Hay una diferencia sustancial entre vivir la vida y guionizarla. La aparición de las redes sociales ha hecho desaparecer esa frontera.

Analizando las fotografías que cuelgan los usuarios, se puede detectar un “calco de estilo”, una intención de parodiar la vida de las celebrities extranjeras como referente. Antes que vivir o disfrutar… hay que representarlo. La vanidad de las redes sociales en verano no tiene parangón. Diseccionamos lo más repetido.

Exhibición

La mayoría de las fotos son postureo, casi un 30%. Morritos, sonrisas, falsos selfies que antes del fenómeno podríamos calificarlo de “iconorexia”. Obsesión por la representación de uno mismo. Una visión idealizada. En un contexto provocado. Una ilusión óptica de nosotros mismos. Es la obsesión mayoritaria de las personas que viven para Facebook. Bajo el pretexto de contarnos que están bien, nos someten a una exhibición permanente de sus looks y su fondo de armario. Las más sofisticadas, abusan del fetichismo podológico.

Notarios de nuestra existencia

Un 20% de las fotos muestran lo que vamos a comer: la paellita, el chuletón, la cerveza de grandes proporciones o el momento chef del cocinero de fin de semana. Pero se va sofisticando con el avance del verano. El antiguo chiringuito es ahora un beach club. Aparentamos en las redes una vida de lujo. Nada de gasesosa y tortilla de patata cerca de la orilla en Benidorm. Las fotos son de platos suculentos en resorts exóticos aunque tan solo sean un espejismo de una comida aislada, visitando a unos parientes acomodados.

También en Facebook dejamos constancia de la idílica vida en pareja. Nada de mostrar al prójimo en calzoncillos desgastados en mitad de la ola de calor. Hay que procurar que la instantánea muestre a los dos relajados, felices, en una vida de armonía y opulencia. Puestas de sol en garitos fashion y sonrisas recién duchaditos. Otro 20 por ciento para los hedonistas.

Los deportes

El momento en el que nos subimos a una tabla de surf o en el que parecemos dispuestos a escalar el Himalaya resulta altamente sospechoso. ¿Por qué se han llevado el móvil encima?. ¿Son lugares para que el que disfruta con el contacto con la naturaleza tenga que preocuparse por la tecnología?. El caso es que nos encanta representar nuestra vida como muy “healthy” (que diría algún comentarista de lo divino) y contar de nosotros, mediante la foto, que estamos en buena forma, adoramos la aventura y estamos a la última. Un diez por ciento abusa del tema.

Los viajecitos

No importa lo que hayas hecho si no lo que parece que has hecho. Las fotos de países exóticos puntuan alto. Da igual si te subían cucarachas por los pies o sentías que te morías del mal de Moctezuma. El caso es que luzca lo lejos que te has marchado. El momento del descubrimiento. Son precisamente insistentes aquellos que se retratan en el agua. Convendría precisarles que el mar cubre buena parte de la tierra y que en esos remotos lugares hay bichejos que no envidio para el Mare Nostrum que ya parece una excusión de paletos para el “vividor digital”. Les atribuimos otros 20 por ciento de la “gacetilla vecinal” de Facebook.

Los bebés y las mascotas

Los recién nacidos son feos. Incluso con photoshop. Y hay que ver cómo se aplican los padres para que sus monadas recuerden la media en la cámara que utilizaba Sara Montiel para fotografiarse. Las mascotas dan muy buen resultado en San You Tube pero si reflexionamos, son imágenes en las que son humillados o las pasan canutas. La colección de pertenencias, del “mira que mono” rondaría otro 20 por ciento. Con esto redondeamos el análisis de los esfuerzos que hacen los usuarios para demostrar que sus vidas son mejor que las de los demás. La diferencia es que cuando muestran al bebé o la mascota, el grado de obsesión por el “Me gusta” puede llegar a un punto sin retorno. La crisis de los misiles cubanos fue una broma al lado de la interrupción definitiva de las relaciones si no demostramos el debido “feedback” ante este tipo de fotografías. Son las más exigentes.

Lo interesante, al margen de reflexionemos sobre cómo representamos nuestra vida, es que pensemos si no merece la pena vivirla antes que narrarla. Salvo si uno es periodista profesional. Pero entonces, no debe contar su vida. Como decía el célebre: “Hijo mío, aquel que desvela el secreto de otro pasa en la vida por traidor, el que desvela el suyo propio, pasa por idiota”.

Imagen | Flickr – MkHmarketing