Por redudante y casi autoparódico que resulte, a cualquiera que crea que la salud democrática de un país (la espiritual al menos: la institucional siempre es otro cantar) se mide en la contundencia de sus medios satíricos, debe alegrarle el éxito de un medio como Orgullo y Satisfacción, que este mes cumple un frenético año.

Un año de humor sin dueño, sin el respaldo de grandes grupos mediáticos, sin más impulso que la fuerza de voluntad de un grupo de humoristas rebotados de un medio que fue contestatario y ahora es un dinosaurio. Y que han convencido a sus lectores gracias a no haber perdido ni pizca de bilis.

Los nombres propios que respaldan el proyecto (Monteys, Fontdevilla, Guillermo, Vergara y Bartual) siguen, doce números después, tan contundentes como en aquel cabreado primer número que nació como un experimento respondón. Y además, por asombroso que parezca en dibujantes no precisamente recién salidos del cascarón, siendo capaces de hacer avanzar el aún titubeante formato del comic digital. Monteys con sus costumbristas andanzas semibiográficas y Fontdevilla con la nueva encarnación de Emilia y Mauricio, especialmente, continúan indagando en formatos, ritmos y narrativas, refrendando su merecida fama de incansables experimentadores del humor. Guillermo, en formatos más clásicos, da también rienda suelta a un grafismo cada vez más libre y salvaje, que le certifica como el mejor caricaturista del país. Solo estos tres titanes compensan cada céntimo que el lector quiera soltar por Orgullo y Satisfacción.

El resto de los autores de la publicación siguen también respondones y se les nota cómodos con la absoluta libertad del formato y la carencia total de presiones corporativas de ningún tipo: Paco Alcázar sigue profundizando en su personalísimo universo de tarados con La gran época y, sobre todo, las magníficas tiras que conectan con el humor sobrio y desconcertante de sus primeras obras; Luis Bustos abraza trazos radicales con un humor a la vez clásico y personalísimo; y Alberto González Vázquez sigue siendo enfurecidamente único e incomparablemente hosco.

Aunque Orgullo y Satisfacción ha tenido mejores especiales (el de este número, la Crisis Griega, ha sido menos intenso que, por ejemplo, aquel hito que fue el de las Grandes Marcas), este número es tan recomendable como cualquier otro. Pese a quien pese, Orgullo y Satisfacción se ha convertido en la revista de humor más importante del país. -Aviso para navegantes recelosos: el abajo firmante tiene una sección de reseñita cultural en OyS; el lector suspicaz puede pensar que mis vivas y bravos hacia la publicación son interesados, pero el lector habitual de los desmanes de Fontdevilla, Monteys & Co. sabe perfectamente que no exagero lo más mínimo-

Quizás un año después de su nacimiento sea un momento idóneo para que la revista se pregunte en qué dirección va: ya hablamos por aquí de su estupenda primera incursión en el formato impreso, y celebramos que, pese a lo histórico de su popularidad en formato digital, eso no les lleve a cerrarse puertas a sí mismos. Aunque no ha dado ni la más mínima muestra de agotamiento, Orgullo y Satisfacción está obligada a no estancarse. Al fin y al cabo, ellos mejor que nadie conocen los peligros de las poltronas del chiste. Los auténticos límites del humor.