Se me ha muerto el hermano que nunca tuve pero que, de haberlo tenido, lo hubiese elegido como él: con sus grandes defectos, más que compensados por unas enormes virtudes que le permitieron disculpar mis inmensos defectos y fijarse, para darme sin condiciones su amistad entrañable, sólo en mis escasas dotes.

José María “Txiki” Benegas fue la encarnación misma de la generosidad en el trato humano y de la lealtad a los principios y sentimientos que puedan enraizar en un alma insobornable por la mezquindad y el egoísmo. Le llevó a renunciar a cimas políticas sin duda aún más elevadas para situarse al lado de un perdedor muy especial, que durante un tiempo jugó a su contra porque no conocía sus valores, y apartarse del triunfador que le había traído a Madrid para ser el “número tres” de aquel PSOE desde la Secretaría de Organización.

¿El motivo? Cuando estallaron las diferencias de ideología y actitud vital entre los números “uno” y “dos” por razones en las que no voy a entrar dada su complejidad y porque, francamente, ahora mismo me importan un bledo, se puso de parte del “dos” porque entendió que en esa guerra civil el “uno” jugaba con cartas marcadas, con una increíble frialdad de corazón y deslealtades sin cuento. José María Benegas encarnó uno de los pocos ejemplos que he conocido de renuncia total a sus intereses personales por un puro, admirable e insólito, en mi opinión, sentido de la decencia.

Se ha ido dejando detrás a todo un país deudor de la entrega que le hizo de su vida.

Este hombre de alucinante integridad (partió, como glosó Machado, “casi desnudo, como los hijos de la mar”, después de soportar miserables campañas cuestionando su honradez sin que jamás sus promotores se disculparan una vez les constó su falacia) desaparece tras diez años de sacrificios sin cuento en la lucha contra el terrorismo etarra. Una década jugándose la vida a diario, durante la que apenas durmió dos noches seguidas en el mismo domicilio porque los asesinos le acechaban día y noche para eliminarle. Yo mismo le daba asilo en mi casa cada equis tiempo para ayudar en la tarea de dar esquinazo a aquella purria.

Todavía hoy no se le ha hecho el homenaje que se merece por su asombrosa entrega a España y los españoles. Ni siquiera se le ha reconocido expresamente un servicio en el que no se concedió reposo.

No puedo seguir porque se me agolpan las emociones y las lágrimas. Siento que no debo hacer de esta nota un repaso de las cuentas que quedan por ajustar y que, probablemente, nunca se ajustarán. Ni él querría hacerlo.

Tampoco es una despedida sino un “hasta pronto”, donde sea y como sea, aunque, al final del tiempo y en el principio de la nada, sólo signifique un rincón (eso sí, predilecto) del mundo de mis recuerdos.

Txiki, hermanito del alma, descansa en paz. Nadie se lo merece más que tú.