El californiano volvió a pasar por Madrid al frente de su proyecto paralelo, Fuzz, pero con el habitual resultado. Si sus discos son buenos, sus directos dejan sin palabras. La idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor no va con uno de los genios del rock actual.

Uno se hace viejo y empieza a convertirse en un coñazo. A todo lo que se hace ahora le pone pegas, o al menos a todo lo que no provenga de algún artista que lleva 15 o 20 años labrándose tu confianza. Claro que uno encuentra discos de nuevas formaciones muy interesantes… que se desinflan en directo, o descubre propuestas de lo más frescas, cuyos trabajos no son lo redondos que te gustarían. Y acabas pensando que las últimas grandes bandas de verdad se diluyeron en los 90’s. Evidentemente, y aunque tengas una mínima reminiscencia de razón, el problema es exclusivamente tuyo. Necesitas ir a terapia musical con un especialista… y a día de hoy no parece haber ninguno mejor que Ty Segall.

Por eso no se podía faltar el pasado lunes a la nueva convocatoria en la Sala But de Madrid (organizada por Holy Cuervo) de este californiano que a sus 28 años ya cuenta con una más que privilegiada situación en la escena actual. Si hace menos de un año había presentado en este mismo escenario su estupendo ‘Manipulator’ con un ‘bolazo’ de órdago, esta vez llegaba al mando de su proyecto paralelo, Fuzz, en el que cambia la guitarra por la batería y a su estilo garagero lo dota de matices más psicodélicos y de hardrock. Sin ocultar su reconocida devoción por grupos como Black Sabbath, consigue estampar su sello propio. Otra faceta más de este prolífico músico empeñado en que no nos aburramos, que saca discos como rosquillas y a cada cual más deliciosa.

De hecho, ya hay anunciado nuevo trabajo como Fuzz (tras el brillante disco homónimo de 2012) y eso fue lo que vino a enseñar a Madrid. Eso, y a divertirse. Al menos es lo que transmite con las baquetas. Que se lo está pasando bomba. No se guarda nada mientras es escoltado magistralmente por uno de sus compañeros habituales, Charles Moothart a la guitarra, que destiló un gustazo contagioso, y Chad Ubovich al bajo, cuyas bases fueron ganando peso sonoro hasta fundirse en la orgía de sus colegas. Y así fueron destripando adelantos del nuevo trabajo como ‘Rat Race’ o ‘Pollinate’, para pasar a temas del anterior como ‘Sleigh ride’, ‘What’s in my head?’ o ‘Fuzz’s Fourth Dream’. Todo, sin perder un ápice de energía, manteniendo al público en una euforia colectiva que no se calmó ni en la hipnótica ‘One’, tema instrumental que alargaron casi 20 minutos. Las pocas pausas servían para escuchar a Segall chapurreando castellano.

El bis fue aprovechado por muchos para seguir tirándose desde el escenario ante el mucho tacto de los responsables de seguridad, quizá advertidos de intentar no tener un encontronazo con los artistas. Otros pasaron por las tablas para, simplemente, abrazarse agradecidos a Segall. Y tras la hora y media más corta que se recuerda, todo acabó entre sonrisas, aplausos, elogios y camisetas sudadas. De las primeras filas aparecían los integrantes de Siberian Wolves, dúo de Xátiva en ese formato de guitarra y batería que tanto funciona últimamente, y que fueron los encargados de telonear semejante show. Quizá no conectaron del todo, pero sí dejaron varios momentazos reseñables que despiertan un interés como para seguir de cerca su evolución… Como ve, señor Segall, la terapia ha vuelto a surtir efecto.