El cine es un “subrayado” en el que se intentan resumir sucesos o situaciones mucho más amplias, complejas y duraderas. Por ejemplo, una guerra, cualquier guerra, dura obviamente mucho más que su versión en la gran pantalla. Pero hay una excepción: la guerra de Zanzíbar de 1896, la más corta de la Historia, cuya duración no serviría para llenar el metraje de una película bélica pero sí para ilustrar la larga historia de la dominación imperialista europea en África.

Los hechos inspiradores de tan precario guion cinematográfico ocurrieron el 27 de agosto de 1896, hace hoy justamente 119 años.

Los antecedentes se remontan a 1890, cuando Reino Unido y Alemania firmaron el tratado Heligoland-Zanzíbar en virtud del cual se definían las esferas de influencia entre ambas potencias en África del Este. En aplicación del tratado, la isla de Zanzíbar fue entregada a Reino Unido en calidad de protectorado del Imperio, bajo el reinado de un hombre de paja entronizado con el nombre de “sultán”, mientras que el territorio de Tangañika, en la región continental y a escasas millas del Sultanato, quedó en poder de Alemania. Ambas entidades conforman desde hace medio siglo la nación de Tanzania.

Tal como recuerda el experto en historia militar estadounidense Kennedy Hickman, el 25 de agosto de 1896 falleció el sultán de Zanzíbar, el muy anglófilo Hamad bin Thuwaini, quien reinaba para Su Graciosa Majestad desde 1893. Nunca se conocieron las causas reales de su repentina muerte, pero en seguida se sospechó que su sobrino, Jalid bin Bargash, le había envenenado. Estén fundamentadas o no las sospechas, lo cierto es que Bin Bargash aprovechó la circunstancia para dar un golpe de Estado y reunir a toda prisa un ejército de 2.800 hombres, con su correspondiente artillería, para defender su recién conquistado poder.

 

Jalid bin Bargash

 

La maniobra disgustó al Imperio británico, que pretendía aupar al trono a otra “criatura” propia, Hamud bin Muhamed. El 26 de agosto, Bin Bargash y sus hombres se hicieron fuertes en el palacio real, desde el que se dominaba la bahía, mientras el yate del sultán esperaba anclado y lleno de armas en el puerto.

Para contrarrestar tamaña oposición, Reino Unido envió una flota de cinco cruceros al Sultanato y el representante diplomático en la isla, Basil Cave, recibió una instrucción muy clara de Londres: “Está usted autorizado a adoptar cualquier medida que considere necesaria, para lo cual tendrá el apoyo del Gobierno de Su Majestad. No obstante, no intente ninguna acción que no esté seguro de poder llevar a cabo con éxito”.

 

 

Ejército de Zanzíbar

 

Después de entrar en contacto con el Ejército regular de Zanzíbar, comandado por el general británico Lloyd Matthews (un antiguo teniente de la Royal Navy), Londres envió finalmente un ultimátum, a las ocho de la mañana del 27 de agosto, a Bin Bargash, a quien conminó a abandonar el palacio en el plazo de una hora bajo la amenaza de la apertura de hostilidades.  

La respuesta del sultán ante este nuevo ejemplo de la llamada gunboat diplomacy (el uso de la Royal Navy como vía de presión) fue clara. “No tenemos ninguna intención de arriar nuestra bandera y no creemos que ustedes vayan a abrir fuego contra nosotros”. La réplica de Cave recordaba al viejo e inequívoco estilo “diplomático” del siglo XIX: Londres no tiene intención de abrir fuego contra el palacio, “pero, a menos que haga lo que se le ha dicho, tenga por cierto que lo haremos”.

La guerra de los 38 minutos

El sultán de facto intentó ganar tiempo a través de un diplomático estadounidense destinado en la isla, pero el Gobierno de la Reina Victoria ignoró los llamamientos al diálogo y declaró oficialmente la guerra a las nueve de la mañana. Dos minutos más tarde, los buques imperiales abrieron fuego contra el palacio y destruyeron sin problemas la artillería de los defensores. En un acto de suprema valentía, Bin Bargash escapó por una puerta trasera del edificio y dejó a sus leales solos ante el enemigo.

Después de poco más media hora de bombardeos, las tropas leales a Jalid bin Bargash se rindieron a las fuerzas británicas. La guerra de Zanzibar había terminado oficialmente tan sólo 38 minutos después de declararse, un espacio de tiempo mucho menor del que se ha empleado para escribir este artículo.

El balance fue, obviamente, desproporcionado, tal como indica un portal especializado en historia militar: alrededor de 500 víctimas (heridos o muertos) en el bando de Bin Bargash y un marino levemente herido en el bando de Su Graciosa Majestad. Entretanto, el autoproclamado sultán buscó asilo en el consulado de Alemania y consiguió escapar el 2 de octubre en un barco germano a Dar es Salaam, en Tangañika.

 

El palacio de Zanzíbar a finales del siglo XIX

 

La paz, o algo parecido, fue restaurada de inmediato, el nuevo hombre de paja Hamud bin Muhamed fue instaurado en el trono y el gobierno de Zanzíbar fue obligado a pagar una compensación a Londres por los gastos ocasionados por los escasos 38 minutos de bombardeos de la Royal Navy. El flamante sultán abolió la esclavitud en Zanzíbar y reinó feliz y comió perdices hasta el día de su muerte, en 1902.

No obstante, al Gobierno británico aún le quedaba un pequeño asunto por resolver: la entrega de Bin Bargash, cuya huida a Dar es Salaam había ayudado a evitar un primer incidente diplomático con Berlín. Veinte años más tarde, en 1916, en plena Primera Guerra Mundial y con las tropas británicas en la hasta entonces colonia alemana, el díscolo “antisultán” fue capturado y exiliado a la napoleónica isla de Santa Elena, donde cumplió condena antes de regresar y fallecer en África del Este en 1927.

 

Imágenes | http://www.historic-uk.com/ http://www.zanzibarhistory.org/