El hecho de que prácticamente todos los teléfonos móviles vengan con navegador de serie ha tenido un impacto social negativo en la tercera edad de las zonas rurales.

Quién no se acuerda de aquellos veranos en los que te perdías buscando el hotel rural en la sierra de Gredos o en el Pirineo, pero sabías que en el próximo pueblo que atravesara la carretera (no se habían inventado las circunvalaciones) encontrarías a tres abueletes debajo de una higuera que eran más eficaces que el Tom-Tom o el Google Maps para indicarte el desvío que tenías que coger. Y la cosa se ponía más interesante si el perdido solo hablaba francés o alemán, porque de una manera u otra, entre los tres lo sacaban. Hay hasta una canción de Lluis Llach (Els meus ulls aquí) que recuerda esta costumbre.

No obstante, antes del GPS, las carreteras y los coches, la gente también se orientaba. Con una brújula sabías dónde estaba el norte. Si no tenías brújula, podías recurrir al sol, que sale más o menos por el este, se pone más o menos por el oeste y en el hemisferio norte a mediodía está en el sur y en el norte al revés.Un método más preciso es con un reloj analógico. Si alineas la saeta pequeña con el sol, la bisectriz del ángulo que forma con las 12 (la línea que parte el ángulo por la mitad) te indica el sur en el hemisferio norte y el norte en el hemisferio sur.

De noche, la orientación se basa en buscar la estrella polar, que es una estrella bastante modesta (de segunda magnitud), que no destaca especialmente, pero tiene la gracia de situarse en el norte y que el resto de estrellas giran a su alrededor en el transcurso de la noche. La forma más fácil de encontrarla es localizar la Osa Mayor, y seguir la línea imaginaria que trazan las dos estrellas del extremo del carro. La estrella polar se encuentra a cinco veces la distancia entre las dos estrellas de la Osa Mayor. En el hemisferio sur no hay ninguna estrella que su posición coincida con el Polo Sur, por lo que es más complicado. Hay que localizar la constelación llamada Cruz del sur, que tiene forma de cometa y localizar un punto imaginario que está a 4,5 veces la distancia del mástil mayor. Seguramente por eso es una constelación distintiva del hemisferio sur y esta constelación aparece representada en cinco banderas nacionales diferentes.

Por lo tanto, encontrar la dirección antes de los móviles y las brújulas no era complicado del todo, pero ¿cómo saber dónde estás? Esto en tierra no tiene demasiado misterio, siempre se puede preguntar u orientarse por accidentes geográficos, pero, en medio del mar ¿cómo saber en qué posición te encuentras?

Esta pregunta no es nada trivial. Para saber la latitud se utilizaba un instrumento llamado sextante que servía para calcular el ángulo del sol respecto del horizonte. Sabiendo esto y la hora del día se podía calcular esta coordenada. Más antiguamente se utilizaba el astrolabio, bastante más complejo para hacer este cálculo. Y ahora viene el problema gordo. Para posicionarte necesitas saber latitud y longitud, es decir, paralelos y meridianos. Tenemos una coordenada, pero como sabemos la otra. La primera tiene una base real, ya que depende de la distancia entre el ecuador y el polo, pero la segunda es por convenio. Se coge el meridiano de Greenwich y a partir de ahí se empieza a contar. Para calcular la longitud hay que calcular la diferencia horaria entre el meridiano de referencia y la posición actual. Y aquí tenemos el problema. Esta es la medida más tecnológica pues depende de la precisión de un reloj que debe estar en el barco y señalar siempre la hora de Greenwich o de la referencia que elijamos y luego compararlo con la lectura de la hora solar. Este sistema se utilizó por primera por Rui Faleiro, jefe científico de la expedición de Magallanes. En aquella época los relojes eran muy primitivos, y los cálculos de la posición imprecisos, de ahí que era frecuente que muchas expediciones se perdieran. Por lo tanto, si alguna vez se te rompe el navegador o te quedas sin batería en el móvil, vuelve a mirar al sol o a las estrellas… o busca a algún anciano sentado bajo de una higuera.

Imagen | Flickr – Vero Villa