Nada es lo que parece en la Babilonia del Mediterráneo (Magaluf). A esta localidad mallorquina llegan en verano muchos profesionales en régimen de intercambio.

Desde la polizei alemana hasta sacerdotes de Méjico.  Pero lo más sorprendente son los voluntarios de la Iglesia Protestante de los Marineros, un grupo de noruegos que se instala de madrugada en la mítica calle del pecado (Punta Ballena) y reparten botellines de agua entre los más jóvenes. Su misión consiste en explicarles que el agua se bebe y no hace daño. Y tratar de disuadirlos en su ingesta de alcohol. Todo un reto.

Así que si transitas de noche por la conocida cuesta calvianera, no desconfíes si una rubia noruega imponente te detiene y con una sonrisa te ofrece agua. No trata de venderte estupefacientes. Como decía al principio, nada es lo que parece.

El uniforme de las británicas para las tórridas noches se basa en dos piezas del tamaño de un biquini y una rebequita calada con flecos. Abundan también los culottes con el nombre comercial de los bares del lugar. Pese a su aspecto, las chicas no son de las que fuman y hablan de tú.

En Magaluf nada es lo que parece, pero nada de nada

Sin embargo, en los locales llamados “lap dance”, donde uno se topa en la puerta con sugerentes macizas en ropa interior, tampoco las cosas están claras. Los pobrecitos borrachines identifican a las mozas como meretrices. En realidad, son ladronas disfrazadas. Bajo la promesa de un sugerente baile y “lo que surja” o puedas pagar, te distraen con un golpe de cadera para que pagues una ronda y tu tarjeta pasa de mano en mano hasta que desemboca en el cajero que tienen en la fachada contigua. La botellita de cava peleón te puede costar hasta 5.000 euros. Y es que en el fragor… se te dispara un cero de más con la maquinita. Y si no fuera posible, han visualizado tu contraseña y mientras te entretienes viendo bailar a Sherezade, uno de los gorilas te limpia la tarjeta.

En el reino de la confusión, las turistas van más vestidas de día que de noche. En la playa y las piscinas se han impuesto biquinis muy púdicos. El topless ha muerto. Las guiris tapan sus senos con sujetadores con refuerzo y refajos. Tan solo se ve alguna montaraz, de tanto en cuanto, con las redondeces al aire y entonces, no hay duda que es española y tiene más de cincuenta años. Cuestión generacional. Hace falta un sherpa para distinguir que las atrevidas ya no son las extranjeras. Nada es para escandalizarse. El reclamo del sexo vende pero la realidad es que nada es lo que aparenta y que en mitad del parque temático de la locura, hay misioneras escandinavas que rescatan a los Landas del pecado.

Imagen | ‘theobjetive