Zlatan Ibrahimovic justifica su personalidad díscola y ególatra con los recuerdos de su infancia: una familia rota, un suburbio conflictivo y la dificultad para encajar entre los “buenos chicos suecos”. El sorteo de la Champions le ha deparado un reencuentro con sus raíces en Malmö.

Hay jugadores capaces de decir cualquier cosa. Sólo hay que probar a poner en su boca una frase, la que sea, y sonará creíble. En el fútbol actual hay dos jugadores que se ajustan a esa idea: Zlatan Ibrahimović y Mario Balotelli. La red se nutre de frases que nunca dijeron pero que podrían haber dicho perfectamente. Incluso hubo un bulo que englobó a ambos, del que aún queda constancia un par de años después.

Cuando se publicó en Suecia la biografía de Ibrahimovic, en 2011, sucedió lo contrario: costaba creer algunas de las cosas que decían que había escrito. ¿Sería otro bulo? La prensa española se hizo eco enseguida de cuanto tenía que ver con su paso por el Barça, en la temporada 2009/10: Guardiola era “un débil y un cobarde” que “no tiene huevos” y “se caga delante de Mourinho”; Messi, Xavi e Iniesta le parecían “colegiales que agachaban la cabeza” ante el entrenador, al que Ibra recriminó haber “comprado un Ferrari para conducirlo como un Fiat”. Obviamente, con esto último hablaba de sí mismo.

No es noticia que Ibra va sobrado de autoestima, con una verborrea a la altura. Hace sólo unos meses se indignó cuando un diario local eligió a Björn Borg como mejor deportista de la historia de Suecia, justo por delante de él: “Con todo el respeto para los demás, yo soy el primero, el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto de mi lista”; los once torneos del Grand Slam conquistados por Borg no parecen impresionarle demasiado. Poco después, tras perder en campo del Girondins con un arbitraje polémico, se refirió a Francia como “un país de mierda que no se merece al Paris Saint-Germain”, el séptimo club de su carrera profesional tras Malmö, Ajax, Juventus, Inter, Barcelona y Milan.

Soy Zlatan Ibrahimović, firmado por el jugador y el periodista David Lagercrantz, llega a España el 10 de septiembre (Editorial Córner). En él, Ibra justifica su enorme ego y su carácter díscolo con una infancia complicada en el seno -es un decir- de una familia separada en un suburbio de Malmö. En uno de los primeros capítulos, recurre a un conocido dicho: “Puedes sacar un niño del gueto, pero nunca sacarás el gueto de él”. Ese barrio es Rosengard, una jungla en la que había que.ser duro para prosperar y él, aunque ahora cueste creerlo, tenía dificultades para aparentar porque era pequeño y enclenque.

Su familia no era de esas en las que uno pregunta o le preguntan cómo le ha ido el día. Sus padres se habían casado sólo para que el padre, emigrante bosnio, consiguiera el permiso de trabajo. Se separaron cuando Zlatan tenía dos años. Vivió de niño con ella y ya más crecido con él, en un piso en el que a todas horas sonaba música yugoslava y en el frigorífico sólo había cerveza. Eso sí: mucha cerveza. Fuera, sus máximas aspiraciones eran jugar al fútbol y robar bicicletas. A veces hacía doblete y se la robaba a alguno de sus entrenadores. “La gente me pregunta qué habría sido de no ser futbolista. No tengo ni idea. Quizá un delincuente”.

Cuenta que se sintió un marciano cuando comenzó a jugar en las categorías inferiores del Malmö FF, su primer club serio, lleno de suecos convencionales. ¡Algunos hasta llevaban jersey y camisa con cuello de pico! Nunca había visto nada igual. Allí todos tenían como ídolo a Thomas Ravelli, el recordado portero de Suecia en los noventa, pero a Zlatan le gustaban los brasileños. Primero, Romario y Bebeto, la delantera que eliminó a la Suecia de Ravelli en el Mundial de Estados Unidos 94. Y años más tarde se fijó de manera obsesiva en Ronaldo, al que estudió gracias a un nuevo fenómeno: Internet. Ibrahimovic era un balcánico-brasileño rodeado de suecos a los que no paraba de gritar y desafiar. Los padres de sus compañeros no tardaron mucho en pedir su cabeza. Había dado con otro gueto, muy distinto pero en el que también era necesario hacerse el duro para sobrevivir. “Tenía que ser cinco veces mejor que ellos y entrenar diez veces más”. Lo cierto es que no le echaron y no tardó en llegar al primer equipo, hito que él mismo define forma muy gráfica: “Era como si hubieran añadido un factor completamente irracional en el club”.

Ibra admite que es capaz de recordar una entrada sucia durante muchos años: “Recuerdo el daño que me ha hecho la gente y siento rencor”. Cuenta que, cuando la prensa empezó a fijarse en él y a ensalzar sus virtudes, pudo palpar la “envidia” a su alrededor porque no se comportaba como era de esperar en “un buen chico sueco”. Su respuesta fue volverse “aún más arrogante”, por complicado que parezca. Por supuesto, no le costó mucho: “Mentiría si dijera que no me pareció lo mejor del mundo. Había tratado de llamar la atención toda mi vida y, de repente, la gente venía deslumbrada a pedirme autógrafos”. Justo lo que le hacía falta.