“La gente de hoy es tan absolutamente superficial que no entiende la filosofía de lo superficial”, escribió Oscar Wilde en su obra Una mujer sin importancia , en la que uno de los personajes –Lord Illingworth- afirma con rotundidad que “un buen nudo de corbata es el primer paso serio en la vida”.

Y no es ésta una observación trivial, pues el trozo de tela que pende del gaznate de hombres y mujeres desde tiempos remotos es mucho más que esa “servilleta bien incómoda” de la que habla el presidente uruguayo José Mujica. 

Ya en tiempos de la Revolución Francesa adquirió valor político y cuentan que en la mañana previa a la batalla de Waterloo, Napoleón decidió cambiar su habitual corbata negra, que adornó el cuello del general francés en las batallas de Lodi, Marengo, Austerlitz o Wagram, por otra blanca de lazo corredizo… con el resultado que todos conocemos.

El caso es que, en los últimos tiempos, el valor simbólico de la corbata se ha revitalizado debido al desprecio con el que es tratada por representantes de la “nueva política” europea. Éstos, como llamativo gesto de rebeldía, prefieren mostrar su pescuezo desnudo emergiendo de un mar de vistosos estampados, como en el caso de Varoufakis, o hacer flotar su nuez sobre el oleaje de la tela blanca de una camisa aventada por el torbellino revolucionario. Pero siempre liberados de lo que consideran un símbolo de humillada mansedumbre, que diría Antonio Muñoz Molina. 

Tanto han insistido en descorbatarse y tan buena acogida ha tenido este gesto entre una población hastiada por los incontables casos de corrupción protagonizados por ladrones trajeados, que sus adversarios políticos han hecho suyo el “sincorbatismo”, que es a este tiempo político lo que la pana fue a los ochenta. Hilos y agujas que pespuntan un discurso frágil, apenas hilvanado con un par de ideas y decenas de promesas sobre un futuro inaprensible que se vierten, con ceñudo ademán, en las tertulias políticas.

Y, de esta forma, rodear o no un cuello joven con un trozo de tela se ha convertido en señal de rechazo a un vergonzante pasado que sigue siendo presente en mayúsculas y negrita. Como si un cambio en los usos indumentarios –de los hombres, pues hablamos de liderazgos masculinos y de una suerte de freudiano pene textil-, fuera el primer paso para asaltar los cielos. 

Resulta una paradoja que, frente a la flexibilidad mostrada en su vestimenta por los representantes de los viejos partidos políticos, los de Podemos se muestren tan conservadores a la hora de incorporar nuevos elementos a su fondo de armario, acomodados en un estudiado “torpe aliño indumentario” de revolucionario de clase media. 

Los portavoces “podemitas” se repanchingan en los sillones de los platós televisivos rascándose el hirsuto mentón que corona un cuello de camisa desabrochado

Así, los portavoces “podemitas” se repanchingan en los sillones de los platós televisivos rascándose el hirsuto mentón que corona un cuello de camisa desabrochado, insistiendo en una imagen que ya no les distingue de sus oponentes, también jóvenes, barbudos y en mangas de camisa. En este punto, Ciudadanos ha mostrado una mayor variedad de registros en su atuendo, combinando con habilidad el traje con la camisa desabrochada o, incluso, la corbata con el bluyín. 

Quizás haya llegado el momento de que otros dirigentes de Podemos sigan la senda del alcalde de Cádiz, que ya se ha dado cuenta de que, en ciertas situaciones, no es suficiente con ir “ decente, limpio y planchaíto”. 

Puede que Pablo Iglesias deba ajustar el nudo de su flácida corbata –negra, como la de los revolucionarios franceses- o íñigo Errejón tenga que enfundarse una chaqueta para recitar argumentarios en entornos en los que la carga alegórica de su indumentaria ha perdido eficacia, al ser replicada por sus contrincantes. No es casualidad que, en las playas de Ibiza, la estética hippie arrase desde hace ya muchos años en las fiestas de la alta sociedad. 

Como saben los politólogos de Podemos, la imagen es fundamental en el éxito de una comunicación política que se desarrolla en las pantallas de televisiones y smartphones, y los descamisados deben ocupar nuevos territorios simbólicos. No solo para hablar con banqueros y empresarios, sino también para convencer a sus simpatizantes, muchos de ellos encorbatados.  A la luz de las últimas encuestas quizás empiecen a pensar que el nuevo partido que prometió sacudir los fondos de la política nacional se estanca en las formas. En las suyas, pues ignora el gusto de los demás, aunque pueda ser mayoritario.

Imaginen por un momento un debate en La Sexta en el que un representante de Podemos, ataviado con inmaculada elegancia, se enfrente a unos descamisados Eduardo Inda o Francisco Marhuenda, con barba de cuatro días y ojeras de resaca matinal. ¿Modificaría esta imagen de los tertulianos la percepción que de sus ideas pudiera tener el telespectador?

Termino este texto con una anécdota personal. Mi padre fue durante toda su vida laboral un humilde ebanista que cada mañana se vestía con traje y corbata para acudir al taller en el que, ya con mono de trabajo, terminaba la jornada cubierto de serrín. Un día le pregunté por qué se acicalaba tanto para ir a la ebanistería y me respondió con una frase sorprendente para el niño que yo era entonces: “vestido así no hay ninguna diferencia entre mis jefes y yo, nadie sabría decir quién es quién, y eso les jode. Sin corbata a la que agarrarse solo quedan las personas y, como personas, nada les hace mejores que yo”.

Por eso es tan importante saber anudarse la corbata, de la misma manera que conviene vestirse con holgadas camisetas y vaqueros rotos cuando uno acude, por ejemplo, a fiestas de los nuevos millonarios de internet, tan rebeldes ellos. La uniformidad elimina la distracción de las apariencias y abre el camino a la distinción por las ideas, palabras y obras. Como apuntaba la cita que encabeza estas líneas, no hay nada más superficial que despreciar la superficialidad. Sobre todo –añadiría yo- la superficialidad de los ciudadanos a los que se pide el voto para cambiar “el régimen del 78”.