El otro día fue el aniversario de la muerte de mi padre y me desubicó saber que llevo más años viviendo sin él , que los que viví con él.

Es una sensación extraña, inesperada, que nunca te planteas hasta que el calendario te zarandea. Y es como si mudaras la piel y de repente te convirtieras en otra persona. Que se te vaya un referente vital antes de tiempo, lo cierto es que desnorta. Sé que los hijos deben sobrevivir a los padres, pero quizá no tanto. Dicen que es ley de vida, como si la vida se rigiera por muchas leyes. El novelista Samuel Butler lo explicó de manera muy plástica, “la vida es como la música, debe componerse con el oído, el sentimiento y el instinto, no con reglas”.

A las pocas horas de perderme en las extrañas ecuaciones de la vida, escuché que habían encontrado los cuerpos sin vida de las dos chicas desaparecidas en Cuenca, Marina y Laura , y aunque mi primer pensamiento fue para ellas, rápidamente pensé en sus padres y en el día en que se den cuenta de que llevan más años viviendo sin sus hijas, que los que vivieron con ellas. Y eso ya no es ley de vida. Y ese día el mundo se volverá raro, más de lo que se tornó la noche del pasado jueves. Y la vida tendrá aún menos sentido porque se habrá convertido en el mayor sinsentido para esos padres. De nada servirán las palabras bonitas y sentidas que les digan porque estarán vacías, aunque sean las de Mario Benedetti diciendo que ”después de todo la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”.

Perder a una persona a la que amas más que a nadie y por la que hubieras dado tu propia vida, ya sea un hija, un padre, un marido o una hermana, es lo más parecido a estar muerto en vida. Y más que un juego de palabras es un juego macabro del destino imposible de aceptar y mucho menos de entender. De repente, te arrebatan el norte de tu brújula y te sueltan al vacío. Y lo más curioso, es que ni siquiera te importa la caída al vacío porque ya has tocado fondo y curiosamente eso es lo que te salva, que una vez abajo, no hay mayor profundidad a la que seguir cayendo. Y en ese preciso momento es cuando empiezas a entender el verdadero drama: que la pérdida desgarra y que ese desgarro puede que sirva de anestesia los primeros días, semanas o meses, pero lo que duele realmente es la ausencia porque va a permanecer toda la vida. Y es cuando te preguntas si volverás a reír, a dormir, a tener ganas de salir, de quedar con amigos, si volverás a mirar fotos, a viajar, a tener una conversación banal sobre el tiempo, a ser capaz de entrar en un cine, a disfrutar de un cumpleaños o de una cena de Navidad, si podrás dar un paseo sin que te falle la respiración, si podrás volver a querer, a soñar, a besar, y un día descubres que eres una mala persona porque deseas la muerte de la persona que te ha roto la vida, o porque miras al resto con cierta envidia y con una total falta de empatía y te preguntas por qué ellos siguen con vida y los tuyos no. 

Esa es la vida que les espera a los padres de Marina y Laura

Esa es la vida que les espera a los padres de Marina y Laura, por culpa de alguien que se preguntó lo mismo que Ted Bundy, uno de los mayores asesinos en serie de mujeres: “¿Qué es uno menos? ¿Qué significa una persona menos en la faz de la tierra”. Y empezarán a hacer cábalas que no sirven para nada excepto para convertir sus pensamientos en una compleja tela de araña, en un laberinto sin salida, en un crucigrama imposible de resolver. Y volverán a escuchar que la vida es así y que nada se puede hacer para remediarlo.

Pero es mentira. Si se pueden hacer cosas para remediar que la vida no se acabe antes de tiempo y para evitar que ese momento lo decida alguien que no merece ni pertenecer a la misma especie que sus víctimas.

Mientras la vida de los familiares se ha quedado en silencio, ahí fuera, en el mundo irreal, donde estamos el resto, se empieza a escuchar un ruido ensordecedor de palabras que se mezclan y hablan de pena de muerte, de cadena perpetua, de venganza, de justicia, de odio, de ojo por ojo, de si Laura no será considerada una víctima de la violencia de género porque no mantenía relación con el asesino o de si cada asesinato de una mujer es una confirmación de que el sistema falla…

Y esos padres desde dentro se darán cuenta que los de fuera seguimos sin enterarnos de nada, que no es eso, que el drama , como escribió Albert Camus, es que “la vida no vale nada, pero nada vale una vida”.

El problema no es que el sistema falle o se caiga, como te dicen cuando pides explicaciones por una irregularidad cometida y te responden que no pueden esclarecerte el tema porque el sistema se ha caído y no pueden acceder a la información. El sistema no se cae. Al sistema lo empujan y con él, a todos nosotros. No es el sistema el que se ha cobrado la vida de Marina, de Laura y de tantas otras personas que se han ido antes de tiempo por la maldad de alguien. Es la configuración de ese sistema, el engranaje, es la manera de ponerlo en marcha, con prisas, sin base, sin saber, sin preparación, por causas ajenas a la defensa de la vida y más cercanas a otro tipo de algoritmos , a otros intereses creados. Decía Baltasar Gracián que “la muerte para los jóvenes es naufragio y para los viejos es llegar a puerto”. El sistema no ha fallado, ha sido un naufragio en toda regla.

La amiga de una de las chicas asesinadas decía que había muerto porque era muy valiente y no le temía a nada, quizá sin ser consciente del drama shakesperiano que sus palabras encerraban. “Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte, los valientes mueren sólo una vez”. El cobarde que asesinó a Marina y Laura va a morir muchas veces, de hecho, ya ha empezado a hacerlo. Las valientes han muerto solo una vez. Pero eso no evita el naufragio.

Imagen | Flickr – Orin Zebest