también de las Vidas cruzadas de Robert Altman y, qué demonios, de incontables comedias románticas de Hollywood sobre encuentros fortuitos y casualidades cósmicas.

Asker pertenece a una oleada de artistas suecos, muchos de ellos procedentes del underground y la autoedición, donde también destacan autores como Linda Spaman o Joanna Hellgren. Pese a sus tics propios de la novela gráfica europea clásica y sobre todo, del tebeo independiente norteamericano, Asker propone una mirada fría pero compasiva muy propia de la ficción de su país: tras la lectura de Doble sentido, el lector se siente un privilegiado por haberse podido asomar a las historia normales de gente normal. Eso tan, tan complicado de contar bien.

ficha

Doble sentido
Niklas Asker
Sapristi Comics
2015